LA ARQUITECTURA AGRARIA DE MOCLINEJO

Extracto de capítulo publicado en el libro «Moclinejo. Ruta de la pasa. Crónica de un pueblo blanco de la Axarquía malagueña.» páginas 409-432.

Autor: Álvaro Amaya Ríos

En una comarca de profunda tradición agrícola como es la Axarquía, la arquitectura agraria supone una parte indisociable del paisaje, la historia y la sociedad rural del lugar. Sin embargo, este legado patrimonial corre el riesgo de desaparecer a causa de las profundas transformaciones que vive la comarca desde la segunda mitad del siglo XX y a la escasa atención que se le ha prestado hasta hace bien poco al ser considerado construcciones de poco valor. Ante esta situación, se requieren actuaciones que tengan por objetivo lograr la sensibilización ciudadana y la posterior actuación de las administraciones en materia de conservación.

En este sentido, las labores de inventariado constituyen herramientas de diagnosis fundamentales desde las que partir. Sólo identificando el número, ubicación topográfica, características y afecciones de los bienes se pueden construir planificaciones encaminadas a la conservación patrimonial que alberguen un mínimo de rigor y lógica. Su mera realización ya es en sí misma una forma de dar reconocimiento y visibilidad a elementos que hasta el momento habían pasado desapercibidos.

Este planteamiento motiva el trabajo que se muestra en el presente capítulo, un inventariado realizado sobre 46 construcciones que nos aproxima a la arquitectura agraria de Moclinejo, de modo que pueda servir de base para futuros planteamientos a realizar sobre este patrimonio agrario, o sencillamente para visibilizar una riqueza que ha pasado hasta la fecha desapercibida.

1. Modelos de asentamientos dispersos

Dentro de la compleja variedad de edificaciones, existen tres modelos agrícolas predominantes, la casa de labor, el lagar y la aldea. Es necesario señalar que una completa clasificación de tipologías debería incluir otros tipos no carentes de interés como las chozas, las casas huertas, las ventas o las almazaras, sin embargo, ante la escasez de ejemplos documentados o la falta de espacio se ha optado aquí por describir los elementos más comunes del paisaje agrario local.

La casa de labor. Esta es una tipología que se asocia al minifundismo característico de la Axarquía actual, por lo que es el modelo de construcción agraria básico y más abundante en el término. La casa de labor se define por ser una edificación utilitaria de pequeño tamaño, donde se entremezclan sin separación clara la vivienda del agricultor con espacios destinados a las tareas agrícolas. Su factura humilde es producto de la autoconstrucción y la mera subsistencia, utilizando para ello técnicas sencillas y materiales vernáculos como piedras, troncos, cañas, tierra, etc. También se hace uso de acarreos procedentes de construcciones anteriores como ladrillos, sillarejos o tejas.

En cuanto a su configuración espacial, las casas de labor son de planta rectangular y de una sola nave, a la que con el tiempo se le han podido adosar algunas ampliaciones sin orden aparente. El acceso principal a la vivienda da a una pieza cuya función es la de sala de estar-comedor, donde puede encontrarse un hogar ocupando un extremo de la pieza. En dependencias separadas se distribuyen uno o dos cuartos para dormitorio y almacén. Pocos son los casos donde se añade una segunda altura a la construcción, como los ejemplos documentados de Pinar y Zapatero, en el arroyo de Frontilla o la casa de Caparrós, en el arroyo de Albenda. En estos casos la segunda altura se destina también para dormitorios y almacenes con trojes.

En el exterior se añaden también sin planificación construcciones de poca entidad como corrales, zahurdas, cuadras, toldos, lagaretas y un horno o una cocina de leña. Resalta de este conjunto el ruedo con poyos situado en la entrada de la casa, aquí se realiza la mayor parte de las tareas diarias bajo la sombra de un emparrado. A pesar de su avanzado estado de ruina, las casas del paraje de Boga constituyen un ejemplo representativo de esta tipología.

El lagar. El lagar tradicional era una edificación de mediano y gran tamaño asociada a predios extensos cultivados principalmente de viña. Su dedicación se centraba en el procesado industrial de vino con miras a la exportación, no obstante, también podía completar esta actividad con pequeñas producciones para autoconsumo de aceite, cereal, leguminosas, regadío y ganadería menor.

Estas explotaciones empiezan a consolidarse a lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII, momento en el que se roturan tierras baldías al calor de la rentabilidad que produce el comercio de productos vitivinícolas (Quintana 1985:98). El cultivo de la viña y el comercio exportador se acentúa en el siglo XVIII (Gámez 1988:179), circunstancia que favorece la concentración de la propiedad en manos de una oligarquía local compuesta por familias nobiliarias, grupos de comerciantes de origen extranjero y el clero, representados en Moclinejo entre otros por el Marquesado de Cela (AMM 120:216v) el Condado de Casapalma (AMM 115:3109) la familia Wittemberg, (AMM 101:6105) o los trinitarios calzados (AMM 94:2021). Este grupo de terratenientes hacen del lagar no solo un centro productor, sino también una bella finca de recreo símbolo de su estatus económico.

Los continuos periodos crisis económica que se sucedieron desde comienzos del siglo XIX hasta mediados XX fueron paulatinamente afectando la estructura agraria de la comarca, haciendo que la propiedad se fragmentara y la viña perdiera terreno frente a cultivos de secano orientados a la subsistencia (García 1978:420). El lagar sufrió procesos de reconversión a otros usos, modificándose los espacios construidos hasta tal punto que en la actualidad estos edificios apenas albergan evidencias arquitectónicas de su antigua dedicación vitivinicultora.  

En cuanto a la configuración del lagar de Moclinejo, este era una construcción de planteamiento preconcebido y ordenado que sigue los modelos habituales en Los Montes y la Axarquía, ya estudiados por Rafael Blanco (Blanco 1997:117); la casa bloque desarrollada en planta longitudinal, como Indiana, Cela de Abajo o “el Viejo” y la fase primitiva de Wittemberg. Por otro lado, las casas de planta cuadrangular cuyas naves se desarrollan en torno a un patio central, ejemplificados por Frontilla y Cela Alto.

La distribución espacial sigue unas características constantes. El acceso principal al conjunto construido da paso a una nave dividida en dos crujías ocupadas por las instalaciones dedicadas al procesado del vino, remarcando la preponderancia del aspecto industrial de la explotación. En la primera crujía se sitúa el lagar de pisar, la prensa de viga con husillo y dos pozuelos de decantación, uno para el mosto procedente de la pisa y otro destinado a albergar el zumo resultante del prensado. En el extremo de esta misma crujía suele situarse también una gañanía con cocina, horno, campana y poyos corridos con capacidad suficiente para dar cabida a las cuadrillas de trabajadores.

Asociados al lagar existían unas estructuras conocidas como torres de contrapeso. Estas son masas murarias de gran potencia diseñadas para contrarrestar la fuerza que ejercía en la estructura del edificio la prensa de viga.

En la siguiente crujía se situaba una bodega de tinajas semienterradas, lugar donde se realizaba la fermentación del vino. Estas bodegas o tinajeros tenían un número variable de recipientes dependiendo de la capacidad de producción del predio. En Moclinejo, las tinajas desaparecieron casi en su totalidad durante el siglo XX, sin embargo, algunos ejemplos documentados a través de material de archivo de mediados del siglo XVIII indican la existencia de bodegas de hasta 43 tinajas y capacidad de 2.000 @ de vino en el caso de Cela de Abajo (AMM 98:1633), o 44 tinajas y 6.000 @ en Cela de Arriba (AMM 94:1922).

El cuerpo alto de esta nave estaba reservado al propietario, a la sazón casi siempre ausente. En torno a esta planta alta se desarrollaban dependencias nobles como salones y alcobas cuyas ventanas y balconadas daban a la fachada principal. De forma separada también se ubicaban aquí cámaras con trojes para almacenar las cosechas de cereal, leguminosas y hortalizas.

El resto del conjunto construido se componía por una o varias naves adosadas al cuerpo principal y donde se localizaban las cuadras, almacenes de aperos, pajares o una eventual molineta de aceite. También abundan construcciones de pequeña entidad destinadas a guardar animales y situadas en las inmediaciones del lagar, tales como zahurdas, cabrerizas, gallineros, etc.

A diferencia de las casas de labor, los materiales y técnicas empleados en la arquitectura de los lagares denotaban inversión económica por su factura sólida y acabada. En la obra se empleaba la mampostería o la técnica de tapial de tierra, alternadas estas con aparejos de ladrillos formando cadenas y verdugadas. En estos edificios se otorgaban también ciertas licencias al ornato, en este sentido, las cubiertas aparecían rematadas con cumbreras de tejas vidriadas en diferentes colores, decoraciones en los remates de las torres de contrapeso y pinturas murales en los paramentos de las fachadas exteriores. También se empleaba rejerías de forja con elementos decorativos en las balconadas y los cierres de vanos. 

  

La Aldea. Otro modelo de asentamiento rural típico en los paisajes de Moclinejo lo constituyen los agrupamientos de viviendas de agricultores. La formación de la mayoría de estos asentamientos tiene su origen en la deriva minifundista del parcelario a lo largo del siglo XIX. Al igual que los predios, los espacios del lagar dedicados a la producción industrial se subdividieron y arrendaron como viviendas de campesinos. Por otra parte, con el tiempo se van adosando nuevas estructuras menores en los muros portantes del lagar o formando calles alrededor de este. El resultado es un conglomerado de pequeñas estructuras donde no hay una clara separación de espacios residenciales ni agrícolas. Todos los antiguos lagares como Frontilla, el Lagarillo o Sandoval ejemplifican este proceso. En este último caso, el proceso de transformación apenas ha dejado restos materiales de la primitiva edificación, salvo un muro realizado con técnica de tapial reforzado en sus esquinas por un machón de tradición mudéjar a base ladrillos y mampostería.

   

  Texto extraído de: Arquitectura agraria de Moclinejo de Amaya Ríos, Álvaro, en Moclinejo. Ruta de la Pasa. Crónica de un pueblo blanco de la Axarquía malagueña Eduardo Herrero (Coord.). Ayuntamiento de Moclinejo, Málaga. 2021.

La arquitectura de la pasa en los Montes y la Hoya de Málaga

Artículo publicado por Álvaro Amaya Ríos y Carlos Sánchez Argüelles en «La Pasa de Málaga», Boletín de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez-Málaga. Número 19/20, 2020/2021. Páginas 79-88.

CONTEXTO HISTÓRICO

Paseros en Vélez-Málaga ca. 1935. Arxiu Nacional de Catalunya ANC1-57-N-1029

     Siguiendo un periodo de bonanza que arranca a mediados del siglo XVIII, entre las décadas de 1830 y 1860 la demanda de pasa de Málaga en los mercados internacionales convierte al esquilmo en un producto que genera considerables márgenes de beneficio a productores y casas exportadoras (Critz, 2000). Los agricultores locales, alentados por los precios al alza, fueron apostando cada vez más por el cultivo de los diferentes tipos de uva para pasa, en especial, la moscatel. Muchas explotaciones reorientaron su producción hacia esta variedad o aumentaron la superficie sembrada en unas zonas de por sí cultivadas con intensidad[1]. Junto a los lagares se construirían más toldos y almijares para el asoleo de la uva, llegando a constituir unos componentes omnipresentes en el paisaje agrario cercano a la ciudad[2]

Esta etapa de prosperidad y desarrollo irá sufriendo un proceso de descenso constante a partir del año 1873, cuando la pasa malagueña deja de ser competitiva ante la entrada masiva y a bajo coste; ya sea de productos nacionales como las pasas de Denia, o del exterior, como la griega, turca y la californiana (Aguado, 1975). Para mayor drama de los viticultores malacitanos, a esta crisis se sumará en 1877 la plaga de la filoxera, cuya virulencia llevará a la ruina a una gran cantidad de pequeños agricultores en unas zonas ya económicamente estresadas (Pellejero, 1986). Como dato ilustrador del desastre, existían en la Hoya de Málaga 13.889 hectáreas de viñas antes de la filoxera, de las cuales el 40% era de variedad moscatel. La totalidad de ellas desaparecerá 13 años después (Pellejero, 1988).

El episodio supuso la destrucción de gran parte de la producción de pasa en los pagos más agrestes. El restablecimiento del sector fue tarea imposible aquí; la aspereza de los suelos y la nula capacidad de inversión de los pequeños propietarios hacía imposible sacar adelante un producto competitivo. En consecuencia, la viticultura languideció durante las siguientes décadas; los viñedos se abandonaron y los numerosos y ajetreados lagares, paseros y almacenes se transformaron en ruinas o se reconvirtieron hacia otras actividades agrícolas de poco rendimiento[3]. El cultivo de las zonas montuosas quedaría finalmente relegado a una producción marginal en algunas partes de la Axarquía.

Lagar de Cerrado Victoria, partido de Jaboneros, Málaga. Esta imagen tomada antes de la reforestación de mediados del siglo XX evidencia un paisaje empobrecido tras la desaparición de los viñedos. Fotografía cortesía de Ignacio Krauel Barrionuevo y editada por Anton Ozomek.

     Contrasta el paupérrimo panorama descrito con la situación en la vega del Guadalhorce y del Campanillas durante los años posteriores a la plaga. Aquí, las mejores y profundas tierras de llanura, la extensión de los predios y la cercanía del puerto permitieron cierto grado de éxito al aumentar la producción y abaratar costes (Pellejero, 1988). Lo más reseñable en estas explotaciones es que se estarían dando los primeros pasos hacia una agricultura de tipo industrial con la introducción de mejoras técnicas y de infraestructuras, factibles gracias a la capacidad económica de los grandes propietarios de la vega. Cabe señalar la aparición de nuevos sistemas de paseros o toldos, que dejando de ser sencillas construcciones como las que en la actualidad se ven en la Axarquía, llegan a transformarse en largas plataformas compartimentadas en varias decenas de paseros.

