Una fábrica hidráulica de cubo: molino de Montosa

El régimen de lluvias escasas e irregulares y la orografía accidentada de Málaga oriental, explica el éxito del sistema hidráulico de cubo en la Axarquía. Basta con liberar el agua acumulada en un depósito vertical de cinco a diez metros de altura para imprimir movimiento a las palas de un rodezno. Con este elemental procedimiento se obtiene la misma fuerza que con otros sistemas, pero con una cantidad mucho menor de agua, además, esta máquina ofrece un mantenimiento muy económico, ya que su versión más sencilla carece de engranajes de linterna como los empleados en las clásicas ruedas verticales o azudas, donde las roturas de los cajales son frecuentes. Desde que empezaron a popularizarse en los siglos XV-XVI, los molinos harineros de cubo de la Axarquía tuvieron escasa competencia tecnológica, pues las tahonas tiradas por fuerza animal y los pequeños molinos de mano eran las únicas alternativas presentes en la zona. Fue con la tímida aparición a finales del siglo XIX de maquinaria a vapor en instalaciones como San Isidro en Vélez-Málaga, y más adelante, la incorporación masiva de motores diésel y eléctricos, cuando estos sistemas hidráulicos se mostraron obsoletos, entrando en una etapa de decadencia irreversible.

Las fábricas hidráulicas de cubo han llegado hasta nuestros días en un estado variado de conservación, al carecer de utilidad, sus propietarios procedieron a reformarlos como viviendas o directamente las desmantelaron o abandonaron. Aun así, hay algunos casos que por simple olvido o tras una decidida restauración se han conservado en un aceptable estado.

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Molino próximo al nacimiento del Guadalmedina, Antequera

 El molino de Montosa

Esta fábrica de cubo situada en Sedella recibe su nombre por el último propietario y molinero, Antonio Montosa Palacios, aunque tradicionalmente también ha sido conocido por los habitantes del pueblo como Molino Alto, ya que se encuentra en la ladera de una colina cercana al núcleo urbano. Sin descartar una antigüedad mayor, encontramos una referencia de este molino en el año 1752, con las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada. Aquí se indica que este molino movido por agua y de un solo juego de piedras, es el único existente en el pueblo, siendo propiedad de Don Julián de Aro.

Durante el siglo XIX, el molino seguía trabajando por la creciente demanda de harinas debido al aumento significativo de la población, y es aquí cuando se abre un segundo molturador harinero en el pueblo, posiblemente una tahona localizada en el núcleo urbano. La aparición de un nuevo molino contrasta con el déficit de trigo y cebada que venía arrastrando el pueblo de Sedella, acentuado por el crecimiento demográfico. La agricultura local era totalmente incapaz de proporcionar los cereales necesarios y había que recurrir a la importación con arriería desde zonas productoras como Alhama de Granada, circunstancias que aún se mantendrían a comienzos de los años 40 del siglo XX.

Más adelante, la fuerte emigración causada por la crisis post-filoxérica y la importación de harinas industriales procedentes de Vélez-Málaga, provocaron que entre los años 1955 y 1960 el obsoleto molino de Montosa cerrara definitivamente, quedando abandonado y en proceso de paulatina ruina, hasta que en julio de 1994, el Ayuntamiento de Sedella decidiera comprar el inmueble a sus últimos propietarios y procediera a su restauración.

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Molino Alto o de Montosa, Sedella

El edificio está asentado sobre un afloramiento esquistoso de una ladera situada al norte del pueblo de Sedella. Su planta conforma un rectángulo de 15m. de largo por 4 m. de ancho, la orientación de la construcción es sur-sureste. En su fachada delantera aparecen con distribución irregular seis vanos a distintos niveles, correspondiendo uno al cárcavo de evacuación, elaborado con un arco rebajado de ladrillos macizos. Los restantes vanos, acceso y ventanas, se ejecutan con dintel de madera. Destacan unos retranqueamientos del muro a lo largo de la fachada. Los muros del edificio están elaborados con fábrica de mampostería del lugar con aparejo irregular, donde se alterna la piedra con ripios cerámicos, no apreciándose el uso del ladrillo macizo más que en el arco del cárcavo. El mortero original de la obra debió tener las proporciones tradicionales en la zona, esto es, cuatro paladas de arena escasamente cribada por una de cal apagada. El revestimiento original de las paredes ha sido picado y sustituido por otro ejecutado con cemento moderno y pintura plástica.

Durante el abandono de la instalación se perdió gran parte de su cubierta, siendo necesario durante la restauración cambiar la totalidad de ella. La cubierta, de un agua, descansa sobre viguería de cuartones de madera nueva que reemplazan a los rollos de roble, madera común en las carpinterías tradicionales del lugar. Sobre las vigas aparece fijado con clavos el tableado de madera barnizada, y sobre este, las tejas árabes. No existe recuerdo sobre si la cubierta original se encontraba protegida por la típica torta o alcatifa de tierra cribada que se aplicaba entre el tableado y el tejado. El alero rematado con un listel de ladrillos macizos dispuestos a tizón y una superposición a doble teja conforma el único elemento decorativo del conjunto.

Ya en el interior del molino encontramos una distribución en planta baja y altillo de madera. La planta baja cuenta con una sala principal con un pequeño hogar. En esta sala se realizaban tareas de diversa índole, como por ejemplo, el peso con romana de los sacos de cereal. Sin salir de esta planta, a una altura de 1,44 m. y accediendo por una pequeña escalera de obra y con cuatro escalones, se encuentra la sala de molturación. Toda la planta baja cuenta con la solería original de mazaríes de 28×28 cms. En un segundo nivel hay un altillo utilizado como almacén de cereales, elaborado con una madera barnizada que sustituye al original.

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Interior del molino

 

Hidraúlicas

El molino de Montosa cuenta con todos los elementos hidráulicos característicos de un sistema de cubo: presa, caz, cubo y rodezno. En general, los únicos materiales empleados en su ejecución son mampuestos de la zona y mortero de cal. Siguiendo el recorrido que realiza el agua a su paso por el molino, el primer elemento que se encuentra es la presa. Esta está situada en la parte trasera del molino y a una altura superior respecto a este de diez metros aproximados. Aquí se embalsan las aguas acequiadas desde el arroyo Encinar, que brota en las rocas calizas de Sierra Tejeda. La presa original conformaba un polígono irregular horadado sobre el suelo de esquistos. Sin ningún tipo de revestimiento en el fondo ni en paredes, la única obra que aparecía era un pequeño muro que contenía la compuerta de comunicación con el caz del molino. Actualmente la presa tiene un revestimiento de cemento para evitar pérdidas.

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El siguiente componente que encontramos es el caz. Esta canalización de 17,92 m. de largo tenía por función llevar el agua desde la presa hasta el cubo manteniendo la altura de aquella, pues hay que recordar que presa y molino se encuentran a niveles distintos de altura. El caz contaba con un aliviadero para controlar el caudal de aguas y evitar que rebosaran, actualmente desaparecido tras las reformas. La estructura también cuenta con mechinales, huecos utilizados para evacuar las perjudiciales filtraciones en el interior de la obra. Todo ello está realizado con la misma fábrica que el resto del edificio, aunque se evidencia una abundante utilización de cemento en la restauración.