Aunque la innovación técnica más llamativa será la introducción de las estufas de pasas a finales de agosto de 1888. La Cámara de Agricultura de Málaga llevará a cabo en las fincas de la vega del Guadalhorce las primeras pruebas de la estufa marca American Evaporator, la cual permitía convertir la uva en pasa mediante aire caliente (La Unión Mercantil, 1888). El novedoso sistema desecaba la uva en unas 3 horas, frente a los 15 o 20 días que necesitaba el sistema habitual de asoleo, dando además como resultado un producto de calidad. Rápidamente empezaron a aparecer secaderos por estufa junto a los paseros, al incorporar los productores este sistema como forma complementaria de terminar la desecación de la uva o para mejorar rendimientos en la producción.

Galería de postales de época donde se muestran labores relacionadas con la industria de la pasa en la vega de Málaga a finales del XIX. Documentos procedentes de las colecciones particulares de Carlos Fuster Montagud e Ignacio Martín González.

     Gracias a estas mejoras en la producción, desde 1895 se observará una moderada recuperación en las exportaciones hacia los difíciles mercados extranjeros, situación de bonanza que durará hasta el final de la I Guerra Mundial. Esta nueva crisis estará provocada por la compleja situación económica de los países beligerantes, los altos costes de los fletes y los gastos derivados de trámites burocráticos exigidos por la Junta de Defensa de la Pasa (Santiago, Bonilla y Guzmán, 2001, p. 200). Así, el esquilmo procedente de viñedos de la Hoya de Málaga irá sorteando las siguientes décadas con bastante dificultad y siempre con una producción en retroceso, de tal forma que prácticamente no quedaban en el municipio viñedos ni paseros industriales en funcionamiento a mediados del siglo XX[4].  


EL LEGADO ARQUITECTÓNICO DE LA PASA

     El éxito de la pasa de Málaga se debió en buena parte al sistema de desecación natural de la uva al sol, siendo el procedimiento más extendido en la Hoya y los Montes. No obstante, la pasa de sol convivió con otras formas de elaboración que la complementaban, como el uso de las estufas de carbón o la cocción en tinajas con lejía de ceniza[5]. Las estructuras asociadas a esta industria se situaban en las propiedades agrícolas siguiendo modelos constructivos variados, que irían desde formas rudimentarias de asoleo como los almijares en el ruedo empedrado del lagar hasta edificaciones de tipo industrial destinadas a la gran producción. De aquella riqueza material prácticamente nada queda en el paisaje rural actual. Al igual que ocurriera con la viticultura, en las primeras décadas del siglo XX las instalaciones irían abandonándose y desapareciendo. El trabajo de campo apoyado en documentación de archivo ha permitido la localización de los escasos ejemplos, dispersos y degradados, de construcciones dedicadas a la pasa que aún persisten en Málaga.

Inventario de construcciones agrícolas relacionadas con la producción de pasas, término municipal de Málaga y composición de vuelo CETFA de 1928 sobre la costa de Málaga.

Los paseros

     Los toldos, paseros o pasiles en su forma más tradicional consistían en una superficie terriza con forma rectangular y dispuesta en una pendiente de unos 35º o 40º. La orientación al sol era fundamental para la obtención de un producto de calidad, es por ello que las construcciones se solían situar en los pagos de solana y aquellos que miraban a la marina.

Las zonas donde se producían pasas se concentraban principalmente en los pagos tempranos y medios, definiéndose estos por su cercanía al mar y por su orientación al suroeste. Mapa elaborado por los autores con las descripciones realizadas por Cecilio Medina Conde en 1782.

     La poca entidad arquitectónica de los toldos, que en ocasiones se aproxima a la provisionalidad, hace que a día de hoy prácticamente no queden ejemplos conservados. El acercamiento a sus elementos fijos y móviles se tiene que realizar a través de los escasos documentos históricos que hacen referencia directa a los mismos[6]. De ellos destacan por su minuciosidad descriptiva las memorias del viticultor californiano Agoston Haraszthy, escritas en 1862, época de pleno apogeo de la pasa malagueña (Haraszthy, 1862). Según el autor, los toldos medían unos 60 pies de largo por 12 de ancho (7,20 metros por 3,20 metros). Para obtener la inclinación se aprovechaba la pendiente de una ladera o se lograba de manera artificial mediante muros de obra. Las instalaciones se separaban unas de otras mediante hiladas de ladrillos, con el objeto de apoyar tablones de madera, que solapados uno sobre otro impedían que el esquilmo se estropeara por el rocío de la noche y alguna eventual lluvia. Esta misma tablazón serviría de andamio al operario, evitando así que este pisara el pasero a la hora de manejar el fruto.

Aunque en la actualidad asociemos los paseros con la Axarquía, en el siglo XIX y principios del XX era habitual ver estas instalaciones en otras comarcas malacitanas. Paseros en Pizarra.

     Ejemplos de paseros de madera se conservan en lagares como Zaragoza, Cabello y Pro Alto, todos ellos en el antiguo partido judicial de Santa Catalina. En el otro extremo de la ciudad, también se han localizado en los lagares del Cura y Villazo Bajo, en Jarazmín. Estos pasiles se sitúan sobre laderas o apeados sobre obra de mampostería trabada con barro, con el objeto de obtener la inclinación apropiada. Sobre la superficie, aún puede distinguirse hiladas de ladrillos gruesos con aparejo a tizón, separando zonas de desecación y calles de servicio empedradas. Existen otros casos de paseros de tablones en el del lagar de San José en Venta Larga; Lagarillo Blanco y la Casa Grande en San Antón, etc. pero aquí las estructuras están demasiado barridas o directamente desaparecidas.

     Restos de paseros en el lagar de Villazo Bajolagar de Zaragoza y el lagar del Cura, ambos situados en el actual término municipal de Málaga.

El toldo con un cabecero triangular o peineta, tan típicos en la Axarquía, también se documenta en el ámbito territorial de los Montes y la Hoya. La peineta, hecha de mampostería, sirve de apoyo a una vara o caña que recibe el nombre de combrero, la cual se desarrolla a lo largo del pasil sustentada por unas patas llamadas pínganos. Esta armadura serviría de sustento al toldo de lona. Los únicos ejemplos aún visibles son seis instalaciones localizadas en la antigua finca de Miraflores de los Ángeles, actual Camino de la Corta.

Plataforma para paseros en los terrenos de la antigua finca de Cabello. Peineta de obra en las inmediaciones del camino de la Corta, posiblemente pertenecientes al antiguo cortijo de Suarez, término municipal de Málaga.

     Frecuentes debieron ser también los toldos con peinetas de tipo provisional. Siguiendo el mismo sistema, la única diferencia estribaría en que su cabecero estaba realizado con estacas de retama clavadas en el suelo y cañas entrecruzadas. Por su naturaleza temporal, lógicamente no existen restos materiales, pero su uso debió ser común al menos en zonas como la vega del Guadalhorce. Las imágenes de Málaga que ilustraban las postales y la publicidad de compañías exportadoras de finales del XIX y comienzos del XX testimonian la tradición en la zona. Es de especial interés el material publicitario de compañías como F. C. Bevan o la Sociedad Azucarera Larios, donde puede observarse imágenes de paseros con peinetas provisionales en lagares como el de Zea en Torremolinos[7]. Por otra parte, en zonas de la Axarquía como Moclinejo y Benagalbón aún persiste viva la memoria de esta costumbre entre antiguos viticultores.

Antiguas postales de Málaga donde puede observarse distintos sistemas de pasificación en la vega del Guadalhorce.

     También en el contexto de la vega del Guadalhorce destacarían los sistemas de producción de las grandes haciendas, surgidos a finales del XIX. A diferencia de los modelos artesanales de los Montes, en la vega el aumento de las exportaciones incentivó la construcción de extensas superficies destinadas a la pasificación. En la mayoría de los casos se habilitarían paseros a ras de suelo con peinetas hechas de estacas y cañas, caso documentado a través de postales de época en San Ginés, Campanillas. En otras fincas de la vega, como Santa Tecla o Santa Rosalía, se edifican grandes conjuntos de obra. El caso de mayor interés se localizaría en la antigua hacienda de los Merinos, junto al actual polígono industrial la Huertecilla. Los restos tienen un estado de conservación bajo, pues los movimientos de tierras y los vertidos ilegales de escombros han destruido parte de las instalaciones. Sin embargo, aún se pueden identificar algunos de los 16 taludes sobre los que se apoyarían los paseros. Estos son de longitud variable, pero se sitúan entre los 50 y los 60 metros. Sobre su superficie se aprecian los paseros terrizos de 8 metros de largo por 2 de ancho, alrededor de los cuales discurrirían las conocidas hiladas de ladrillos a tizón y pasillos de servicio empedrados. Un análisis preliminar arroja la cifra de unos 266 paseros.         

Antigua finca de Los Merinos, junto a los terrenos de la también desaparecida fábrica de amoniaco . Plano de situación de las plataformas de paseros, antigua postal y fotografías actuales del lugar.

Las estufas para pasas

     Aunque existen ligeras variantes, la estufa se caracteriza por ser una edificación de una habitación con una estufa en su interior, cuyo objeto es el de irradiar calor para evaporar la humedad de las bayas. En los modelos más elaborados, como el identificado en el cortijo Santa Rosalía en Campanillas, la estufa se situaba en una dependencia anexa, distribuyéndose el calor por debajo de la solería mediante atanores. De esta forma, se podía alimentar la caldera desde el exterior evitándose abrir el espacio destinado a la pasificación.

     En el interior de la habitación, los racimos de uvas se colocaban en estanterías cuyas baldas se distribuían por la sala superpuestas en grupos de tres o cuatro. Las más primitivas se confeccionaban con cañizos o zarzos atados con hiscales o con simples tablones. Algo más complejas son las baldas confeccionadas con mallas de alambre y marco de madera. Sus medidas son variables, pero las más comunes rondaban entre 1,30 a 1,50 metros de largo por 50 a 60 centímetros de ancho (El Progreso Agrícola y Pecuario, 1917)

     Para colocar o retirar las estanterías de forma sencilla en el interior de la zona de secado, las baldas podían ser abatibles gracias a un sistema de pies derechos giratorios con goznes. Este es el caso de la estufa del cortijo Olivera, en la actual barriada de la Huertecilla Mañas. En su interior puede observarse aún tacos de madera en el techo y en el suelo, los cuales servían de anclaje a las estanterías batientes. En una forma más simple, los estantes se sustentaban sobre tubos cerámicos distribuidos regularmente por la pared.

     El aspecto de un secadero por estufa era el de una casilla sin ventanas, sin otra singularidad que la presencia de una estufa de hierro y las estanterías interiores. Incluso los productores más humildes habilitaban una pieza cualquiera del lagar para usarla como secadero, como se ha podido documentar en los campos de Moclinejo. Su número debió ser relativamente abundante, pero una vez desapareció la actividad pasera las construcciones se transformaron en pequeños almacenes, pajares o cuadras, borrando cualquier indicio de su anterior dedicación y dificultando su identificación.


[1] Las compilaciones de tipo catastral y contributiva ofrecen poca información sobre estas construcciones. Así, el Catastro de Ensenada y sus revisiones de 1771 mencionan como mucho algún almijar en los lagares.Otros documentos útiles para el estudio de edificaciones agrarias, como los parcelarios de 1954, obvian de manera sistemática los paseros.

[2] Las postales publicitarias de finales del XIX son documentos gráficos de gran valor etnográfico. Por su interés para este estudio, destacan las imágenes de paseros de la vega del Guadalhorce. El material consultado procede de las colecciones particulares de Carlos Fuster Montagud e Ignacio Martín González.


[3] Esta forma de procesar la uva cuenta también con una larga y extendida tradición en Málaga, pues existe información relativa a la producción de pasas de lejía ya desde el siglo XVI. El cabildo de la ciudad cuenta con un interesante historial relativo a esta actividad en las alquerías y villas como Macharalayate, Olías, Benaque, Almogía, Alhaurín, etc. (Escribanía de Cabildo, legajo 8, carpeta 5). 

[4] A finales del siglo XVIII los Montes contaban ya con grandes extensiones de viñedo, cabe destacar la descripción contemporánea sobre la vitícultura de Medina Conde (Medina, 1782), o las descripciones más generalistas de las zonas rurales hechas por Antonio Ponz (Ponz, 1794, p 168 y ss.).

[5] Agoston Haraszthy, viticultor californiano de viaje por Málaga en 1862, recalcaba la abundancia de paseros en los campos inmediatos a la ciudad “Descending the mountain, we passed several raisings-makings stablishments. There are noumerous around Málaga” (Haraszthy, 1862, p132)

[6] Baldomero Ghiara hace una breve pero reveladora descripción de la viticultura en los Montes durante los primeros años del siglo XX, mostrando un panorama de abandono y desidia generalizada. (Ghiara, 1917, p 10)

[7] Un análisis de las masas de cultivos a través de las ortofotos del vuelo CETFA del año 1927 y el vuelo militar serie B, realizado en el año 1956 por EEUU, evidencia una drástica disminución de la superficie de viñedo hasta el punto de desaparecer en la vega en la década de los 50, y con ello, el abandono de los paseros asociados.

Archivos consultados

Archivo Municipal de Málaga

Vuelo CETFA de 1928, 1-C-15

Escribanía de Cabildo, legajo 8

Catastro de Ensenada, Respuestas Particulares, Volúmenes 92 al 116

Revisiones de la Contribución Única, leg. 438

Matrículas urbanas y rústicas: apeo general, 2-1-2-D, Caja 4428

Archivo Provincial de Málaga

Parcelarios de 1954, Sección Rústica, Carpeta: Málaga

Colecciones particulares

Postales e imágenes de época procedentes de las colecciones particulares de Carlos Fuster Montagud e Ignacio Martín González

Emeroteca

La Unión Mercantil, número 864, Año III, 1 de septiembre de 1888. 

El Progreso Agrícola y Pecuario. 22-11-1917. Nº1036. 

El Áncora  diario católico popular de las Baleares Año IX Número 2646 – 1888 agosto 31

Recursos WEB

Consejería de Medio Ambiente (s.f.) Ortofoto Andalucía, 1956 [conjunto de datos]

https://laboratoriorediam.cica.es/comparaWMS/index.html?linkToSupport=panel%2F

Bibliografía

 Aguado Santos, J. (1975) Las exportaciones de pasa en Málaga en el siglo XIX. Baética. nº 27.pág 23-41. 

Critz, J. M. (2000). Los vinos de Málaga enfrentados a las tendencias del consumo y al desarrollo de las viticulturas de Europa. Siglo XIX y principios del XX. Revista de estudios regionales, nº 57, 15-

Ghiara, B (1917) La vinificación mediante el exclusivo empleo de la asepsia industrial, Málaga, P.X

Haraszthy, A. (1862) Grape culture, wines and wine-making, Harper & Brothers.

Medina Conde, C. (1792) Disertacion en recomendacion y defensa del famoso vino malagueño Pero Ximen y modo de formarlo, Málaga.

Pellejero Martínez, C. (1986). La crisis agraria de finales del siglo XIX en Málaga. Revista de Historia Económica, Journal of Iberian and Latin American Economic History, nº4,  Págs 549-585.

Pellejero Martínez, C (1988). Decadencia del viñedo y crisis poblacional en la Málaga de finales del siglo XIX. Revista de Historia Economia6(3), 593-633.

Ponz, A. (1794) Viage de España, en que se da noticia de las cosas mas apreciables y dignas de saberse, que hay en ella. Madrid.

Santiago, A; Bonilla, I y Guzmán, A. (2000) Cien años de historia de las fábricas malagueñas (1830-1930) Acento Andaluz, Málaga, 2001

APUNTES SOBRE PINTURAS MURALES EN LA ARQUITECTURA DISPERSA DE LOS MONTES Y LA HOYA DE MÁLAGA. PARTE III.

Este artículo es la continuación de Apuntes sobre pinturas murales en la arquitectura dispersa de Los Montes y la Hoya de Málaga, parte I y parte II.

2.3. Arquitectura clasicista

La aparición de este repertorio estilístico denota un cambio de gusto entre los propietarios más cultos, a la moda, cabría decir ilustrados, que se identifican con un estilo europeo y clasicista en lugar del vernáculo y «sospechoso» mudéjar.
Al fin y al cabo, la irrupción de este estilo barroco clasicista, que a la postre configuró la imagen de Málaga y la de Cádiz a finales del siglo XVIII, supone la novedad estilística más destacable del Siglo de las Luces, que por influjo de la Ilustración en sus múltiples vertientes, trajo medidas de carácter progresista.
El lenguaje de este barroco clasicista en la arquitectura fingida supone un cambio de textura al sustituir el color almagra predominante por unos tonos marmóreos, es decir, mortero sin color, sobre el que se dibuja y se modela por veladuras en unas ocasiones en tierra y en otras en grisalla, si acaso sobre un fondo amarillento liso o simulando sillares. Llama la atención que unas veces la arquitectura se dibuja en negativo y otras en positivo, obteniendo una volumetría con bastante profundidad sobre todo en los casos en que se dibuja en negativo.
Los elementos que componen este lenguaje son columnas y pilastras de origen grecorromano, con el fuste en ocasiones rodeado de ramas de vid en espiral, como si fuera un orden salomónico, haciendo referencia quizá, a la que seguía siendo la principal actividad económica de la comarca: la viticultura. Dichos elementos sustentantes soportan entablamentos y tímpanos curvos y rectos, en ocasiones partidos, según corresponda a cada orden, aunque como suele ocurrir en el barroco, se interpretan con una libertad que contrasta con el severo neoclasicismo. Otro elemento significativo serían las cornisas que destacan sobre el plano de la fachada, simuladas con veteado de jaspe.
Estos elementos tectónicos fingidos se complementan con algunos atectónicos, igualmente fingidos, como estípites que soportan bustos, cornucopias, cartelas, cenefas, rocallas, guirnaldas de flores y frutas, remates esféricos o cónicos e incluso armaduras, como las que, a modo de grutesco a candelieri, se encuentran en el Cobertizo de los Mártires, calle que se ha convertido en una especie de catálogo con casi todos los estilos de pintura mural de Málaga. También es común que se representen vanos allá donde no eran necesarios por función, pero sí por perseguir una composición regular.

En contra lo que pudiera parecer, esta decoración relacionada con una cultura distinguida y urbana, no deja de ser frecuente en el medio rural, donde sigue las mismas pautas que en el casco urbano.

Las primeras pinturas murales recuperadas en Málaga, las de la casa cuna conocida como «La gota de leche», en Calle Parras, pertenecen a esta clasificación, con dibujo en positivo. También son de destacar las fachadas principales de las Parroquias de San Felipe y Santiago, así como el conjunto de pinturas situadas entre Carretería y Postigo de Arance.
En contra lo que pudiera parecer, esta decoración relacionada con una cultura distinguida y urbana, no deja de ser frecuente en el medio rural, donde sigue las mismas pautas que en el casco urbano.
Así tenemos el ejemplo de la Huerta de Segura, de nuevo en Arroyo Jaboneros. Solo es visible una cartela mixtilínea en grisalla, que por su pigmentación y forma debe de corresponder a este estilo. Además, se corresponde también por cronología con esta nueva moda decorativa, puesto que en la cartela se cita el año de 1763.


El Cortijo de Vareno en arroyo Totalán, del cual solo quedan los muros, está flanqueado por columnas en grisalla y contiene abundantes restos de rocalla en la misma técnica y algunas cornisas fingidas con veteado de jaspe, así como guirnaldas bajo el tejado. Por desgracia, hemos perdido una composición que debió de ser de las más interesantes de todos estos ejemplos analizados anteriormente.

En el Lagar de Pro Bajo, junto al nacimiento del Arroyo Teatinos, término de Málaga. Se aprecia una pilastra y algunas bandas en grisalla en el piso de arriba y en muy mal estado de conservación. Aunque este lagar aparece documentado como propiedad de Juan Protzen y Diego Lambrecht en el año 1739, debió de sufrir una reforma en la segunda mitad del siglo, época a la cual corresponde este estilo pictórico.


Finalmente, los lagares de San Luis y Morenillo, en la parte baja del Arroyo Chaperas, en la linde del término de Casabermeja con Málaga, que por su estilo arquitectónico podríamos enmarcarlos a comienzos del siglo XIX, responden ya a otro gusto donde el clasicismo ha despreciado casi todo elemento de trampantojo y solo presentan despiece de sillares, con incisiones leves como remedo de las técnicas de revestimiento del siglo anterior.


2.4. Aparición de la figura humana
No resulta difícil que entre la arquitectura fingida de carácter clasicista «se cuelen» figuras animadas, generalmente amorcillos que alternan con las guirnaldas y las cornucopias, acompañando a los bustos sobre estípites que ya hemos anunciado en la categoría estilística anterior. En bastantes ejemplos, la arquitectura fingida venía acompañada por figuras humanas a tamaño natural o mayor que se convertían en el elemento central. Ocurría así en la demolida Casa del Administrador, o las diversas figuras alegóricas del Pasillo de Atocha, muy probablemente obtenidas a partir de la Iconología de Cesare Ripa.
En unas ocasiones se representan en los mismos tonos que la arquitectura, simulando ser estatuas, como en la citada casa del Administrador y en la casa que llamaremos «de las Damas», entre Arco de la Cabeza y Carretería, además de otros casos que podrían estar por descubrir, a tenor de diversas catas. Estas figuras con frecuencia representan alegorías inspiradas en los códigos iconográficos de la época, como la citada Iconología o los numerosos libros de emblemática, aparte de la ya clásica mitología recuperada por el incipiente afán arqueológico del momento.
De este tipo eran también las monumentales y conocidas figuras alegóricas halladas en el Lagar de Jotrón, de las cuales el protector mítico del comercio Hermes o Mercurio (pues no en vano los lagares eran explotaciones destinadas a la agricultura comercial) está casi borrado, siendo apenas visible el caduceo. Solamente se conserva una figura femenina que fue arrancada, restaurada y guardada en el Lagar de Torrijos, hoy ecomuseo.

En otras ocasiones, este repertorio estilístico presenta figuras realmente animadas y con una policromía naturalista, como el «borracho» de la calle Nuño Gómez, que parece ser el único vestigio de composición figurativa que ha quedado en la ciudad, en este caso dentro de un desaparecido cuadro de costumbres.
Al igual que pasa en la urbe, en el medio rural las figuras humanas son el repertorio estilístico más escaso, quizás porque necesitaban una delicadeza mayor en su elaboración, y por tanto mayor presupuesto, frente al repertorio más «seriado» de las retículas de ladrillo fingido o composiciones geométricas. En este sentido, destacan por su singularidad las impresionantes decoraciones del Lagar de Frontilla, en la cuenca del Arroyo Totalán. Estas pinturas incluyen una profusa decoración bajo el alero, formada por cenefas florales y frutales con rostros de angelotes inéditos en la ciudad, hierática y frontal, como máscaras. La policromía del conjunto es también mucho más variada que casi todos los conjuntos encontrados hasta la fecha en el casco urbano, con un color muy naturalista. Toda esta decoración floral y antropomorfa está acompañada de pilastras en positivo de un tono terroso.

Texto procedente del artículo APUNTES SOBRE PINTURA MURAL en la ARQUITECTURA DISPERSA del ÁREA de INFLUENCIA de MÁLAGA. autores: Álvaro Amaya Ríos, Carlos Sánchez Argüelles y Naser Rodríguez García, revista Desde el Alto Guadalhorce, número 10. pp. 126-137. Año 2020.

Fotografías realizadas por Álvaro Amaya Ríos.

Apuntes sobre pinturas murales en la arquitectura dispersa de Los Montes y la Hoya de Málaga. Parte II.

Este artículo es la continuación de Apuntes sobre pinturas murales en la arquitectura dispersa de Los Montes y la Hoya de Málaga. Parte I.

2.2. Composiciones geométricas polícromas
También de origen mudéjar, bien puede complementarse con el fondo de ladrillo fingido o bien puede expandirse por toda la pared, aunque lo más común es que se presente formando paneles ornamentales entre las hiladas de ladrillo fingido, en algunas ocasiones ejecutados mediante la técnica del esgrafiado.
Los motivos geométricos pueden ser muy variados, desde rosetones a figuras estrelladas o diversos símbolos como cruces, tiaras o veneras, por lo general enmarcados dentro de una cenefa que combina el azul y el amarillo. El simbolismo de estas figuras puede tener, según Rosario Camacho, un cierto sentido apotropaico, fruto de la superstición. Los colores, casi siempre son rojo, amarillo/ocre, azul oscuro y negro.
Si los motivos geométricos se extienden por toda la pared, se disponen como una retícula semejante a un caleidoscopio, ad infinitum, donde figuras poligonales mixtilíneas se continúan unas con otras con un punto negro en el centro de cada una y unido a los lados por líneas blancas. Ejemplos urbanos conocidos son los de la Casa del Obispo, la Capilla de la Cruz del Molinillo, el Colegio de San Felipe o los pocos restos que han quedado en el Palacio de Villalcázar, así como las pinturas presentes en Calle Gigantes, que no corrieron mejor suerte. Podemos considerar este tipo de decoración como un esgrafiado «fingido» procedente de la ornamentación mudéjar abstracta, o a lo sumo vegetal, que cubría los interiores y los exteriores, de arriba a abajo.

En el medio rural, sin embargo, existe un elemento por el momento novedoso con respecto a lo hallado en la ciudad: composiciones de ladrillo fingido bicolor, en ocre y almagra


Un caso interesante es el de la Parroquia de San Juan, donde la decoración se descuelga de estas retículas mixtilíneas, apostando por una composición que ya se utilizaba en la pintura mural pompeyana: rombos rectilíneos tricolores (amarillo, azul y rojo), extendidos ad nauseam, con los cuales se obtiene cierta tridimensionalidad al disponerse simulando figuras cúbicas.
En el medio rural, sin embargo, existe un elemento por el momento novedoso con respecto a lo hallado en la ciudad: composiciones de ladrillo fingido bicolor, en ocre y almagra, como si se tratara de los dibujos formados por el ladrillo visto en la arquitectura mudéjar, así como despiece de sillares en estos dos colores. Quizá estos elementos se encontraran entre los numerosos edificios demolidos de la capital, con lo cual no se puede asegurar que fuera un elemento único de la arquitectura rural. Dentro de esta clasificación se encuentran los siguientes:


El Cortijo de Cela de Arriba en Moclinejo, inmediato a Cela de Abajo, estuvo ligado al Marquesado de Cela durante el siglo XVIII. En este caso la construcción está totalmente recubierta de pinturas murales. Los muros del exterior están por completo cubiertos con decoración geométrica que parece imitar el despiece de sillares y vagamente a un paño de sebka mudéjar. Combina una especie de parrilla perpendicular en almagra con lóbulos concéntricos en almagra, azul y amarillo, cuyo centro está en las intersecciones de los cuadrados. Los lóbulos están distribuidos de tal manera que forman una línea ondulada cruzándose continuamente con los marcos de almagra. Los aleros estarían pintados también de almagra. En el patio interior la decoración dispone hiladas conformando cadenas y verdugadas de ladrillos con un juego de bicromía en diagonal que cobijan paneles en blanco y lóbulos concéntricos de color almagra, azul y amarillo.