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Caz del molino

El caz desemboca en el cubo. Este es un depósito vertical con forma de cilindro cuya misión es suministrar agua a presión al rodezno. El códice de hidráulicas atribuido históricamente a Juanelo Turriano y escrito en la segunda mitad del siglo XVI, 21 libros de los ingenios y máquinas, explica en el capítulo undécimo como debían elaborarse estos cubos para obtener los mejores resultados, ya que volumen y presión hidrostática jugaban una importante relación. El autor especifica que estos cubos debían tener una altura mínima de 30 palmos castellanos (6,26 m.), la boca o entrada debía tener una proporción de cuatro partes y la salida inferior una cuarta parte. En cuanto al espesor de las paredes del cubo, se aconseja tener una relación de una cuarta parte del diámetro del conducto. Recalca el códice la importancia de usar mortero y mampostería, además de la necesidad de insertar mechinales.

Se observa que el cubo de Montosa con una altura de 8m. aproximados, su fábrica de mampostería y mortero, el uso de mechinales y las proporciones de entrada y evacuación cumple con las indicaciones del códice, además destaca el aumento del grosor del cubo en gradiente, a fin de reforzar la estructura de la presión ejercida por el agua. Esta coincidencia entre códice y construcción demuestra que el molino debió ejecutarse por algún alarife que conocía bien las técnicas hidráulicas, por lo que la obra es producto de la autoconstrucción, quedando por saber la procedencia y grado de difusión de los conocimientos en técnica hidráulica, además del desarrollo del oficio de constructor de estos sistemas en la comarca de la Axarquía.

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Torre donde está situado el cubo

El ciclo del agua termina cuando ésta es liberada a través del saetín o saetía, una canaleta de madera que recoge el agua de la parte más baja del cubo y la proyecta a presión contra el rodezno. Conviene que el saetín no apunte al rodezno de forma perpendicular, sino con cierta inclinación sobre las palas para imprimir una mayor fuerza de movimiento, como así sucede en el caso estudiado. Se observa también que el saetín se regulaba manualmente mediante una pequeña tapadera, en la actualidad desaparecida.

El siguiente elemento analizado es el rodezno, este es una rueda horizontal que mueve de manera solidaria la piedra corredera a través de un eje de hierro. El libro 21 libros de los ingenios y máquinas indica que la proporción ideal de estos rodeznos debe ser de 2 m. de diámetro, pero estas medidas presentarían problemas de torsión en el sistema, encontrándose que la gran mayoría de rodeznos de la península Ibérica tienen unas medidas comprendidas entre 0,80m. y 1,5m. de diámetro. En el caso de Montosa es difícil calcular el diámetro del rodezno ya que todas las palas o álabes se encuentran podridos y partidos por el proceso de abandono sufrido, pero cabe suponer una medida que sobrepasaría escasamente 1m. El rodezno tenía 8 álabes de madera, recogidos con un cercillo o fleje de hierro para evitar que estas trabajen en falso. El eje del sistema está elaborado en dos piezas, una de madera llamada maza y situada en la parte más baja, y otra de hierro llamada palahierro, ambas unidas por abrazaderas conocidas por el nombre de sortijas, diseñadas para facilitar el recambio de las dos piezas. El eje estaba unido a la piedra corredera mediante una pieza de enganche llamada lavija.

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Rodezno

El agua sale finalmente a través del cárcavo, una abertura al exterior de 1,40m. de anchura cuyas paredes se encuentran recubiertas de sedimentaciones calcáreas procedentes de siglos de salpicaduras de agua. Una canalización llamada socaz lleva el agua a la acequia principal, que serpentea ladera abajo regando las distintas huertas que se encuentran a su paso. Es interesante mencionar que en la acequia de Sedella se mantiene la arcaica figura del regador o regante, un cargo relacionado con la difícil gestión del agua y que hunde sus raíces en el mundo rural musulmán. Este operario pagado por la comunidad, controla el buen uso de la acequia, de la que molino y huertas se aprovechan. El regador estaba encargado de distribuir según un orden establecido las horas de riegos en las huertas y los cortes para abastecer la presa del molino, que se hacía al caer la tarde. Este cargo servía también para dirimir pequeños pleitos que pudieran surgir entre aquellos que hacían uso del agua.

Las piedras de moltura

La sala de molturación cuenta con la clásica disposición de las piedras de moler. Apoyadas sobre un banco de obra se encuentra la piedra inferior, solera, y la superior, corredera. Las muelas que se encuentran actualmente en el molino tienen un diámetro de 1,30m. y son de tipo La Ferté Expositión, piedras artificiales elaboradas con un conglomerado de sílex procedentes del pueblo francés La Ferté-sous-Juarre. Estas piedras sustituyeron en las últimas décadas de vida de estos molinos a las tradicionales de cantera elaboradas en piedra almendrilla, una roca calcárea que se desgastaba fácilmente. El transporte de las piedras hasta el pueblo de Sedella se realizaba por fuerza de brazos, pues hasta la llegada del camino asfaltado en los años 40 del siglo XX, las vías de comunicación apenas eran aptas para la arriería. Las piedras cuentan en sus caras interiores con unos canales labrados o arroyos para triturar el grano. Estos arroyos recorrían de forma radial la muela y siguiendo el sentido de giro del rodezno. Debido al desgaste, los arroyos debían ser labrados de nuevo cada cierto tiempo, y para ello, el molinero contaba con la ayuda de la cabria, grúa abatible que permitía levantar las piedras y voltearlas. En el caso de Montosa, la cabria se encuentra en perfecto estado y como detalle, cuenta con el arriostramiento que le ofrece un madero anclado en los muros de carga del edificio. Fruto del expolio, casi la totalidad de las piezas y herramientas fundamentales en el proceso de molturación desaparecieron tras el cierre definitivo del molino.

La tolva, donde se vaciaban los sacos de cereales, el levador de las piedras, que permitía regular el grosor de la harina, o el guardapolvo, una funda de madera que colocada encima de las piedras evitaba que durante la molienda la harina se esparciera, son algunos de los ejemplos que se echan en falta.

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Resumen preprint procedente del artículo publicado en la revista SAC de Vélez, publicado en el año 2015. Si te interesa consultar el artículo completo puedes verlo en este enlaceSOCIEDAD / 14 BOLETÍN DE LA SOCIEDAD DE AMIGOS DE LA CULTURA DE VÉLEZ-MÁLAGA / 2015

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APUNTES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS FUNCIONALES DE LOS LAGARES DE MÁLAGA (parte I)

           Hasta bien entrado el siglo XX, el lagar de vino fue la construcción dispersa más habitual de las comarcas de la Axarquía, Los Montes y el Valle del Guadalhorce, conformando un paisaje agrario de rasgos y características singulares. Sin embargo, estas edificaciones tradicionales se han visto afectadas por la profunda desestructuración económica y cultural que desde la década de los sesenta arrastra las zonas rurales inmediatas a Málaga. El conjunto de los lagares adolece de un avanzado proceso de abandono, o en su defecto, ha sufrido agresivas rehabilitaciones a otros usos, desfigurando de forma irreversible la fisionomía de los inmuebles. Mayoría son ya los que están en ruinas o han sustituido sus elementos constructivos vernáculos por otros de factura contemporánea.