El Cortijo de las Avemarías inmediato al río Guadalmedina, cuenta con una capilla cuya placa fundacional de mármol indica que fue levantada en 1761. Dispone la bicromía de forma horizontal: una fila ocre, una fila almagra. Aparte de las hiladas que cubren las jambas de la portada, no se aprecian más elementos pictóricos debido a las capas posteriores de pintura.


Lagar de Lo Muñoz, situado en el arroyo Jaboneros cuenta con una capilla. Su decoración aporta otro tipo de representación abstracta de lo que parecen ser sillares, cuyo interior se descompone en triángulos de ocre y almagra unidos por sus vértices, descansando la base en los extremos del sillar. Esta decoración cubre por completo la fachada de la capilla, que está coronada por un frontón mixtilíneo con bordes de ladrillo visto que ofrecen una vistosa volumetría. Está documentado que el lagar ya existía a mediados del siglo XVIII, no así su capilla. El resto del lagar ha sido muy modificado a lo largo de los años, pero las esquinas del edificio principal ofrecen incisiones simulando hiladas de ladrillo en el mortero, de una pigmentación cercana al púrpura.

El resto de elementos pictóricos de esta categoría estilística coinciden con los de la capital, pero aplicados sobre tipologías muy distintas a las que encontramos dentro del casco histórico, como pueden ser fuentes, torres de contrapeso o alcubillas de decantación, ausentes en el casco urbano. La torre de contrapeso del Lagar de Los Ritos, Casabermeja, cuenta con una composición geométrica bordeada por hiladas de ladrillos, en cuyo frontón curvo encontramos una Cruz de Malta, emblema de la Orden de San Juan, inscrita en una circunferencia y flanqueada por dos rosetones heptalobulares formados por una cadeneta continua, todo ello en almagra. Una inscripción en bella tipografía capital inserta en una cartela oval nos da el nombre de Rodrigo Sánchez.

El Lagar de Orbeó, cercano al arroyo del Veedor, Pechos de Cártama, con sus elegantes balcones preñados, contaba seguramente con decoración pictórica, pero su fachada ha sido picada en unas obras de reformas salvo algunos restos que han quedado, donde se aprecia un simulado despiece de sillar. Lo más interesante es su alcubilla de decantación, de nuevo la arquitectura hidráulica cubierta de pinturas murales iniciada en el capítulo anterior. La decoración simula ladrillo fingido y, en el tímpano curvo, decoración geométrica formada por tres estrellas simétricas en azul y almagra, de las que se aprecian incluso las incisiones del compás.

En Molino Colorado, en Alhaurín de la Torre, existe un pilón emparentado con estos dos últimos tímpanos debido a su estilo pictórico, puesto que su composición parece basarse en una cruz latina o crucifijo en almagra sobre un pedestal agallonado, flanqueada por rosetones en almagra, ocre y azul, y empotrada en un muro posterior. El pilar incluye una fecha, bastante tardía para este repertorio estilístico: 1796, año en que el barroco clasicista había sido adoptado plenamente en la ciudad, aunque su estado deja que desear, empotrado en un muro posterior.

Texto procedente del artículo APUNTES SOBRE PINTURA MURAL en la ARQUITECTURA DISPERSA del ÁREA de INFLUENCIA de MÁLAGA. Desde el Alto Guadalhorce, número 10. pp. 126-137. Año 2020.

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Apuntes sobre pinturas murales en la arquitectura dispersa de Los Montes y la Hoya de Málaga. Parte I.

En el casco histórico de Málaga es conocido desde finales de la década de 1980 la existencia de pinturas murales en gran parte de los edificios construidos o reformados en el siglo XVIII. Esto motivó una línea de investigación seguida, entre otros, por Rosario Camacho y Eduardo Asenjo, autores de los artículos de cabecera de la bibliografía en torno a un tema local, pero de profunda raigambre mediterránea.
Sin embargo, fuera de la ciudad no se tenía conocimiento de más pinturas murales que ejemplos dispersos concentrados en una estrecha franja del litoral y algunas un poco más al interior, como las ampulosas iconografías figurativas del lagar de Jotrón en los Montes de Málaga. Juan María Montijano ya apuntó la posibilidad de que no fuera este el único caso de arquitectura agraria pintada alejada de la costa, y a tenor de nuestro estudio realizado en un marco geográfico que abarcaría desde Moclinejo hasta Alhaurín el Grande de este a oeste, y de la costa a Casabermeja y Almogía, de sur a norte, podríamos ampliar la imagen del mundo urbano decorado y significado de forma pictórica a todo un paisaje rural.

 
DSC05277Torre de contrapeso en un lagar de Casabermeja

La profusión de estas pinturas murales, como conjunto que se extendía a toda la ciudad y su área adyacente, responde a una cuestión material: la arquitectura malagueña apenas contaba con edificios hechos con materiales nobles tanto en sus elementos estructurales como ornamentales. En una ciudad donde no había una nobleza pujante que pudiera hacer grandes desembolsos para erigir edificios acordes a su condición, la cantería quedó reservada a apenas un palacio. El alto coste que implicaba la extracción y transporte y la baja calidad de las canteras conocidas explicaría, en parte, la práctica ausencia de la cantería en la actividad edilicia de Málaga. La cultura arquitectónica de la ciudad y su área de influencia quedó por tanto limitada en todos sus ámbitos al empleo de mampostería, ladrillos y en no pocas ocasiones, técnica de tapial.

Las pinturas murales se corresponden a grandes rasgos con una cronología que va de la influencia mudéjar al rococó, sin embargo, estas etapas no aparecen claramente diferenciadas en una línea temporal, ya que en realidad las tendencias se solapan y conviven.

La línea de investigación trazada por el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Málaga establece cuatro categorías dentro de la clasificación estilística de las pinturas murales localizadas en el casco histórico de la capital. A grandes rasgos se corresponden con una cronología que va de la influencia mudéjar al rococó, que pone fin a esta costumbre ornamental al finalizar el siglo XVIII. Estas etapas no aparecen claramente diferenciadas en una línea temporal, ya que en realidad las diversas tendencias se solapan y conviven. La novedad de esta investigación es la aplicación de esta clasificación a gran parte de los cortijos y lagares investigados en la zona de estudio, ya que un número significativo ha conservado restos de pintura mural. Así, en la clasificación cuatripartita de los estilos pictóricos encontramos:

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Decoraciones pictóricas en un lagar del arroyo Jaboneros. 

1. Ladrillo fingido
Se trata de la más simple de las decoraciones, empleada para recubrir y reforzar la mampostería con un mortero de cal mínimamente ornamentado por la simulación de ladrillería. La ejecución de esta técnica se conseguiría mediante el dibujo por incisión de una cuadrícula irregular en el mortero imitando un aparejo de ladrillos, pintando el interior de los «ladrillos, generalmente rehundido, en almagra y dejando los bordes externos en el color del mortero. Se suele combinar con sillería fingida en las esquinas y alrededor de los vanos.
El ladrillo es un material con tendencia a ser ocultado por su pobreza constructiva en la arquitectura, así que el hecho de fingir que está a la vista en lugar de imitar elementos constructivos de mayor valor económico se presenta como una estética muy particular. Esta costumbre puede explicarse por la influencia de la tradición arquitectónica mudéjar en Málaga, donde este material juega un papel importante como elemento ornamental. En el caso de las pinturas murales, este revestimiento decorativo aparece como el más elemental y extendido, y en ocasiones presente como telón de fondo en composiciones de empaque, tales como el Hospital de San Julián, situado en la ciudad.

DSC01085Ladrillo fingido en el cortijo del Cañaveral

De los restos encontrados en el medio rural y enmarcado en esta categoría resaltaría el Cortijo Cañaveral, situado al sur del Puerto de la Torre, junto al arroyo de las Cañas. Este edificio aparece citado en la segunda mitad del XVII como propiedad de Fray Alonso Henríquez de Santo Tomás, antes de ser cedido a la orden de los dominicos. Consta de unas discretas pero bien conservadas verdugadas a dos hiladas de ladrillo en almagra, una banda incisa bajo el alero y cadenas de ladrillos en los ángulos, imitando de esta forma obra de cajones de mampuestos enfoscados con mortero, en un origen debió circundar todo el patio interior donde se encuentran.

El siguiente ejemplo lo encontramos en las torres de contrapeso de la Almazara de los Condes de Mollina junto al conocido yacimiento arqueológico de Torrealquería en Alhaurín de la Torre. Este edificio pintado se encuentra prácticamente desaparecido ya que solo se conservan las imponentes torres de contrapeso de la almazara. El estado del enfoscado apenas deja vislumbrar incisiones que recuerdan una imitación de cajones con características semejantes al caso anterior.
Otro ejemplo es el Cortijo de Cela de Abajo, en el término de Moclinejo. Lagar propiedad del conde de Villalcázar de Sirga a mediados del XVIII, también es conocido como Cela el Viejo. En este caso se puede apreciar su fachada norte revestida, no con un aparejo de ladrillos fingidos, sino de grandes sillares simulados, en gran parte aún ocultos por capas de pintura blanca. Pese a su abandono, los muros del edificio se encuentran en buenas condiciones de conservación, aunque las pinturas han perdido prácticamente su pigmentación con el paso del tiempo.
Tampoco se puede obviar el Lagar de Pacheco Bajo, situado en el partido rural de Chapera la Alta, en el corazón del Parque Natural Montes de Málaga. Sin descartar una antigüedad mucho mayor, este edificio comienza a concretarse a finales del siglo XVIII. La construcción no escapó al abandono generalizado de los edificios tras la reforestación de la zona, por lo que el lagar está en un estado de ruina bastante avanzado.

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Huerta de Campos, en Alhaurín el Grande, es una finca de regadío cuyo elegante aspecto y distribución hace pensar en una construcción del siglo XVIII. En su arco de acceso coronado por una hornacina, donde en tiempos debió existir una imagen sacra, aparecen incisiones tan separadas entre sí que más que ladrillo fingido, como en el caso de Cela, parecen indicar despiece de sillares.

En las construcciones de los Montes de Málaga y aledaños, aprovechando la almagra usada en el mortero de cal, se fingió ladrillo y sillares


Por último y dentro de este grupo, encontramos la decoración mural en la arquitectura hidráulica del medio rural. La coloración almagra se ha utilizado como impermeabilizante desde muy antiguo, como buena prueba da en la provincia de Málaga el aljibe de época califal de Marmuyas. En las construcciones de los Montes de Málaga y aledaños, aprovechando la pigmentación por necesidades prácticas, es decir, impermeabilizar el mortero de cal, se fingió ladrillo y sillares. De esta tipología encontramos restos en las fuentes o pilares de Parras Viejas, en Casabermeja, y el Lagar de Carrasco, en Cártama.

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De la primera apenas quedan incisiones, dificultando la comprensión de cómo pudo ser la composición general, pero de la segunda se conservan bandas en almagra situadas en los laterales del pilar. Son un buen ejemplo de cómo se hace de la necesidad virtud en la arquitectura vernácula, aprovechando la funcionalidad de cada elemento para dotarlo de cierta estética.
La decoración pictórica asociada a la arquitectura hidráulica no se limita a los pilares citados, sino que debió ser práctica relativamente extendida en otras construcciones asociadas a la gestión del agua. Es cierto que el Acueducto de San Telmo, por su carácter de obra pública, no se ajustaría de forma estricta a la arquitectura rural que nos ocupa, pero este acueducto de finales del XVIII sería un importante exponente de esta tradición pictórica que convive con los usos hidráulicos. Cuenta con restos de hiladas de ladrillo simulado en almagra en uno de sus puentes ya cercanos a la ciudad, no estando claro si esta decoración es fruto del diseño original o de una modificación puntual por reparación.

Esta entrada de blog se extrae del artículo publicado en la revista Desde el Alto Guadalhorce, n.º X- Año 2020, siendo sus autores Álvaro Amaya Ríos, Carlos Sánchez Argüelles y Naser Rodríguez García. 

Una fábrica hidráulica de cubo: molino de Montosa

El régimen de lluvias escasas e irregulares y la orografía accidentada de Málaga oriental, explica el éxito del sistema hidráulico de cubo en la Axarquía. Basta con liberar el agua acumulada en un depósito vertical de cinco a diez metros de altura para imprimir movimiento a las palas de un rodezno. Con este elemental procedimiento se obtiene la misma fuerza que con otros sistemas, pero con una cantidad mucho menor de agua, además, esta máquina ofrece un mantenimiento muy económico, ya que su versión más sencilla carece de engranajes de linterna como los empleados en las clásicas ruedas verticales o azudas, donde las roturas de los cajales son frecuentes. Desde que empezaron a popularizarse en los siglos XV-XVI, los molinos harineros de cubo de la Axarquía tuvieron escasa competencia tecnológica, pues las tahonas tiradas por fuerza animal y los pequeños molinos de mano eran las únicas alternativas presentes en la zona. Fue con la tímida aparición a finales del siglo XIX de maquinaria a vapor en instalaciones como San Isidro en Vélez-Málaga, y más adelante, la incorporación masiva de motores diésel y eléctricos, cuando estos sistemas hidráulicos se mostraron obsoletos, entrando en una etapa de decadencia irreversible.

Las fábricas hidráulicas de cubo han llegado hasta nuestros días en un estado variado de conservación, al carecer de utilidad, sus propietarios procedieron a reformarlos como viviendas o directamente las desmantelaron o abandonaron. Aun así, hay algunos casos que por simple olvido o tras una decidida restauración se han conservado en un aceptable estado.