Por otra parte, no se puede obviar el avance del urbanismo que viven las zonas próximas a la ciudad y la franja más inmediata a la costa. El inevitable desarrollo de infraestructuras viarias, zonas residenciales y polígonos industriales propicia la demolición de históricas explotaciones agrícolas, escasamente documentadas y estudiadas, y, por ende, carentes de cualquier tipo de protección.

En este sentido, las siguientes líneas tratarán de señalar algunas de las características evolutivas y tipológicas de los lagares, fruto de un trabajo que tiene por objeto conocer el patrimonio agrario y la arquitectura tradicional de las tierras que rodean la capital. Este estudio se ciñe al territorio que ocupa el término municipal de Málaga y sus colindantes, que son Torremolinos, Alhaurín de la Torre, Cártama, Álmogía, Casabermeja, Colmenar, Comares, El Borge, Moclinejo, Totalán y Rincón de la Victoria.

Es necesario señalar que el trabajo aquí expuesto es la versión preprint del artículo publicado por el autor en la revista ARQUEOLOGÍA Y TERRITORIO del departamento de Prehistoria y Arqueología y el departamento de Historia Medieval y CC. TT. Historiográficas de la Universidad de Granada. Debido a la extensión del mismo, el texto se ha dividido en dos partes y publicado en dos entradas.

 

EVOLUCIÓN DEL LAGAR

Al igual que la viña, los lagares diseminados en los parajes montuosos próximos a la ciudad de Málaga han estado presentes, al menos, desde el siglo IX, en estrecha relación con las comunidades mozárabes allí existentes. De esta antigüedad da testimonio yacimientos arqueológicos como la fortaleza de Marmuyas, en Comares, donde se pudo documentar la presencia de una primitiva lagareta labrada en la roca. Sin embargo, las referencias directas que se tienen de este tipo de edificaciones son en la práctica inexistentes durante la etapa musulmana, siendo solo las alusiones, principalmente durante época nazarí, sobre la presencia de viñas y el consumo de vino de Málaga, señal de su indefectible presencia.

Habría que esperar a las fuentes castellanas de finales del siglo XV para tener noticias más concretas de estas edificaciones, aunque estas tampoco son muy prolijas en detalles. En este sentido, la documentación generada tras las conquistas de tierras al reino de Granada aporta algunos datos significativos, como los libros de repartimientos de las tierras de Ronda, un emplazamiento quizá no tan próximo a las comarcas analizadas, pero del que se pueden extraer conclusiones de interés. Aquí se menciona el reparto entre nuevos colonos de algunos lagares urbanos, así: “Las casas que eran del jurado García Rubíncon vn establo que está debaxo de la dicha casa, e con la casylla del lagar, dieron a Sancho de Çelis,”, “está vna puerta cerrada e vn postigo de vn lagar que se dió a Trebiño e a Diego de Medina, jurado”, “Junto con ella está vn postigo de vn lagar: queda con las dichas casas. Sin embargo, por lo ambiguo del contexto es difícil confirmar que se trate de un lagar construido durante el periodo nazarí o si, por el contrario, se trataba de edificaciones de nueva planta que se volvieron a repartir, pero en cualquier caso evidencia su presencia en momentos tan tempranos como 1485-1491.

En los repartimientos de las tierras de Málaga no aparecen referencias a lagares, sin embargo, sí que se otorgan permisos para el establecimiento de nuevas bodegas de vino, algunas de ellas en las mezquitas de alquerías como Benagalbón, quizá por la idoneidad de estos sitios por su condición de espacios amplios y bien situados en los poblados. Estas primitivas bodegas situadas dentro de las poblaciones debían tener asociados un lugar para la pisa y prensado, pues en la producción tradicional del vino local el proceso de extracción del mosto y su posterior fermentación se realizaba bajo el mismo techo. Ejemplos urbanos que cumplan estas características se pueden encontrar aún en distintas poblaciones de la actual Axarquía, como la lagareta de calle Puente, en pleno casco antiguo de Salares. Su configuración se desarrolla como un espacio de planta rectangular de pequeñas dimensiones, suficiente para las labores de la pisa, prensado, albergar un pozuelo de decantación y algunas botas de vino. Aunque su estructura está integrada dentro de una vivienda, la lagareta es independiente a esta, pues su acceso se realiza a través de la calle. En cuanto a sus aparejos, estos se limitaban a una viga de mano anclada a la pared mediante vírgenes.

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Lagareta en el pueblo de Salares

            Es así como la expansión de la industria del vino crece durante el siglo XVI mediante la roturación y desmonte de tierras comunales, y para comienzos del siglo XVII se observa un crecimiento de nuevos propietarios de pequeña y mediana entidad, todo ello amparado por un cabildo municipal que veía en los nuevos plantíos una importante fuente de ingresos por las concesiones de licencias. Aparejado a estas fincas se construyeron las primeras edificaciones de nueva planta o reaprovechando antiguas edificaciones de época nazarí, a juzgar por las descripciones realizadas en el Libro de Composiciones de Felipe II conservado en el Archivo Municipal de Málaga.

            Atendiendo al trabajo de campo realizado, estos lagares diseminados debieron ser construcciones sencillas donde predominaba la planta de dos naves con torre de contrapeso, cocina, cuadras y, en algunos casos, una primera planta con alcoba y trojes, como se observa en el lagar o molino de Santillán, cuya licencia de construcción se registra en 1495. Este singular ejemplo de construcción documentada en la primera fase castellana ha sufrido sucesivas ampliaciones realizadas durante los siglos siguientes, pero cabe pensar que los muros maestros de la nave del lagar y el tinajero, realizados con técnica de tapial con cajones de 80 x 45 x 120cms, pudieran corresponder a la estructura original.

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Lagar de Santillán, actual término de Rincón de la Victoria.

            Aunque algo más tardío, este modelo se repite de nuevo en otra edificación situada en Almogía. Se trata del lagar de Monticelli, documentado a mediados del siglo XVII gracias a una fecha incisa en la bodega del propio lagar, con el añadido que esta fecha pudiera señalar solo una reforma. En cualquier caso, vuelve a aparecer un lagar de dos naves de 27m. x10 m. con muros maestros de tapia, solo que, en esta ocasión, se trata de una técnica diferente de arquitectura con tierra, ya que en vez de cajones se utilizan tongadas corridas de lado a lado del muro. A la construcción principal se le adosan tiempo después dos cuerpos en perpendicular con 5 x 10 ms, dejando una planta en forma de C que permite un patio de laboreo en el centro.