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Molino próximo al nacimiento del Guadalmedina, Antequera

 El molino de Montosa

Esta fábrica de cubo situada en Sedella recibe su nombre por el último propietario y molinero, Antonio Montosa Palacios, aunque tradicionalmente también ha sido conocido por los habitantes del pueblo como Molino Alto, ya que se encuentra en la ladera de una colina cercana al núcleo urbano. Sin descartar una antigüedad mayor, encontramos una referencia de este molino en el año 1752, con las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada. Aquí se indica que este molino movido por agua y de un solo juego de piedras, es el único existente en el pueblo, siendo propiedad de Don Julián de Aro.

Durante el siglo XIX, el molino seguía trabajando por la creciente demanda de harinas debido al aumento significativo de la población, y es aquí cuando se abre un segundo molturador harinero en el pueblo, posiblemente una tahona localizada en el núcleo urbano. La aparición de un nuevo molino contrasta con el déficit de trigo y cebada que venía arrastrando el pueblo de Sedella, acentuado por el crecimiento demográfico. La agricultura local era totalmente incapaz de proporcionar los cereales necesarios y había que recurrir a la importación con arriería desde zonas productoras como Alhama de Granada, circunstancias que aún se mantendrían a comienzos de los años 40 del siglo XX.

Más adelante, la fuerte emigración causada por la crisis post-filoxérica y la importación de harinas industriales procedentes de Vélez-Málaga, provocaron que entre los años 1955 y 1960 el obsoleto molino de Montosa cerrara definitivamente, quedando abandonado y en proceso de paulatina ruina, hasta que en julio de 1994, el Ayuntamiento de Sedella decidiera comprar el inmueble a sus últimos propietarios y procediera a su restauración.

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Molino Alto o de Montosa, Sedella

El edificio está asentado sobre un afloramiento esquistoso de una ladera situada al norte del pueblo de Sedella. Su planta conforma un rectángulo de 15m. de largo por 4 m. de ancho, la orientación de la construcción es sur-sureste. En su fachada delantera aparecen con distribución irregular seis vanos a distintos niveles, correspondiendo uno al cárcavo de evacuación, elaborado con un arco rebajado de ladrillos macizos. Los restantes vanos, acceso y ventanas, se ejecutan con dintel de madera. Destacan unos retranqueamientos del muro a lo largo de la fachada. Los muros del edificio están elaborados con fábrica de mampostería del lugar con aparejo irregular, donde se alterna la piedra con ripios cerámicos, no apreciándose el uso del ladrillo macizo más que en el arco del cárcavo. El mortero original de la obra debió tener las proporciones tradicionales en la zona, esto es, cuatro paladas de arena escasamente cribada por una de cal apagada. El revestimiento original de las paredes ha sido picado y sustituido por otro ejecutado con cemento moderno y pintura plástica.

Durante el abandono de la instalación se perdió gran parte de su cubierta, siendo necesario durante la restauración cambiar la totalidad de ella. La cubierta, de un agua, descansa sobre viguería de cuartones de madera nueva que reemplazan a los rollos de roble, madera común en las carpinterías tradicionales del lugar. Sobre las vigas aparece fijado con clavos el tableado de madera barnizada, y sobre este, las tejas árabes. No existe recuerdo sobre si la cubierta original se encontraba protegida por la típica torta o alcatifa de tierra cribada que se aplicaba entre el tableado y el tejado. El alero rematado con un listel de ladrillos macizos dispuestos a tizón y una superposición a doble teja conforma el único elemento decorativo del conjunto.

Ya en el interior del molino encontramos una distribución en planta baja y altillo de madera. La planta baja cuenta con una sala principal con un pequeño hogar. En esta sala se realizaban tareas de diversa índole, como por ejemplo, el peso con romana de los sacos de cereal. Sin salir de esta planta, a una altura de 1,44 m. y accediendo por una pequeña escalera de obra y con cuatro escalones, se encuentra la sala de molturación. Toda la planta baja cuenta con la solería original de mazaríes de 28×28 cms. En un segundo nivel hay un altillo utilizado como almacén de cereales, elaborado con una madera barnizada que sustituye al original.

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Interior del molino

 

Hidraúlicas

El molino de Montosa cuenta con todos los elementos hidráulicos característicos de un sistema de cubo: presa, caz, cubo y rodezno. En general, los únicos materiales empleados en su ejecución son mampuestos de la zona y mortero de cal. Siguiendo el recorrido que realiza el agua a su paso por el molino, el primer elemento que se encuentra es la presa. Esta está situada en la parte trasera del molino y a una altura superior respecto a este de diez metros aproximados. Aquí se embalsan las aguas acequiadas desde el arroyo Encinar, que brota en las rocas calizas de Sierra Tejeda. La presa original conformaba un polígono irregular horadado sobre el suelo de esquistos. Sin ningún tipo de revestimiento en el fondo ni en paredes, la única obra que aparecía era un pequeño muro que contenía la compuerta de comunicación con el caz del molino. Actualmente la presa tiene un revestimiento de cemento para evitar pérdidas.

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El siguiente componente que encontramos es el caz. Esta canalización de 17,92 m. de largo tenía por función llevar el agua desde la presa hasta el cubo manteniendo la altura de aquella, pues hay que recordar que presa y molino se encuentran a niveles distintos de altura. El caz contaba con un aliviadero para controlar el caudal de aguas y evitar que rebosaran, actualmente desaparecido tras las reformas. La estructura también cuenta con mechinales, huecos utilizados para evacuar las perjudiciales filtraciones en el interior de la obra. Todo ello está realizado con la misma fábrica que el resto del edificio, aunque se evidencia una abundante utilización de cemento en la restauración.

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Caz del molino

El caz desemboca en el cubo. Este es un depósito vertical con forma de cilindro cuya misión es suministrar agua a presión al rodezno. El códice de hidráulicas atribuido históricamente a Juanelo Turriano y escrito en la segunda mitad del siglo XVI, 21 libros de los ingenios y máquinas, explica en el capítulo undécimo como debían elaborarse estos cubos para obtener los mejores resultados, ya que volumen y presión hidrostática jugaban una importante relación. El autor especifica que estos cubos debían tener una altura mínima de 30 palmos castellanos (6,26 m.), la boca o entrada debía tener una proporción de cuatro partes y la salida inferior una cuarta parte. En cuanto al espesor de las paredes del cubo, se aconseja tener una relación de una cuarta parte del diámetro del conducto. Recalca el códice la importancia de usar mortero y mampostería, además de la necesidad de insertar mechinales.

Se observa que el cubo de Montosa con una altura de 8m. aproximados, su fábrica de mampostería y mortero, el uso de mechinales y las proporciones de entrada y evacuación cumple con las indicaciones del códice, además destaca el aumento del grosor del cubo en gradiente, a fin de reforzar la estructura de la presión ejercida por el agua. Esta coincidencia entre códice y construcción demuestra que el molino debió ejecutarse por algún alarife que conocía bien las técnicas hidráulicas, por lo que la obra es producto de la autoconstrucción, quedando por saber la procedencia y grado de difusión de los conocimientos en técnica hidráulica, además del desarrollo del oficio de constructor de estos sistemas en la comarca de la Axarquía.

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Torre donde está situado el cubo

El ciclo del agua termina cuando ésta es liberada a través del saetín o saetía, una canaleta de madera que recoge el agua de la parte más baja del cubo y la proyecta a presión contra el rodezno. Conviene que el saetín no apunte al rodezno de forma perpendicular, sino con cierta inclinación sobre las palas para imprimir una mayor fuerza de movimiento, como así sucede en el caso estudiado. Se observa también que el saetín se regulaba manualmente mediante una pequeña tapadera, en la actualidad desaparecida.

El siguiente elemento analizado es el rodezno, este es una rueda horizontal que mueve de manera solidaria la piedra corredera a través de un eje de hierro. El libro 21 libros de los ingenios y máquinas indica que la proporción ideal de estos rodeznos debe ser de 2 m. de diámetro, pero estas medidas presentarían problemas de torsión en el sistema, encontrándose que la gran mayoría de rodeznos de la península Ibérica tienen unas medidas comprendidas entre 0,80m. y 1,5m. de diámetro. En el caso de Montosa es difícil calcular el diámetro del rodezno ya que todas las palas o álabes se encuentran podridos y partidos por el proceso de abandono sufrido, pero cabe suponer una medida que sobrepasaría escasamente 1m. El rodezno tenía 8 álabes de madera, recogidos con un cercillo o fleje de hierro para evitar que estas trabajen en falso. El eje del sistema está elaborado en dos piezas, una de madera llamada maza y situada en la parte más baja, y otra de hierro llamada palahierro, ambas unidas por abrazaderas conocidas por el nombre de sortijas, diseñadas para facilitar el recambio de las dos piezas. El eje estaba unido a la piedra corredera mediante una pieza de enganche llamada lavija.

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Rodezno

El agua sale finalmente a través del cárcavo, una abertura al exterior de 1,40m. de anchura cuyas paredes se encuentran recubiertas de sedimentaciones calcáreas procedentes de siglos de salpicaduras de agua. Una canalización llamada socaz lleva el agua a la acequia principal, que serpentea ladera abajo regando las distintas huertas que se encuentran a su paso. Es interesante mencionar que en la acequia de Sedella se mantiene la arcaica figura del regador o regante, un cargo relacionado con la difícil gestión del agua y que hunde sus raíces en el mundo rural musulmán. Este operario pagado por la comunidad, controla el buen uso de la acequia, de la que molino y huertas se aprovechan. El regador estaba encargado de distribuir según un orden establecido las horas de riegos en las huertas y los cortes para abastecer la presa del molino, que se hacía al caer la tarde. Este cargo servía también para dirimir pequeños pleitos que pudieran surgir entre aquellos que hacían uso del agua.

Las piedras de moltura

La sala de molturación cuenta con la clásica disposición de las piedras de moler. Apoyadas sobre un banco de obra se encuentra la piedra inferior, solera, y la superior, corredera. Las muelas que se encuentran actualmente en el molino tienen un diámetro de 1,30m. y son de tipo La Ferté Expositión, piedras artificiales elaboradas con un conglomerado de sílex procedentes del pueblo francés La Ferté-sous-Juarre. Estas piedras sustituyeron en las últimas décadas de vida de estos molinos a las tradicionales de cantera elaboradas en piedra almendrilla, una roca calcárea que se desgastaba fácilmente. El transporte de las piedras hasta el pueblo de Sedella se realizaba por fuerza de brazos, pues hasta la llegada del camino asfaltado en los años 40 del siglo XX, las vías de comunicación apenas eran aptas para la arriería. Las piedras cuentan en sus caras interiores con unos canales labrados o arroyos para triturar el grano. Estos arroyos recorrían de forma radial la muela y siguiendo el sentido de giro del rodezno. Debido al desgaste, los arroyos debían ser labrados de nuevo cada cierto tiempo, y para ello, el molinero contaba con la ayuda de la cabria, grúa abatible que permitía levantar las piedras y voltearlas. En el caso de Montosa, la cabria se encuentra en perfecto estado y como detalle, cuenta con el arriostramiento que le ofrece un madero anclado en los muros de carga del edificio. Fruto del expolio, casi la totalidad de las piezas y herramientas fundamentales en el proceso de molturación desaparecieron tras el cierre definitivo del molino.

La tolva, donde se vaciaban los sacos de cereales, el levador de las piedras, que permitía regular el grosor de la harina, o el guardapolvo, una funda de madera que colocada encima de las piedras evitaba que durante la molienda la harina se esparciera, son algunos de los ejemplos que se echan en falta.

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Resumen preprint procedente del artículo publicado en la revista SAC de Vélez, publicado en el año 2015. Si te interesa consultar el artículo completo puedes verlo en este enlaceSOCIEDAD / 14 BOLETÍN DE LA SOCIEDAD DE AMIGOS DE LA CULTURA DE VÉLEZ-MÁLAGA / 2015

Las estufas de pasas

El sistema de pasificación en toldos o paseros presentaba una serie de inconvenientes. En primer lugar, entrados los meses de otoño el proceso de secado se podía ver afectado por la presencia de lluvias o la disminución de horas de sol. Por otra parte, el método tradicional de soleo requería un tiempo de algo más de dos semanas para obtener el producto deseado, pudiendo ser esto un serio contratiempo en las explotaciones que contaban con una gran cantidad de viñas. Para evitar la ruina de la cosecha o reducir los tiempos de producción, en las fincas agrícolas dedicadas a la pasa solían contar con unas instalaciones conocidas como estufas, llegando a ser su presencia tan difundida en el paisaje de viñas de La Axarquía como lo fueron los propios paseros.

                Aunque existen ligeras variantes, por lo general las estufas se caracterizan por ser un recinto cubierto con una caldera en su interior. El funcionamiento era sencillo, una vez repartidas las cargas de uva en estanterías, se caldeaba el lugar quemando carbón mineral con el fin de desecar el fruto. En torno a un día, se obtenía una pasa aceptable para la comercialización, aunque esta era considerada de menor calidad que la pasa soleada.

Estufa

Estufa en el valle del Guadalhorce

                En cuanto a la descripción arquitectónica de las estufas, estas se definen por ser una edificación de factura sencilla con escasas particularidades. Suelen localizarse en las inmediaciones de la casa de campo y los paseros, su planta es rectangular o cuadrangular, de una sola altura, con una cubierta de tejado a uno o dos planos y un solo vano de acceso para lograr el mayor aislamiento posible en el interior. Respecto a los materiales y técnicas empleadas en la construcción, son los mismos que se utilizan en la arquitectura tradicional de cada comarca, por lo general, mampostería trabada con barro o mortero de cal para los muros, y cañizos, alcatifa de tierra y tejas cerámicas para la cubierta.