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Lagar de Monticelli, Almogía

             Son estos lagares del siglo XVI y XVII de aspecto sobrio, pues no otorgan espacio a ornamentación alguna salvo, quizá, en las torres de contrapeso, decoradas con listeles de ladrillos horizontales y remates con formas básicas como semicírculos. Sus paredes revestidas con cal blanca, a la almagra o añil, carecen de las pinturas murales que empezarán a hacerse más comunes en el siglo siguiente. Sus vanos, abiertos al SE, son pequeños y desordenados, haciendo que el interior se conserve fresco y oscuro, siendo esta una manera de huir de la climatología exterior, ayudando al mismo tiempo a mantener una temperatura constante en la bodega. Algunos casos de lagares simples de dos naves con muros de tapia se detectan en Ahumada, Corachilla, Carvajal, Polanquito, Charrangueras, Loberas y Arias entre otros, todos ellos dentro del término municipal de Málaga. Un análisis más exhaustivo de estos lagares de dos naves podría acercar a conclusiones más firmes sobre la tipología y características de la arquitectura rural de los siglos XVI y XVII.

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Lagar de Loberas, partido de Santo Pitar, Málaga

            En el siglo XVIII la oferta de productos vitivinícolas desarrollaría la economía y la integración de Málaga en el comercio internacional, hasta el punto de convertirla en una rica región periférica durante la Edad Moderna. Después de los altibajos comerciales de la segunda mitad del siglo XVII, el siglo XVIII aparece como un periodo donde la exportación de vinos recobra fuerzas. De este periodo se constata también la aparición de los primeros extranjeros atraídos por el comercio, fruto de ello ha quedado una variada toponimia de apellidos europeos adaptados al habla local, como el lagar del Lince por Linch, lo Brun por Broune, Pro por Protzen, Bitambé por Wittemberg, Cuti por Quilty, Garbey por Galwey etc. Autores como Medina Conde ofrecen algunos datos sobre producciones y exportaciones, permitiendo conocer de forma sucinta la situación del vino y, de forma extensiva, la de los viñedos y lagares. Comenta el autor que entre 1765 y 1769 se produjeron en el término 2.845.695 @ de vino, de las cuales algo más de la mitad fueron exportados a países extranjeros, una cifra, y ello sin contar con el negocio de la pasa, que indica que la actividad viticultora en el XVIII era el principal motor económico de la ciudad y de la Axarquía original.

            En arreglo a este auge del comercio exportador, en este siglo se observa al mismo tiempo un desarrollo arquitectónico y cambio en los modos de construir de las zonas rurales. Es necesario señalar en este punto que establecer evoluciones cronológicas en la arquitectura tradicional es un ejercicio orientativo y no exacto, pues, como en la propia arquitectura culta, los estilos se solapan, conviven y se mezclan durante tiempos indefinidos. Diversos factores pueden incidir en el resultado final de una obra de forma independiente a su tiempo, como la capacidad económica y gustos del promotor, los materiales constructivos disponibles, el reaprovechamiento de estructuras anteriores que obliguen a adaptar un determinado modelo, etc. En consecuencia, estas especificaciones sobre la evolución de las construcciones rurales se basan en percepciones generales tomadas a través del trabajo de campo. La documentación es también en este periodo de gran ayuda por su abundancia, es el caso del Catastro de Ensenada, que facilita la tarea de análisis de esta arquitectura anónima a través de las descripciones y declaraciones contenidas en sus Respuestas Particulares. Un volcado de su contenido arroja 1254 declaraciones de casas de campo con lagar en todo el antiguo término de Málaga donde se indican el número de naves, tinajas, plantas altas, corrales, pajares, caballerizas y otras dependencias de las casas de las zonas rurales.

            Ya sea por reforma integral del edificio o por construcción de nueva planta, en el siglo XVIII se observa que los inmuebles abandonan la sobriedad del periodo anterior para dejarse influenciar por un barroco pasado por el tamiz de lo popular, por lo que no termina de haber grandes muestras de ostentación arquitectónica, salvo quizá, en el desarrollo de grandes volúmenes constructivos. Por otra parte, en los ejemplos de edificaciones planificadas por propietarios con gran capacidad económica se puede entrever que las dependencias y espacios, además de mayor volumen, cobran una separación más marcada de los usos residenciales y productivos, por lo que en este aspecto también se evoluciona con respecto a la etapa anterior. Ejemplos modelo de estos nuevos lagares son el lagar de Las Parras, el lagar de Almendrales, lagar de Lo Muñoz, lagar de Pro Alto y, por supuesto, Jotrón, máximo exponente de este momento.

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Lagar de Las Parras, partido de Jaboneros, Málaga

             Estos ejemplos mencionados cuentan con patio central en torno al cual se desarrolla las dependencias, y en el caso de Almendrales, el perímetro del patio está recorrido por sencillos arcos escarzanos de ladrillo, como si de un claustro se tratara. El acceso a estos patios se practica o bien mediante un camino que comunica desde la puerta principal, atravesando para ello la crujía de una nave, o bien mediante de forma directa con un portón levantado en un lateral con formas decorativas mixtilíneas y jarrones cerámicos en su parte superior.

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Pasillo de laboreo, lagar de Cea, arroyo Jaboneros

            En este siglo los vanos se ordenan de forma racional por las fachadas y al mismo tiempo, su tamaño se alarga dejando entrar la luz al interior de las estancias principales, no así para otras dependencias de servicio como cuadras y pajares. Aunque es probable que los cierres de forja también fueran propios del siglo anterior, empiezan a ser más frecuentes balconadas con formas abombadas sobre las puertas principales y rematadas por un tejaroz. También desarrolla la rejería de forja para cierre de vanos a base de cuadrillos y una sencilla decoración en forma de flor en el cruce de los hierros.  El estado de abandono de la mayoría de estos lagares ha propiciado que los elementos de hierro hayan sido expoliados para su reventa, pero debieron existir otros ornamentos en la fachada como cruces, soportes de canalones, tiradores de portones, cerraduras, aldabas, tachuelas de portones etc.

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Cruz rematando el acceso a la finca de San Cayetano, partido de Santa Catalina

            En los tejados empiezan a aparecer las tejas vidriadas combinándose a dos colores en las cumbreras, es decir, la hilera que remata el tejado y lo divide en dos faldones, y en canalones de evacuación. Los colores habituales eran el verde, azul y ocre en diferentes tonalidades que se conseguía cociendo las tejas y aplicando una mezcla de alcoholes y distintos tipos de óxidos mezclados con plomo o albayalde. Pocos son los tejados que se han conservado de este siglo, pues el cambio de cubiertas era una tarea que se debía realizar cada cierto tiempo por podredumbre de las vigas y alfajías.

            Las capillas y oratorios de las fincas privadas eran puntos de reunión y del campesinado que vivía alejado de las iglesias parroquiales o de las ermitas rurales, estas últimas escasas en número y situadas en zonas, por lo general, retiradas. El mantenimiento y funcionamiento de estos lugares, casi siempre, situados en la finca principal del lugar, corría a cargo del propietario de la heredad donde se ubicaba. Un interesante documento fechado en el año 1667 relativo a la capilla de Chinchilla, pago de Chaperas, término municipal de Málaga, aporta datos sobre el modo de administrar una capilla del lagar. Las misas se celebrarían los domingos, donde se reunirían los vecinos del pago para escuchar al sacerdote oficiante. Este recibía a cambio de sus servicios comida, una jumenta y unos honorarios acordados y pagados por el propietario de Chinchilla. El hecho es que es incuestionable que en estas capillas rurales la participación de los vecinos en los oficios religiosos suponía la ritualización de las relaciones sociales y de expresión de la pertenencia a un espacio común, pero, por otra parte, también era lugar donde el gran propietario demostraba su capacidad como ente aglutinador de la vecindad y su potencial económico, y esto se puede observar a través de su arquitectura, pues estas dependencias, anexas o exentas del edificio principal, eran unas construcciones donde se daba una licencia creativa y artística que apenas aparecía en el resto del lagar. Estas capillas suelen rematarse con espadañas o antepechos con decoración mixtilínea en su fachada principal, también existen ejemplos donde toda la capilla aparece decorada con pinturas murales de tipo geométrico, que indican un figurado despiece de sillares de colores llamativos, además de hornacinas, pequeñas pilas de mármol labrado para albergar el agua bendita o incluso pequeños y sencillos retablos de madera.

            Estos espacios suelen tener una planta rectangular y de pequeñas dimensiones, entre los ejemplos documentados destacan la capilla de lo Muñoz, en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Se trata de una capilla exenta de planta rectangular y fábrica de mampostería decorada con antepecho en su fachada principal, pinturas murales de tipo geométrico y un arco rebajado en el vano de acceso, también es reseñable la capilla del lagar de Las Ave Marías, de características similares y con pinturas murales simulando ladrillo fingido, y por último,  la capilla del lagar de La Campana, erigida con cajones de tapia con verdugadas a tres bandas de ladrillo, como elemento ornamental reseñable, cuenta con una gran espadaña rematada a dos aguas.

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Capilla lagar de La Campana, partido de Jaboneros, Málaga

            El pilar o fuente es otro elemento remarcable en la composición general de estas fincas, tendente también a ser objeto de ornamentación, quizá por el gran valor que goza el agua en el imaginario rural. Sin la fuente o pilar la vida en los hábitats rurales no sería posible, pues esta otorga no solo agua, sino frescor en una región donde el clima cuenta con veranos calurosos. Esta importancia dada se refleja en la configuración de los pilares situados en el ruedo o ejido del lagar, en ocasiones bajo una pérgola que reforzaba la sensación de frescura. Estas se componían por el propio pilar, un receptáculo de obra de fábrica de ladrillo y mortero de cal hidráulica. El agua caía por un surtidor que podía estar rematados con mascarones de hierro o una decoración de azulejería.

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Mascarón lagar de la Tercia, partido de Jaboneros, Málaga

            El elemento más llamativo del pilar lo otorgaba el frontal de la fuente, de composición libre, pero por lo general coincidente con el remate de la propia torre de contrapeso. Entre los más habituales están los de arco de círculo, triangular o entrecortado, encima de estos frontones se documenta la presencia en grupos de tres de piñas, jarros cerámicos o, en los casos más humildes, macetas. También se documenta la decoración con pinturas murales a la almagra con incisiones en algunos casos, como en el lagar de Caldete, Almogía, y la Fuente de las Parras Viejas, en Casabermeja.

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Pilar en el lagar de Rovira el Viejo, Vuelta Grande, Málaga

           En el siglo XIX el paisaje rural conoció una serie de evoluciones en su gran mayoría adversas a su buen desarrollo, teniendo como resultado final la crisis y posterior desestructuración del sector agrícola de secano. Este siglo no tuvo un buen comienzo, la invasión napoleónica hizo que muchos de los propietarios abandonaran sus inmuebles y heredades de las zonas urbanas y rurales, por lo que con el tiempo estas acabaron arruinándose y perdiendo gran parte de su valor, creándose a continuación un mercado de compraventa de propiedades abandonadas. Sin embargo, la agricultura seguía siendo el principal sector económico de la región, absorbiendo el 45 por ciento de la mano de obra activa, aunque en su gran mayoría bajo la forma de trabajo temporal.  Es a partir de los años 60 de este siglo cuando se observa que los cultivos de secano tradicionales y orientados a la exportación como el vino y los frutos secos empiezan ser objeto de un lento declinar frente a otros cultivos de raíz tropical, como la caña de azúcar, remolacha, chirimoyos, cítricos, etc. Esta pérdida de fuerza en el secano pudo ser motivada entre otros factores, por la falta de innovación e inversión en los sembrados y sus productos derivados. Este hecho ya lo señalarían autores del cambio de siglo como Bartholomé Ghiara, que en su obra La Vinificación mediante el empleo exclusivo de la asepsia industrial denunciaría el escaso cuidado que ponían los productores de vino en el cuidado de la calidad y buen nombre de sus productos. Finalmente, a esta situación de decadencia se le uniría en 1877 la llegada de la filoxera, un insecto parásito de la vid procedente de Norteamérica y que llegaría por estas tierras a través de unas viñas sembradas en el lagar de la Indiana, término de Moclinejo. La enfermedad, que secaba la planta en un periodo corto de tiempo, arrasaría los cultivos de montes ante la indefensión genética de las viñas autóctonas.

            El ocaso del cultivo de secano se dejaría notar de forma visible en la arquitectura rural, pues en el siglo XIX parece que la construcción de nuevos lagares similares a los del periodo anterior sufre un estancamiento. Si se analizan los padrones realizados desde el año 1834 hasta el año 1896 evidencia que la propiedad en Los Montes, lejos de concentrarse, como así ocurría en la vega del Guadalhorce, tendía a la fragmentación casi minifundista. Dos ejemplos singulares por lo ilustrativo del proceso están en las fincas de Lo Milla y Lo Brun, ambos en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Sumando todas las piezas de tierras ambos propietarios poseían algo más de 600 ha de tierras cultivadas e incultas, sin embargo, avanzado un siglo, estas mismas propiedades se fragmentan en doce y diez partes respectivamente. Este ejemplo aportado no indica más que dos casos concretos en un territorio tan amplio como la comarca de Los Montes, y, por lo tanto, no puede ser concluyente, pero lo cierto es que siguiendo estos mismos padrones del XIX, sumado al trabajo de campo, se observa la fragmentación generalizada de los antiguos lagares y una proliferación de casas de escasa entidad con lagareta.

            Siguiendo la línea expuesta, son pocos los lagares de nueva planta que se han podido documentar en este periodo, por lo que no es posible extraer patrones que los que los engloben, y las pequeñas casas con lagareta más bien encajarían en otra tipología de construcción campesina, pues la elaboración de vino no ocupa la actividad principal de la explotación agrícola. Por el contrario, si se documentan aquellas que se benefician de reformas, son el lagar de Torrijos, y el lagar de los Negros durante los años 1843 y 1821 respectivamente.