ESTUFA LAGAR

Dibujo de estufa tradicional de La Axarquía

                La caldera, pieza principal de la instalación, se resuelve con una obra de mampostería o ladrillos cerámicos tanto para el hogar como para el conducto de salida de humos. Esta ocupa una posición central en la estancia a fin de irradiar el calor a todos los lados de forma homogénea, aunque también puede situarse en alguna de las esquinas. En cuanto a las estanterías, sus baldas ocupaban el perímetro de la sala, superpuestas en grupos de tres o cuatro. Las más primitivas se confeccionaban con cañizos o zarzos atados con hiscales o con simples tablones, algo más evolucionadas son las baldas confeccionadas con mallas de alambre y marco de madera.

lateral lagar

Sección de muro. Detalle del sistema de fijación de las baldas en los atanores

                El elemento de mayor singularidad de estas construcciones lo ofrece el sistema de fijación de las baldas a la pared, para ello, durante la construcción de los muros se insertaban y repartían de forma regular tubos cerámicos o atanores, dispuestos en horizontal y con uno de los extremos o boca dando al interior de la estancia. A continuación, sobre estos atanores se introducía una vara de madera que haría de sustento a la balda. Este sistema permite retirar las estanterías de forma sencilla y rápida para operar en el interior de la estufa. Otros sistemas más evolucionados se desarrollaban con estanterías abatibles mediante goznes, pudiendo aún encontrarse algunos ejemplos en el valle del Guadalhorce.

Gozne

Goznes para estanterías abatibles.

                A pesar del papel que jugaron y de su importancia en la cultura agrícola de incluso otras regiones, pues este sistema llegó a Alicante de manos de emigrantes malagueños a finales del siglo XIX (Fuster Montagud, 2015), el descenso de producción y los cambios en las técnicas dieron como resultado el abandono de las estufas. En la actualidad, la práctica totalidad de ellas están en ruinas o se han reconvertido a otros usos, siendo una parte de la cultura de la pasa olvidada y escasamente documentada, pasando desapercibida cuando se alude a los sistemas de producción agrícola de La Axarquía. Sería de interés que la reciente inclusión de los sistemas de producción de la pasa en el SIPAM de la FAO tenga como una de sus consecuencias  la promoción del estudio y preservación de los escasos ejemplos que quedan de estas construcciones tan características.

 

 

 

APUNTES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS FUNCIONALES DE LOS LAGARES DE MÁLAGA (PARTE II)

Siguiendo el hilo de la entrada anterior sobre la evolución del lagar de vino durante la Edad Moderna, en esta segunda parte vamos a exponer algunos de los elementos funcionales más comunes de estas edificaciones. El trabajo aquí expuesto es la versión preprint del artículo publicado por el autor en la revista ARQUEOLOGÍA Y TERRITORIO del departamento de Prehistoria y Arqueología y el departamento de Historia Medieval y CC. TT. Historiográficas de la Universidad de Granada.

En concreto, el lagar es el lugar donde se pisa y prensa la uva para convertirla en mosto, y como se puede observar, este lugar clave en el proceso de vinícola terminó por prestar su nombre al edificio completo. El lagar se compone de dos espacios principales; por un lado está la zona de prensado, compuesta por el lagar de pisar y la prensa de viga; y por otro, el tinajero, lugar destinado a albergar grandes tinajas donde fermentaba el mosto. Esta característica diferencia el lagar malagueño de explotaciones agrarias dedicadas a la vitivinicultura de otras zonas de Andalucía.

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Siguiendo este esquema, el primer espacio a analizar sería la zona de prensado. Aquí se encuentra el lagar de pisar, un receptáculo con paredes perimetrales de escasa altura destinado a realizar a la primera pisa y cuyo suelo se realizaba con mazaríes de barro para facilitar la limpieza. Aquí se realizaría la primera pisa, cuyo mosto resultante caería a un pozuelo de decantación conectado a través de una canaleta hecha de teja o atanor. De esta operación saldría el vino conocido como «lágrima». Los hollejos y escobajos sobrantes se amontonaban en una esquina del lagar de pisar cuya pared estaba protegida también por un triángulo de mazaríes.

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Pozuelo de decantación, lagar Lo Rute, Cerro del Moro, Málaga.

A partir de aquí, los operarios insertaban los hollejos de la uva en unos capachos de esparto para realizar una segunda prensada. Estos capachos se colocaban debajo de la viga, cayendo el líquido resultante en otro pozuelo independiente al anterior. La prensa tenía un sistema de funcionamiento bastante elaborado, pues entraba en juego una serie de movimientos de husillo, hembrilla, quintal, etc. Baste decir para esta descripción, que la viga se encontraba fijada a las vírgenes y guiaderas, unos maderos situados en la pared y a mediación de la viga. Para una demostración más visual, recomiendo este vídeo didáctico sobre el funcionamiento de una prensa de almazara, cuyo funcionamiento es similar al de los lagares. La madera utilizada para estos pertrechos solía ser de encina y similares, preferidas por su gran dureza dado el continuo esfuerzo al que estaban sometidas, en el caso de la viga, se utilizaría madera de ciprés, por la flexibilidad y el largo que ofrecen sus troncos. Las vigas fueron sustituidas en su mayoría por prensas de fundición de tipo torre a mediados del siglo XIX, por lo que apenas quedan ejemplo de vigas. Se han podido documentar en el lagar de la Campana, partido de Jaboneros, lagar de Cotrina, en Venta Larga, lagar de lo Rute en Cerro del Moro, y en el lagar de Morales, Vuelta Grande, todos ellos en el término de Málaga.

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Prensa de tipo viga expuesta en la bodega Dimobe, Moclinejo, procedente de un lagar de Cerro del Moro

La viga no dejaba de ser una gran palanca de madera, y la resistencia se realizaba en la torre de contrapeso, uno de los elementos constructivos más visuales de estos lagares. Se trata de un muro de grandes dimensiones cuya función es la de servir de contrapeso a la fuerza ejercida por la prensa de viga. Desde un punto de vista arquitectónico la torre se localizan en un lateral de la nave y se construyen de mampostería, no observándose casos de uso de técnica de tapial en estas construcciones locales, como la existente en el ingenio de San Antonio Abad, en el término de Nerja, cuya fábrica se realiza en su totalidad de tapia. Las dimensiones suelen oscilar entre 1m y el 2,10, como el de lagar de Timoteo, aunque lo más normal es que sus medidas lleguen al 1.20 de anchura. La altura también es variable, dependiendo este hecho de la fuerza que ejerce la viga.

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Lagar de Bracho, Cártama. En primer término, se puede observar el remate de la torre de contrapeso.

Estas estructuras aparecen decoradas con un remate de diversas formas y acabados. Los diferentes estilos pueden responder a una evolución cronológica, que como en otros casos, tiene su máximo apogeo ornamental durante el siglo XVVIII. Los más simples, y quizá los modelos más primitivos, son aquellos que terminan en plano sin ningún tipo de decoración, como el existente en el molino viejo de Santa Tecla o Velarde, partido de Churriana. Algo más evolucionados son aquellas terminaciones con forma semicircular, cuyo ejemplo se puede observar en el lagar del Turco Bajo, y los remates a cuatro aguas como el de la Molineta, partido de Chaperas, Málaga. Con clara influencia del barroco hay algunos ejemplos de interés como el lagar de Jotrón y lagar Nuevo, término de Málaga, y el lagar de Verdugo, término de Totalán, con unos singulares remates de terminaciones mixtilíneas.

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Torre de contrapeso con decoración mixtilínea, lagar de Verdugo, Totalán.

El tinajero era dependencia separada pero inmediata a la prensa, a nivel más bajo para facilitar el transvase desde el depósito de decantación, tenía la función de bodega de fermentación. Estas tinajas se encontraban fijadas y enterradas a 3/4 en el suelo. Los recipientes eran traídos desde los alfares de la capital, de donde también se traían las tejas, mazaríes y ladrillos. Es necesario recordar que estos lagares estaban situados en zonas rurales aisladas, y traer estas grandes tinajas era una empresa bastante costosa, pues ni la orografía ni los caminos facilitaban el porte. El número de recipientes instalados en los lagares era variable dependiendo de la explotación agrícola, por citar un ejemplo, en Pacheco Bajo, en el partido de Chapera, Málaga, se encontraban 20 de estas tinajas, aunque es difícil de determinar en muchos casos su número pues estos edificios fueron transformados al perder importancia la industria del vino. Estas tinajas eran recipientes de gran tamaño, llegando a alcanzar alturas de hasta 2.10 metros de profundidad como las que se han documentado en Monticelli, Almogía.

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Tinajero localizado en un lagar del término de Almogía

Estas tinajas podían albergar hasta 60 @, es decir, 990L. Es reseñable la alusión que hacen algunos documentos de archivo sobre la existencia de una tipología denominada “tinajas moriscas”, de morfología no identificada, pero cuya capacidad rondaría según las descripciones aportadas entre las 50 y 80@. También se ha podido documentar una gran variedad de sellos de alfares y otras inscripciones en las propias tinajas, apuntando la posibilidad de un futuro estudio sobre las tipologías y procedencias de la tinajería empleada en los lagares de la región durante la Edad Moderna.

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Firma de alfarero, tinaja situada en la Venta Galwey, Málaga.

APUNTES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS FUNCIONALES DE LOS LAGARES DE MÁLAGA (parte I)

           Hasta bien entrado el siglo XX, el lagar de vino fue la construcción dispersa más habitual de las comarcas de la Axarquía, Los Montes y el Valle del Guadalhorce, conformando un paisaje agrario de rasgos y características singulares. Sin embargo, estas edificaciones tradicionales se han visto afectadas por la profunda desestructuración económica y cultural que desde la década de los sesenta arrastra las zonas rurales inmediatas a Málaga. El conjunto de los lagares adolece de un avanzado proceso de abandono, o en su defecto, ha sufrido agresivas rehabilitaciones a otros usos, desfigurando de forma irreversible la fisionomía de los inmuebles. Mayoría son ya los que están en ruinas o han sustituido sus elementos constructivos vernáculos por otros de factura contemporánea.

Por otra parte, no se puede obviar el avance del urbanismo que viven las zonas próximas a la ciudad y la franja más inmediata a la costa. El inevitable desarrollo de infraestructuras viarias, zonas residenciales y polígonos industriales propicia la demolición de históricas explotaciones agrícolas, escasamente documentadas y estudiadas, y, por ende, carentes de cualquier tipo de protección.

En este sentido, las siguientes líneas tratarán de señalar algunas de las características evolutivas y tipológicas de los lagares, fruto de un trabajo que tiene por objeto conocer el patrimonio agrario y la arquitectura tradicional de las tierras que rodean la capital. Este estudio se ciñe al territorio que ocupa el término municipal de Málaga y sus colindantes, que son Torremolinos, Alhaurín de la Torre, Cártama, Álmogía, Casabermeja, Colmenar, Comares, El Borge, Moclinejo, Totalán y Rincón de la Victoria.

Es necesario señalar que el trabajo aquí expuesto es la versión preprint del artículo publicado por el autor en la revista ARQUEOLOGÍA Y TERRITORIO del departamento de Prehistoria y Arqueología y el departamento de Historia Medieval y CC. TT. Historiográficas de la Universidad de Granada. Debido a la extensión del mismo, el texto se ha dividido en dos partes y publicado en dos entradas.

 

EVOLUCIÓN DEL LAGAR

Al igual que la viña, los lagares diseminados en los parajes montuosos próximos a la ciudad de Málaga han estado presentes, al menos, desde el siglo IX, en estrecha relación con las comunidades mozárabes allí existentes. De esta antigüedad da testimonio yacimientos arqueológicos como la fortaleza de Marmuyas, en Comares, donde se pudo documentar la presencia de una primitiva lagareta labrada en la roca. Sin embargo, las referencias directas que se tienen de este tipo de edificaciones son en la práctica inexistentes durante la etapa musulmana, siendo solo las alusiones, principalmente durante época nazarí, sobre la presencia de viñas y el consumo de vino de Málaga, señal de su indefectible presencia.

Habría que esperar a las fuentes castellanas de finales del siglo XV para tener noticias más concretas de estas edificaciones, aunque estas tampoco son muy prolijas en detalles. En este sentido, la documentación generada tras las conquistas de tierras al reino de Granada aporta algunos datos significativos, como los libros de repartimientos de las tierras de Ronda, un emplazamiento quizá no tan próximo a las comarcas analizadas, pero del que se pueden extraer conclusiones de interés. Aquí se menciona el reparto entre nuevos colonos de algunos lagares urbanos, así: “Las casas que eran del jurado García Rubíncon vn establo que está debaxo de la dicha casa, e con la casylla del lagar, dieron a Sancho de Çelis,”, “está vna puerta cerrada e vn postigo de vn lagar que se dió a Trebiño e a Diego de Medina, jurado”, “Junto con ella está vn postigo de vn lagar: queda con las dichas casas. Sin embargo, por lo ambiguo del contexto es difícil confirmar que se trate de un lagar construido durante el periodo nazarí o si, por el contrario, se trataba de edificaciones de nueva planta que se volvieron a repartir, pero en cualquier caso evidencia su presencia en momentos tan tempranos como 1485-1491.

En los repartimientos de las tierras de Málaga no aparecen referencias a lagares, sin embargo, sí que se otorgan permisos para el establecimiento de nuevas bodegas de vino, algunas de ellas en las mezquitas de alquerías como Benagalbón, quizá por la idoneidad de estos sitios por su condición de espacios amplios y bien situados en los poblados. Estas primitivas bodegas situadas dentro de las poblaciones debían tener asociados un lugar para la pisa y prensado, pues en la producción tradicional del vino local el proceso de extracción del mosto y su posterior fermentación se realizaba bajo el mismo techo. Ejemplos urbanos que cumplan estas características se pueden encontrar aún en distintas poblaciones de la actual Axarquía, como la lagareta de calle Puente, en pleno casco antiguo de Salares. Su configuración se desarrolla como un espacio de planta rectangular de pequeñas dimensiones, suficiente para las labores de la pisa, prensado, albergar un pozuelo de decantación y algunas botas de vino. Aunque su estructura está integrada dentro de una vivienda, la lagareta es independiente a esta, pues su acceso se realiza a través de la calle. En cuanto a sus aparejos, estos se limitaban a una viga de mano anclada a la pared mediante vírgenes.