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Lagar de Los Negros, Santa Catalina, Málaga

 

           Estos ejemplos, aunque escasos en número, son de interés para el análisis de este periodo, pues las Respuestas Generales indican que son construcciones de “cuerpo pequeño”, entendiéndose que las reformas de la primera mitad del XIX modificarían el aspecto general de la construcción. Estos dos lagares tienen un aspecto similar ya que ambos presentan planta de dos naves de tamaño muy similar (aprox 15 x 7m.) Las construcciones cuentan con una segunda altura con balcón central de forja apareciendo el resto de los vanos distribuidos de forma ordenada y simétrica por la fachada. Su fábrica es íntegra de mampostería con ladrillos en los quicios de los vanos. Los edificios tornan de nuevo a la sobriedad y la sencillez de líneas, libres de pinturas murales y las decoraciones de líneas quebradas y curvas del barroco popular, hasta el punto de que la torre de contrapeso, habitual elemento constructivo rematado con ornamentos, se integra en el cuerpo principal de la construcción sin concesión alguna a la decoración. Se impone también el blanco en las fachadas, aunque las pinturas a la almagra y con añil siguen haciendo acto de presencia. Ambas construcciones cuentan con un pequeño ruedo o ejido frente al edificio y un poyo de mampostería rematada con baldosas de mazaríes corrido en toda la línea de fachada, un emparrado ofrece sombra al descanso en estos poyos. El pilar se resuelve con frontal sencillo y caños simples, aunque en ambos ejemplos existen sendas placas de mármol tallado donde se indica una fecha de construcción.

            Aunque no puede corroborarse su fecha de construcción, ejemplos similares a los descritos aparecen en el partido de Jaboneros como el lagar de Cea o el lagar del Sevillano, en el partido de Gálica, todos ellos incluidos dentro del término de Málaga.

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Lagar del Sevillano, Partido de Jaboneros, Málaga.

BIBLIOGRAFÍA

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Batanes de papel en el Guadalmedina: El molino de Inca y Horadado.

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A escasos kilómetros de Ciudad Jardín aún podemos observar en la ribera del Guadalmedina los dos batanes de papel que existían en la ciudad Málaga. Estos batanes, conocidos como Molino del Inca y Molino Horadado, realizaban un papel de tipo estraza a base de fibras procedentes de trapos. Para entender la importancia de esta industria, baste decir que la estraza era imprescindible para el soporte y envoltorio de las cajas de pasas que se producían en el término.

Sobre el origen de estos molinos sabemos que uno de ellos, el de Inca, fue construido por José de Inca en la primera década del siglo XVIII, y aunque no dispongo de datos concretos de Horadado, bien es cierto que debió ser anterior al otro, ya que daría nombre al pago donde están situados. El lugar elegido para su construcción contaba siempre con agua incluso en las épocas más secas del año, requisito para una industria que carece de temporadas.

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El molino o batán de Inca pasaría a manos del colegio de Clérigos Menores de Santo Tomás, realizando papel con una producción estimada a mediados de siglo de 3300 reales de vellón. Por lo que respecta a Horadado, este siguió funcionando en manos particulares como Doña Teresa Gallardo, además, a este batán se le añadiría un molino harinero, muy escasos también en la ciudad. Horadado, de menor tamaño, producía 1100 reales de vellón anuales en papel.

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Torre de cubillos del molino Horadado

El destino de ambos batanes cambiaría con la construcción del conocido acueducto de San Telmo, cuya captación de agua estaría inmediata a estos edificios. En 1786 se construyen seis de los doce molinos proyectados de San Telmo y el Consulado, que estaba a cargo de las aguas del  nuevo acueducto, arrendaría Horadado e Inca. Inmediatamente empiezan a aparecer problemas con los pagos del arrendamiento y para el año 1800, ante la paralización por pleitos y discusiones, Horadado acabó arruinado y demolido. Poco después le llegaría el turno a Inca, que terminaría desligándose del acueducto, aunque por suerte este aún permanece en pié como testigo de aquella época.

Uno de los molinos de San Telmo.

Uno de los molinos de San Telmo.

Más complejo es determinar el sistema que utilizaron estos batanes, ya que como hemos visto, hace tiempo que dejaron de producir papel de estraza y su estado actual de ruina y soterramiento por el río (y la autovía) hace complejo imaginar su funcionamiento, pero intentemos ver que sistema pudieron emplear describiendo un batan de papel de la época.

Modelo de batán de trapos extraido de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

Modelo de batán de trapos extraído de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

El trapo era la materia prima fundamental para elaborar papel y su costo era bastante elevado. Para obtener trapos se recurría a la importación de ropas viejas traídas desde todas partes imaginables, como la misma provincia, Génova o las antiguas colonias americanas, llegando a convertirse en un negocio estratégico y de importancia. Era una materia cara y escasa, y su carencia crónica sería motivo de la búsqueda de nuevas fibras que sustituyeran el trapo, hasta que se llegó a la madera como materia prima en el siglo XIX.

Los batanes hidráulicos de mazos destinados a la fabricación de papel empezaron a generalizarse a partir del siglo XII. De este siglo en adelante los mazos evolucionaron dando diferentes acabados a las hojas de papel, sin embargo, los procedimientos básicos permanecen.

La primera operación que se realizaba para la obtención del papel consistía en el escogido y clasificación de los trapos, dejándose los mejores para la fabricación de los mejores papeles, y los peores para el papel de estraza o la estracilla. Hay que tener en cuenta que en el empleo de agua no sólo era importante por su cantidad, también por su calidad. Un agua con demasiados sedimentos o tierras daría un papel con una tonalidad más oscura, de ahí, que por la poca calidad del agua del río Guadalmedina fuera imposible obtener un papel blanco.

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Cuando la cantidad de tejidos almacenados era suficiente, estos se echaban a un pilón llamado pudridero, donde se le añadía agua para así facilitar una fermentación que duraba un periodo de 5 o 6 semanas. Como dato anecdótico, la graduación de esta fermentación era tal que podía quemar la mano si se metía en este caldo. No hay que decir que esta operación desprendía unos olores bastante desagradables, por lo que estos molinos deberían estar en lugares apartados.

Una vez fermentados los trapos se procedía a trocearlos para facilitar su majado con los mazos. Estos mazos eran accionados mediante una rueda hidráulica vertical con paletas movida por agua corriente de una acequia. Su eje estaría erizado de levas que levantaban los mazos de madera que a su vez golpeaban unas tinas donde se depositaría la materia prima. En el caso del Molino Horadado encontramos una torre de cubillos de tres paradas con unos interesantes recubrimientos cerámicos hechos a medida, por lo que nos puede hacer pensar que el sistema sería de rodeznos horizontales y la disposición de las levas sería diferente. Por desgracia, la completa desaparición de su estructura nos impide hacer un análisis más detallado. En el molino de Inca no se aprecia torre de cubillos, por lo que podemos pensar en una rueda vertical como máquina hidráulica.

Cubillos de Horadado

Cubillos de Horadado

A partir del siglo XVII los mazos llegan a un alto grado de especialización, llegándose a utilizar tres tipos diferenciados en el proceso:

Mazos de madera de punta afilada para deshilachar, otros de madera de punta roma y con clavos para moler y un tercer tipo, también de madera pero de punta roma, cuya función sería la de homogeneizar la pasta, desconocemos si los molinos de Inca y Horadado llegaron a tener estos grupos de mazos o sus sistema era más primitivo.

El tiempo empleado en majar los trapos rondaba entre las 6 y 12 horas, y si el sistema era de tres mazos se empleaba el doble de tiempo.