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Lagareta en el pueblo de Salares

            Es así como la expansión de la industria del vino crece durante el siglo XVI mediante la roturación y desmonte de tierras comunales, y para comienzos del siglo XVII se observa un crecimiento de nuevos propietarios de pequeña y mediana entidad, todo ello amparado por un cabildo municipal que veía en los nuevos plantíos una importante fuente de ingresos por las concesiones de licencias. Aparejado a estas fincas se construyeron las primeras edificaciones de nueva planta o reaprovechando antiguas edificaciones de época nazarí, a juzgar por las descripciones realizadas en el Libro de Composiciones de Felipe II conservado en el Archivo Municipal de Málaga.

            Atendiendo al trabajo de campo realizado, estos lagares diseminados debieron ser construcciones sencillas donde predominaba la planta de dos naves con torre de contrapeso, cocina, cuadras y, en algunos casos, una primera planta con alcoba y trojes, como se observa en el lagar o molino de Santillán, cuya licencia de construcción se registra en 1495. Este singular ejemplo de construcción documentada en la primera fase castellana ha sufrido sucesivas ampliaciones realizadas durante los siglos siguientes, pero cabe pensar que los muros maestros de la nave del lagar y el tinajero, realizados con técnica de tapial con cajones de 80 x 45 x 120cms, pudieran corresponder a la estructura original.

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Lagar de Santillán, actual término de Rincón de la Victoria.

            Aunque algo más tardío, este modelo se repite de nuevo en otra edificación situada en Almogía. Se trata del lagar de Monticelli, documentado a mediados del siglo XVII gracias a una fecha incisa en la bodega del propio lagar, con el añadido que esta fecha pudiera señalar solo una reforma. En cualquier caso, vuelve a aparecer un lagar de dos naves de 27m. x10 m. con muros maestros de tapia, solo que, en esta ocasión, se trata de una técnica diferente de arquitectura con tierra, ya que en vez de cajones se utilizan tongadas corridas de lado a lado del muro. A la construcción principal se le adosan tiempo después dos cuerpos en perpendicular con 5 x 10 ms, dejando una planta en forma de C que permite un patio de laboreo en el centro.

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Lagar de Monticelli, Almogía

             Son estos lagares del siglo XVI y XVII de aspecto sobrio, pues no otorgan espacio a ornamentación alguna salvo, quizá, en las torres de contrapeso, decoradas con listeles de ladrillos horizontales y remates con formas básicas como semicírculos. Sus paredes revestidas con cal blanca, a la almagra o añil, carecen de las pinturas murales que empezarán a hacerse más comunes en el siglo siguiente. Sus vanos, abiertos al SE, son pequeños y desordenados, haciendo que el interior se conserve fresco y oscuro, siendo esta una manera de huir de la climatología exterior, ayudando al mismo tiempo a mantener una temperatura constante en la bodega. Algunos casos de lagares simples de dos naves con muros de tapia se detectan en Ahumada, Corachilla, Carvajal, Polanquito, Charrangueras, Loberas y Arias entre otros, todos ellos dentro del término municipal de Málaga. Un análisis más exhaustivo de estos lagares de dos naves podría acercar a conclusiones más firmes sobre la tipología y características de la arquitectura rural de los siglos XVI y XVII.

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Lagar de Loberas, partido de Santo Pitar, Málaga

            En el siglo XVIII la oferta de productos vitivinícolas desarrollaría la economía y la integración de Málaga en el comercio internacional, hasta el punto de convertirla en una rica región periférica durante la Edad Moderna. Después de los altibajos comerciales de la segunda mitad del siglo XVII, el siglo XVIII aparece como un periodo donde la exportación de vinos recobra fuerzas. De este periodo se constata también la aparición de los primeros extranjeros atraídos por el comercio, fruto de ello ha quedado una variada toponimia de apellidos europeos adaptados al habla local, como el lagar del Lince por Linch, lo Brun por Broune, Pro por Protzen, Bitambé por Wittemberg, Cuti por Quilty, Garbey por Galwey etc. Autores como Medina Conde ofrecen algunos datos sobre producciones y exportaciones, permitiendo conocer de forma sucinta la situación del vino y, de forma extensiva, la de los viñedos y lagares. Comenta el autor que entre 1765 y 1769 se produjeron en el término 2.845.695 @ de vino, de las cuales algo más de la mitad fueron exportados a países extranjeros, una cifra, y ello sin contar con el negocio de la pasa, que indica que la actividad viticultora en el XVIII era el principal motor económico de la ciudad y de la Axarquía original.

            En arreglo a este auge del comercio exportador, en este siglo se observa al mismo tiempo un desarrollo arquitectónico y cambio en los modos de construir de las zonas rurales. Es necesario señalar en este punto que establecer evoluciones cronológicas en la arquitectura tradicional es un ejercicio orientativo y no exacto, pues, como en la propia arquitectura culta, los estilos se solapan, conviven y se mezclan durante tiempos indefinidos. Diversos factores pueden incidir en el resultado final de una obra de forma independiente a su tiempo, como la capacidad económica y gustos del promotor, los materiales constructivos disponibles, el reaprovechamiento de estructuras anteriores que obliguen a adaptar un determinado modelo, etc. En consecuencia, estas especificaciones sobre la evolución de las construcciones rurales se basan en percepciones generales tomadas a través del trabajo de campo. La documentación es también en este periodo de gran ayuda por su abundancia, es el caso del Catastro de Ensenada, que facilita la tarea de análisis de esta arquitectura anónima a través de las descripciones y declaraciones contenidas en sus Respuestas Particulares. Un volcado de su contenido arroja 1254 declaraciones de casas de campo con lagar en todo el antiguo término de Málaga donde se indican el número de naves, tinajas, plantas altas, corrales, pajares, caballerizas y otras dependencias de las casas de las zonas rurales.

            Ya sea por reforma integral del edificio o por construcción de nueva planta, en el siglo XVIII se observa que los inmuebles abandonan la sobriedad del periodo anterior para dejarse influenciar por un barroco pasado por el tamiz de lo popular, por lo que no termina de haber grandes muestras de ostentación arquitectónica, salvo quizá, en el desarrollo de grandes volúmenes constructivos. Por otra parte, en los ejemplos de edificaciones planificadas por propietarios con gran capacidad económica se puede entrever que las dependencias y espacios, además de mayor volumen, cobran una separación más marcada de los usos residenciales y productivos, por lo que en este aspecto también se evoluciona con respecto a la etapa anterior. Ejemplos modelo de estos nuevos lagares son el lagar de Las Parras, el lagar de Almendrales, lagar de Lo Muñoz, lagar de Pro Alto y, por supuesto, Jotrón, máximo exponente de este momento.

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Lagar de Las Parras, partido de Jaboneros, Málaga

             Estos ejemplos mencionados cuentan con patio central en torno al cual se desarrolla las dependencias, y en el caso de Almendrales, el perímetro del patio está recorrido por sencillos arcos escarzanos de ladrillo, como si de un claustro se tratara. El acceso a estos patios se practica o bien mediante un camino que comunica desde la puerta principal, atravesando para ello la crujía de una nave, o bien mediante de forma directa con un portón levantado en un lateral con formas decorativas mixtilíneas y jarrones cerámicos en su parte superior.

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Pasillo de laboreo, lagar de Cea, arroyo Jaboneros

            En este siglo los vanos se ordenan de forma racional por las fachadas y al mismo tiempo, su tamaño se alarga dejando entrar la luz al interior de las estancias principales, no así para otras dependencias de servicio como cuadras y pajares. Aunque es probable que los cierres de forja también fueran propios del siglo anterior, empiezan a ser más frecuentes balconadas con formas abombadas sobre las puertas principales y rematadas por un tejaroz. También desarrolla la rejería de forja para cierre de vanos a base de cuadrillos y una sencilla decoración en forma de flor en el cruce de los hierros.  El estado de abandono de la mayoría de estos lagares ha propiciado que los elementos de hierro hayan sido expoliados para su reventa, pero debieron existir otros ornamentos en la fachada como cruces, soportes de canalones, tiradores de portones, cerraduras, aldabas, tachuelas de portones etc.

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Cruz rematando el acceso a la finca de San Cayetano, partido de Santa Catalina

            En los tejados empiezan a aparecer las tejas vidriadas combinándose a dos colores en las cumbreras, es decir, la hilera que remata el tejado y lo divide en dos faldones, y en canalones de evacuación. Los colores habituales eran el verde, azul y ocre en diferentes tonalidades que se conseguía cociendo las tejas y aplicando una mezcla de alcoholes y distintos tipos de óxidos mezclados con plomo o albayalde. Pocos son los tejados que se han conservado de este siglo, pues el cambio de cubiertas era una tarea que se debía realizar cada cierto tiempo por podredumbre de las vigas y alfajías.

            Las capillas y oratorios de las fincas privadas eran puntos de reunión y del campesinado que vivía alejado de las iglesias parroquiales o de las ermitas rurales, estas últimas escasas en número y situadas en zonas, por lo general, retiradas. El mantenimiento y funcionamiento de estos lugares, casi siempre, situados en la finca principal del lugar, corría a cargo del propietario de la heredad donde se ubicaba. Un interesante documento fechado en el año 1667 relativo a la capilla de Chinchilla, pago de Chaperas, término municipal de Málaga, aporta datos sobre el modo de administrar una capilla del lagar. Las misas se celebrarían los domingos, donde se reunirían los vecinos del pago para escuchar al sacerdote oficiante. Este recibía a cambio de sus servicios comida, una jumenta y unos honorarios acordados y pagados por el propietario de Chinchilla. El hecho es que es incuestionable que en estas capillas rurales la participación de los vecinos en los oficios religiosos suponía la ritualización de las relaciones sociales y de expresión de la pertenencia a un espacio común, pero, por otra parte, también era lugar donde el gran propietario demostraba su capacidad como ente aglutinador de la vecindad y su potencial económico, y esto se puede observar a través de su arquitectura, pues estas dependencias, anexas o exentas del edificio principal, eran unas construcciones donde se daba una licencia creativa y artística que apenas aparecía en el resto del lagar. Estas capillas suelen rematarse con espadañas o antepechos con decoración mixtilínea en su fachada principal, también existen ejemplos donde toda la capilla aparece decorada con pinturas murales de tipo geométrico, que indican un figurado despiece de sillares de colores llamativos, además de hornacinas, pequeñas pilas de mármol labrado para albergar el agua bendita o incluso pequeños y sencillos retablos de madera.

            Estos espacios suelen tener una planta rectangular y de pequeñas dimensiones, entre los ejemplos documentados destacan la capilla de lo Muñoz, en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Se trata de una capilla exenta de planta rectangular y fábrica de mampostería decorada con antepecho en su fachada principal, pinturas murales de tipo geométrico y un arco rebajado en el vano de acceso, también es reseñable la capilla del lagar de Las Ave Marías, de características similares y con pinturas murales simulando ladrillo fingido, y por último,  la capilla del lagar de La Campana, erigida con cajones de tapia con verdugadas a tres bandas de ladrillo, como elemento ornamental reseñable, cuenta con una gran espadaña rematada a dos aguas.

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Capilla lagar de La Campana, partido de Jaboneros, Málaga

            El pilar o fuente es otro elemento remarcable en la composición general de estas fincas, tendente también a ser objeto de ornamentación, quizá por el gran valor que goza el agua en el imaginario rural. Sin la fuente o pilar la vida en los hábitats rurales no sería posible, pues esta otorga no solo agua, sino frescor en una región donde el clima cuenta con veranos calurosos. Esta importancia dada se refleja en la configuración de los pilares situados en el ruedo o ejido del lagar, en ocasiones bajo una pérgola que reforzaba la sensación de frescura. Estas se componían por el propio pilar, un receptáculo de obra de fábrica de ladrillo y mortero de cal hidráulica. El agua caía por un surtidor que podía estar rematados con mascarones de hierro o una decoración de azulejería.

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Mascarón lagar de la Tercia, partido de Jaboneros, Málaga

            El elemento más llamativo del pilar lo otorgaba el frontal de la fuente, de composición libre, pero por lo general coincidente con el remate de la propia torre de contrapeso. Entre los más habituales están los de arco de círculo, triangular o entrecortado, encima de estos frontones se documenta la presencia en grupos de tres de piñas, jarros cerámicos o, en los casos más humildes, macetas. También se documenta la decoración con pinturas murales a la almagra con incisiones en algunos casos, como en el lagar de Caldete, Almogía, y la Fuente de las Parras Viejas, en Casabermeja.