Una vez obtenida la pasta, el sistema de cuajado para la obtención del papel era bastante sencillo. En un molde rectangular y con rejilla se echaba la pulpa obtenida, esta pasta escurrida y ya con la forma del molde se transfería sobre un fieltro, intercalando de este modo una cantidad de hojas y fieltros, hasta completar una posta que se compone de 261 pliegos de papel. Finalizando el proceso, se prensaban las hojas con sus fieltros y se llevaban a un secadero natural.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Podemos imaginar que este sería el proceso llevado a cabo en estos batanes del Guadalmedina.

En cuanto a su obra, el molino de Inca estaba compuesto por dos naves de planta rectangular  paralelas y una tercera en su lateral. Su fábrica es de mampuestos gruesos de la zona con algunas verdugadas de ladrillos macizos  y ripios que equilibran la construcción.

También encontramos aparejos de ladrillos en los cárcavos de salida de agua y en las cadenas formadas en las esquinas de la construcción. Unas interesantes bóvedas de cañón con una cubierta a dos aguas de simple mortero de cal cierra la construcción.

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Es digno mencionar el detalle de los arcos que comunican las naves, con un interesante extradós alrededor de los mismos, única concesión al ornamento, pero a su vez, tan curiosos de ver en un edificio de uso industrial.

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En el caso de Horadado, como ya hemos comentado, su demolición nos impide ver como debió ser este edificio, aunque por el arranque de una bóveda se puede apreciar que debió tener características similares al anterior, si bien es cierto que la mampostería tiene una ejecución diferente. Lo único que queda en pié es la recia torre de tres paradas de cubillos que ni el Guadalmedina en sus peores riadas ha sido capaz de llevarse. Puede apreciarse que uno de los cubillos es un añadido posterior a la obra original, quizá correspondiente a aquel molino harinero mencionado anteriormente.

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Pieza cerámica recubriendo uno de los cubillos de Horadado.

Como siempre, otro edificio cargado de historia aparece abandonado y bandalizado. Es evidente que la peculiaridad, factura, dedicación e historia de los molinos de Inca y Horadado otorga a sus construcciones un gran valor como patrimonio preindustrial. La carencia de cualquier protección una vez más se hace patente con un simple vistazo, ya no nos sorprende. Durante la construcción de la autovía los desechos y sobrantes de hormigón fueron volcados sobre los arcos del molino de Inca, las plantas crecen entre los mampuestos haciendo cada vez las grietas más grandes, las pintadas cubren el interior de las bóvedas, ya se ha perdido una de sus naves y no hay visos de actuación sobre estas construcciónes. Por otra parte cabe preguntarse ¿qué implica una protección? sólo hay que observar como el emblemático acueducto de San Telmo, declarado B.I.C. y cuyo recorrido comparte paisaje con los batanes, carece de cualquier plan de conservación y acondicionamiento para su visita, ¿qué podemos esperar de las administraciones sobre estos “humildes” batanes? y si estos batanes están incluidos en el conjunto B.I.C. otorgado al acueducto, tanto más evidente que en materia de patrimonio, aún queda mucho que hacer en Málaga.

 

Bibliografía:

  • La Industria papelera en tiempos de la Industrialización Malagueña, José Carlos Balmaceda. Artículo disponible aquí.
  • Fábricas hidráulicas Españolas. Gonzalez Tascón, I. CEHOPU.
  • XXI Libros de los Ingenios y Maquinas, Pseudo Juanelo Turriano edición facsimil.
  • Catastro de Ensenada, libros de respuestas particulares de Málaga. Archivo Municipal de Málaga.

 

El lagar de Cerrado Victoria.

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Situado en una de las laderas del Cerro de la Matanza, partido rural del arroyo Jaboneros, este lagar era un curioso ejemplo de explotación agrícola en los Montes de Málaga por su histórica localización y por ser una de las fincas más grandes del entorno. Aunque de momento desconocemos datos anteriores al siglo XVIII, sabemos gracias al Catastro de Ensenada (para la ciudad de Málaga, año 1753) que este inmueble adscrito a la división parroquial del Sagrario era una de las innumerables propiedades del convento de Nuestra Señora de la Victoria.

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Según dicha descripción, Cerrado de Victoria o Hacienda de la Victoria era un lagar con horno, caballerizas, despensa, cinco salas altas (que nos hablan de una construcción de importancia), lagar de pisar con viga de husillo y una bodega de 35 tinajas de tipo morisco con 2000@ de capacidad (32.200 litros de vino), calculándose un valor total de la construcción de 275 reales de vellón, además de una capilla donde estaría una imagen de la virgen María realizada en madera y que por fortuna, se conserva, aunque eso, sí, un poco desfigurada tras unas “restauraciones” llevadas a cabo en 1940.

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Tras la restauración, la imagen quedó muy desmejorada. Foto por cortesía de Ignacio Krauel.

La hacienda contaba en aquel siglo XVIII con una de las pocas almazaras de aceites de los montes, ya que albergaba una pequeña molineta con un mortero de piedra movido a caballo. Para el prensado del aceite se utilizaba la misma viga de husillo del lagar de vino, cosa poco frecuente y extraña, ya que por mucho cuidado y limpieza que se dispusiera, la mezcla de productos alteraría notablemente sus sabores.

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Vista general del lagar antes de la reforestación de esta parte de los Montes en 1960. Foto cortesía Ignacio Krauel.

En cuanto a sus tierras agregadas, Cerrado de Victoria contaba con una pieza de secano de 12 fanegas de mediana calidad dedicadas al cereal “de pan llevar”, tierras estas, que fueron cedidas a favor del convento por Maria Teresa de Priego, vecina de Málaga, y por ello, las monjas del lagar realizaban una misa cantada además de dos días de honras al año.

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Tierras inmediatas a Cerrado Victoria, ya reforestadas.

En lo referente a sus viñas, la Hacienda de la Victoria tenía 36 obradas de diferentes calidades (una obrada puede contener hasta 500 cepas) y una pieza de seis fanegas inútiles por naturaleza. Sin lugar a dudas, el orgullo de la Hacienda de la Victoria sería una inmensa parcela de 250 fanegas sembradas con distintos árboles que lindaría con los lagares de Garavía (sic) y Milla, sembrada con 900 olivos y 330 acebuches, 1050 almendros, 780 encinas y 36 algarrobos, además de higueras, cerezos, perales, naranjos, cidros, limones, cipreses etc.

Estas parcelas estarían arrendadas a Pedro Melendez, que las explotaría por una cuantía de 225 reales de vellón y con la obligación de entregar cargas de uvas y otros pagos en especie.
Llama poderosamente la atención que al consultar el pliego catastral de Pedro Melendez la cuantía del arrendamiento varía sensiblemente, ya que este último declara pagar una cifra más elevada que la antes mencionada, además, se obvian las huertas regadas del lagar, objeto también de imposición fiscal. Aquí podemos ver el típico caso de ocultación intencionada, ya que por la naturaleza fiscal de estas averiguaciones no era raro que los propietarios declararan cifras inferiores a las reales y se “olvidaran” declarar algunos bienes raíces, a Dios rogando y la cartera vigilando.