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Pilar en el lagar de Rovira el Viejo, Vuelta Grande, Málaga

           En el siglo XIX el paisaje rural conoció una serie de evoluciones en su gran mayoría adversas a su buen desarrollo, teniendo como resultado final la crisis y posterior desestructuración del sector agrícola de secano. Este siglo no tuvo un buen comienzo, la invasión napoleónica hizo que muchos de los propietarios abandonaran sus inmuebles y heredades de las zonas urbanas y rurales, por lo que con el tiempo estas acabaron arruinándose y perdiendo gran parte de su valor, creándose a continuación un mercado de compraventa de propiedades abandonadas. Sin embargo, la agricultura seguía siendo el principal sector económico de la región, absorbiendo el 45 por ciento de la mano de obra activa, aunque en su gran mayoría bajo la forma de trabajo temporal.  Es a partir de los años 60 de este siglo cuando se observa que los cultivos de secano tradicionales y orientados a la exportación como el vino y los frutos secos empiezan ser objeto de un lento declinar frente a otros cultivos de raíz tropical, como la caña de azúcar, remolacha, chirimoyos, cítricos, etc. Esta pérdida de fuerza en el secano pudo ser motivada entre otros factores, por la falta de innovación e inversión en los sembrados y sus productos derivados. Este hecho ya lo señalarían autores del cambio de siglo como Bartholomé Ghiara, que en su obra La Vinificación mediante el empleo exclusivo de la asepsia industrial denunciaría el escaso cuidado que ponían los productores de vino en el cuidado de la calidad y buen nombre de sus productos. Finalmente, a esta situación de decadencia se le uniría en 1877 la llegada de la filoxera, un insecto parásito de la vid procedente de Norteamérica y que llegaría por estas tierras a través de unas viñas sembradas en el lagar de la Indiana, término de Moclinejo. La enfermedad, que secaba la planta en un periodo corto de tiempo, arrasaría los cultivos de montes ante la indefensión genética de las viñas autóctonas.

            El ocaso del cultivo de secano se dejaría notar de forma visible en la arquitectura rural, pues en el siglo XIX parece que la construcción de nuevos lagares similares a los del periodo anterior sufre un estancamiento. Si se analizan los padrones realizados desde el año 1834 hasta el año 1896 evidencia que la propiedad en Los Montes, lejos de concentrarse, como así ocurría en la vega del Guadalhorce, tendía a la fragmentación casi minifundista. Dos ejemplos singulares por lo ilustrativo del proceso están en las fincas de Lo Milla y Lo Brun, ambos en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Sumando todas las piezas de tierras ambos propietarios poseían algo más de 600 ha de tierras cultivadas e incultas, sin embargo, avanzado un siglo, estas mismas propiedades se fragmentan en doce y diez partes respectivamente. Este ejemplo aportado no indica más que dos casos concretos en un territorio tan amplio como la comarca de Los Montes, y, por lo tanto, no puede ser concluyente, pero lo cierto es que siguiendo estos mismos padrones del XIX, sumado al trabajo de campo, se observa la fragmentación generalizada de los antiguos lagares y una proliferación de casas de escasa entidad con lagareta.

            Siguiendo la línea expuesta, son pocos los lagares de nueva planta que se han podido documentar en este periodo, por lo que no es posible extraer patrones que los que los engloben, y las pequeñas casas con lagareta más bien encajarían en otra tipología de construcción campesina, pues la elaboración de vino no ocupa la actividad principal de la explotación agrícola. Por el contrario, si se documentan aquellas que se benefician de reformas, son el lagar de Torrijos, y el lagar de los Negros durante los años 1843 y 1821 respectivamente.

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Lagar de Los Negros, Santa Catalina, Málaga

 

           Estos ejemplos, aunque escasos en número, son de interés para el análisis de este periodo, pues las Respuestas Generales indican que son construcciones de “cuerpo pequeño”, entendiéndose que las reformas de la primera mitad del XIX modificarían el aspecto general de la construcción. Estos dos lagares tienen un aspecto similar ya que ambos presentan planta de dos naves de tamaño muy similar (aprox 15 x 7m.) Las construcciones cuentan con una segunda altura con balcón central de forja apareciendo el resto de los vanos distribuidos de forma ordenada y simétrica por la fachada. Su fábrica es íntegra de mampostería con ladrillos en los quicios de los vanos. Los edificios tornan de nuevo a la sobriedad y la sencillez de líneas, libres de pinturas murales y las decoraciones de líneas quebradas y curvas del barroco popular, hasta el punto de que la torre de contrapeso, habitual elemento constructivo rematado con ornamentos, se integra en el cuerpo principal de la construcción sin concesión alguna a la decoración. Se impone también el blanco en las fachadas, aunque las pinturas a la almagra y con añil siguen haciendo acto de presencia. Ambas construcciones cuentan con un pequeño ruedo o ejido frente al edificio y un poyo de mampostería rematada con baldosas de mazaríes corrido en toda la línea de fachada, un emparrado ofrece sombra al descanso en estos poyos. El pilar se resuelve con frontal sencillo y caños simples, aunque en ambos ejemplos existen sendas placas de mármol tallado donde se indica una fecha de construcción.

            Aunque no puede corroborarse su fecha de construcción, ejemplos similares a los descritos aparecen en el partido de Jaboneros como el lagar de Cea o el lagar del Sevillano, en el partido de Gálica, todos ellos incluidos dentro del término de Málaga.

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Lagar del Sevillano, Partido de Jaboneros, Málaga.

BIBLIOGRAFÍA

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Batanes de papel en el Guadalmedina: El molino de Inca y Horadado.

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A escasos kilómetros de Ciudad Jardín aún podemos observar en la ribera del Guadalmedina los dos batanes de papel que existían en la ciudad Málaga. Estos batanes, conocidos como Molino del Inca y Molino Horadado, realizaban un papel de tipo estraza a base de fibras procedentes de trapos. Para entender la importancia de esta industria, baste decir que la estraza era imprescindible para el soporte y envoltorio de las cajas de pasas que se producían en el término.

Sobre el origen de estos molinos sabemos que uno de ellos, el de Inca, fue construido por José de Inca en la primera década del siglo XVIII, y aunque no dispongo de datos concretos de Horadado, bien es cierto que debió ser anterior al otro, ya que daría nombre al pago donde están situados. El lugar elegido para su construcción contaba siempre con agua incluso en las épocas más secas del año, requisito para una industria que carece de temporadas.

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El molino o batán de Inca pasaría a manos del colegio de Clérigos Menores de Santo Tomás, realizando papel con una producción estimada a mediados de siglo de 3300 reales de vellón. Por lo que respecta a Horadado, este siguió funcionando en manos particulares como Doña Teresa Gallardo, además, a este batán se le añadiría un molino harinero, muy escasos también en la ciudad. Horadado, de menor tamaño, producía 1100 reales de vellón anuales en papel.

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Torre de cubillos del molino Horadado

El destino de ambos batanes cambiaría con la construcción del conocido acueducto de San Telmo, cuya captación de agua estaría inmediata a estos edificios. En 1786 se construyen seis de los doce molinos proyectados de San Telmo y el Consulado, que estaba a cargo de las aguas del  nuevo acueducto, arrendaría Horadado e Inca. Inmediatamente empiezan a aparecer problemas con los pagos del arrendamiento y para el año 1800, ante la paralización por pleitos y discusiones, Horadado acabó arruinado y demolido. Poco después le llegaría el turno a Inca, que terminaría desligándose del acueducto, aunque por suerte este aún permanece en pié como testigo de aquella época.

Uno de los molinos de San Telmo.

Uno de los molinos de San Telmo.

Más complejo es determinar el sistema que utilizaron estos batanes, ya que como hemos visto, hace tiempo que dejaron de producir papel de estraza y su estado actual de ruina y soterramiento por el río (y la autovía) hace complejo imaginar su funcionamiento, pero intentemos ver que sistema pudieron emplear describiendo un batan de papel de la época.

Modelo de batán de trapos extraido de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

Modelo de batán de trapos extraído de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

El trapo era la materia prima fundamental para elaborar papel y su costo era bastante elevado. Para obtener trapos se recurría a la importación de ropas viejas traídas desde todas partes imaginables, como la misma provincia, Génova o las antiguas colonias americanas, llegando a convertirse en un negocio estratégico y de importancia. Era una materia cara y escasa, y su carencia crónica sería motivo de la búsqueda de nuevas fibras que sustituyeran el trapo, hasta que se llegó a la madera como materia prima en el siglo XIX.

Los batanes hidráulicos de mazos destinados a la fabricación de papel empezaron a generalizarse a partir del siglo XII. De este siglo en adelante los mazos evolucionaron dando diferentes acabados a las hojas de papel, sin embargo, los procedimientos básicos permanecen.

La primera operación que se realizaba para la obtención del papel consistía en el escogido y clasificación de los trapos, dejándose los mejores para la fabricación de los mejores papeles, y los peores para el papel de estraza o la estracilla. Hay que tener en cuenta que en el empleo de agua no sólo era importante por su cantidad, también por su calidad. Un agua con demasiados sedimentos o tierras daría un papel con una tonalidad más oscura, de ahí, que por la poca calidad del agua del río Guadalmedina fuera imposible obtener un papel blanco.

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Cuando la cantidad de tejidos almacenados era suficiente, estos se echaban a un pilón llamado pudridero, donde se le añadía agua para así facilitar una fermentación que duraba un periodo de 5 o 6 semanas. Como dato anecdótico, la graduación de esta fermentación era tal que podía quemar la mano si se metía en este caldo. No hay que decir que esta operación desprendía unos olores bastante desagradables, por lo que estos molinos deberían estar en lugares apartados.

Una vez fermentados los trapos se procedía a trocearlos para facilitar su majado con los mazos. Estos mazos eran accionados mediante una rueda hidráulica vertical con paletas movida por agua corriente de una acequia. Su eje estaría erizado de levas que levantaban los mazos de madera que a su vez golpeaban unas tinas donde se depositaría la materia prima. En el caso del Molino Horadado encontramos una torre de cubillos de tres paradas con unos interesantes recubrimientos cerámicos hechos a medida, por lo que nos puede hacer pensar que el sistema sería de rodeznos horizontales y la disposición de las levas sería diferente. Por desgracia, la completa desaparición de su estructura nos impide hacer un análisis más detallado. En el molino de Inca no se aprecia torre de cubillos, por lo que podemos pensar en una rueda vertical como máquina hidráulica.

Cubillos de Horadado

Cubillos de Horadado

A partir del siglo XVII los mazos llegan a un alto grado de especialización, llegándose a utilizar tres tipos diferenciados en el proceso:

Mazos de madera de punta afilada para deshilachar, otros de madera de punta roma y con clavos para moler y un tercer tipo, también de madera pero de punta roma, cuya función sería la de homogeneizar la pasta, desconocemos si los molinos de Inca y Horadado llegaron a tener estos grupos de mazos o sus sistema era más primitivo.

El tiempo empleado en majar los trapos rondaba entre las 6 y 12 horas, y si el sistema era de tres mazos se empleaba el doble de tiempo.

Una vez obtenida la pasta, el sistema de cuajado para la obtención del papel era bastante sencillo. En un molde rectangular y con rejilla se echaba la pulpa obtenida, esta pasta escurrida y ya con la forma del molde se transfería sobre un fieltro, intercalando de este modo una cantidad de hojas y fieltros, hasta completar una posta que se compone de 261 pliegos de papel. Finalizando el proceso, se prensaban las hojas con sus fieltros y se llevaban a un secadero natural.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Podemos imaginar que este sería el proceso llevado a cabo en estos batanes del Guadalmedina.

En cuanto a su obra, el molino de Inca estaba compuesto por dos naves de planta rectangular  paralelas y una tercera en su lateral. Su fábrica es de mampuestos gruesos de la zona con algunas verdugadas de ladrillos macizos  y ripios que equilibran la construcción.

También encontramos aparejos de ladrillos en los cárcavos de salida de agua y en las cadenas formadas en las esquinas de la construcción. Unas interesantes bóvedas de cañón con una cubierta a dos aguas de simple mortero de cal cierra la construcción.

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Es digno mencionar el detalle de los arcos que comunican las naves, con un interesante extradós alrededor de los mismos, única concesión al ornamento, pero a su vez, tan curiosos de ver en un edificio de uso industrial.

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En el caso de Horadado, como ya hemos comentado, su demolición nos impide ver como debió ser este edificio, aunque por el arranque de una bóveda se puede apreciar que debió tener características similares al anterior, si bien es cierto que la mampostería tiene una ejecución diferente. Lo único que queda en pié es la recia torre de tres paradas de cubillos que ni el Guadalmedina en sus peores riadas ha sido capaz de llevarse. Puede apreciarse que uno de los cubillos es un añadido posterior a la obra original, quizá correspondiente a aquel molino harinero mencionado anteriormente.

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Pieza cerámica recubriendo uno de los cubillos de Horadado.

Como siempre, otro edificio cargado de historia aparece abandonado y bandalizado. Es evidente que la peculiaridad, factura, dedicación e historia de los molinos de Inca y Horadado otorga a sus construcciones un gran valor como patrimonio preindustrial. La carencia de cualquier protección una vez más se hace patente con un simple vistazo, ya no nos sorprende. Durante la construcción de la autovía los desechos y sobrantes de hormigón fueron volcados sobre los arcos del molino de Inca, las plantas crecen entre los mampuestos haciendo cada vez las grietas más grandes, las pintadas cubren el interior de las bóvedas, ya se ha perdido una de sus naves y no hay visos de actuación sobre estas construcciónes. Por otra parte cabe preguntarse ¿qué implica una protección? sólo hay que observar como el emblemático acueducto de San Telmo, declarado B.I.C. y cuyo recorrido comparte paisaje con los batanes, carece de cualquier plan de conservación y acondicionamiento para su visita, ¿qué podemos esperar de las administraciones sobre estos «humildes» batanes? y si estos batanes están incluidos en el conjunto B.I.C. otorgado al acueducto, tanto más evidente que en materia de patrimonio, aún queda mucho que hacer en Málaga.

 

Bibliografía:

  • La Industria papelera en tiempos de la Industrialización Malagueña, José Carlos Balmaceda. Artículo disponible aquí.
  • Fábricas hidráulicas Españolas. Gonzalez Tascón, I. CEHOPU.
  • XXI Libros de los Ingenios y Maquinas, Pseudo Juanelo Turriano edición facsimil.
  • Catastro de Ensenada, libros de respuestas particulares de Málaga. Archivo Municipal de Málaga.