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Las viñas se perdieron tras la crisis filoxérica de 1877, dejándo un campo yermo y deforestado. Cabras pastando en la inmediación del lagar alrededor de los años 1940-50. Foto Ignacio Krauel.

El Cerrado Victoria o Hacienda de la Victoría continuaría en manos eclesiásticas hasta las desamortizaciones de Mendizábal en 1836, cuando se incautaron gran cantidad de fincas rústicas y se demolieron muchos de los conventos de la ciudad, incluido el de Nuestra Señora de la Victoria, en este sentido, en los padrones municipales de 1840 y siguientes ya encontramos a un seglar, Don Juan Barrionuevo, que iniciaría una línea sucesoria de propietarios.

El lagar sufriría años más tarde como tantos otros la llegada de la plaga de la filoxera de 1877 y la crisis finisecular que asoló los campos, dando como resultado una agricultura de bajo rendimiento económico.

Finalmente, ya en el siglo XX, durante la repoblación forestal de la Cuenca del Guadalmedina los terrenos fueron expropiados a Pedro Barrionuevo Ruiz-Soldado a finales de la década de los 50.

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Pliego de expropiación de fincas para la reforestación de la cuenca del Guadalmedina.

Es en este momento cuando se borran tantos siglos de historia, ya que el edificio fue expoliado de forma salvaje, se arrancaron las rejerías y los suelos, se cortaron las viguerías y la obra terminó por desplomarse en cuestión de pocos años.DSC09933

Si nos centramos en el edificio, este era de planta cerrada rectangular (18m x 9 m aprox) dividida en tres naves, y con dos naves perpendiculares (14m x 5 m aprox.) en cada extremo del rectángulo, a esta planta planificada y ordenada se le irían adosando construcciones de menor calidad como tinados y un aprisco de animales que posiblemente le daría su nombre de “cerrado”.

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Localización, fuente: https://goo.gl/maps/W47LP

La Hacienda Victoria es un edificio cuya construcción arroja muchas incógnitas, ya que un estudio más pausado de su obra nos muestra que las naves centrales están realizadas con tapia o tierra prensada y zócalos de piedra, y que a estas se le adosaron las naves laterales donde se ubican el lagar y la capilla citados ya en los documentos del siglo XVIII. ¿Era este edificio de tapia una construcción primitiva? Y si es así ¿De qué época es? queda ahí la pregunta.

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Muros de tapia en la estructura principal del edificio.

Dejando a un lado estos muros centrales de tapia, los paramentos del resto del edificio aparecen con un aparejo de hiladas de ladrillos con cajoneras de mampostería trabados con tierra estabilizada con cal. En las construcciones destinadas a ganados aparece un aparejo irregular a piedra seca y ripios.

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Los suelos, viguerías, cubiertas y otros elementos constructivos fueron expoliados tiempo atrás, por lo que poco podemos decir de ellos, aunque por fotos antiguas sabemos que las cumbreras del tejado tenían las características tejas vidriadas a varios colores.

La fachada principal aparece orientada al SO y sus vanos se distribuían de forma ordenada, destaca aquí una espadaña de aparejo de ladrillo con un vano cerrado con un arco de medio punto. DSC06097

Debajo de esta espadaña estaba la capilla, que contaba con un arco de ladrillo enmarcado en un alfiz y molduras en los estribos, actualmente desaparecido, también destaca un ojo de buey y una hornacina donde supuestamente estaría colocada la imagen de madera.

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Detrás de este grupito de muchachas que celebra su comunión, podemos apreciar la capilla del lagar, hoy prácticamente desaparecida. Foto Ignacio Krauel.

En el otro extremo de esta fachada se encontraba un precioso surtidor con cubierta compuesta de tres planos y una cornisa adornada con molduras, todo ello pintado originalmente de almagra, además, una alberca de riego donde también se ha aplicado almagra para evitar la eutrofización de las aguas.

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En esta curiosa foto sacada desde una ventana se puede apreciar el surtidor de aguas, también desaparecido por el desplome de ese ala del edificio. Foto Ignacio Krauel.

En este ala del edificio aparece la torre de contrapeso integrada y de la que apenas quedan unos restos que sobresalen del suelo.

En el interior del edificio encontramos la nave donde estaría la sala principal con la cocina y su caramanchón o campana y donde en tiempos primitivos debió estar la viga de husillo, del resto de estancias, al encontrarse en un estado muy ruinoso poco se puede decir, aunque con seguridad en la nave paralela debió estar la bodega con las tinajas y en las salas altas el señorío del lagar.

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interior de la primera nave, al fondo, el caramanchón o campana de la cocina. Foto cortesía de Ignacio Krauel.

En la parte trasera con orientación NE aparece el cercado de animales, con los tinados, zahúrdas y gallineros, todos ellos con muros de mampostería irregular, destacan los canales de evacuación de los orines.

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Para finalizar, el lagar contaba con huertas regadas por un sistema de atarjeas, atanores cerámicos, alcubillas y distribuidores que traían el agua desde una corta situada en una torrentera cercana. En algún momento de la historia del lagar, ladera abajo se nivelaron nuevos bancales de huertas, regadas con un sistema independiente de atarjeas y albercas emparradas con agua traída desde el arroyo de Los Llanes, estos bancales recibirían la denominación de Huerta Nueva.

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Alberca del Huerto Nuevo, junto al arroyo Jaboneros, pilares para emparrado.

El curso alto y medio del arroyo Jaboneros cuenta con un abanico de construcciones históricas con una gran carga etnográfica semejantes a Cerrado Victoria, y aunque abandonadas en su mayoría, se han conservado en un estado aceptable, pero ¿Por cuánto tiempo? Las administraciones han mostrado una sensibilidad nula por la conservación de este patrimonio cultural tan importante, trabando su adecuada restauración o en el peor de los casos, instando a los propietarios a demoler estas viejas construcciones por peligro de desplome. Por desgracia, Cerrado Victoria ya es un caso perdido, pero ¿Qué pasará con Lo Cea, Sevillano, La Campana, Urbano, Maroto, Lo Muñoz…?DSC00050

Historia y arquitectura del lagar de Cela, evolución de una alquería medieval.

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Paisaje del partido de Cela, Moclinejo.

El 3 de noviembre de 1493 los repartidores, con el bachiller Serrano a la cabeza, llegaron por un camino rodeado de barrancos y cortados hasta una pequeña alquería situada en la cabecera del arroyo Granadilla, cerca de Moclinejo. Se trataba de la alquería de Salim o Çilim, más tarde conocida bajo su nombre castellanizado de Çela, Zela o Cela. A pesar de que el lugar estaba enmarcado en una loma escondida y de fácil defensa, los repartidores no encontraron más que construcciones arruinadas, casas caídas y solares, pues sus antiguos moradores decidieron incendiar y abandonar la aldea durante la conquista cristiana de Málaga. Contaría Cela, según la documentación que nos ha llegado de mano de los repartidores, de algunas casas distribuidas en dos calles aceradas, una mezquita, una fuente bien surtida de agua, un ejido y un molino de aceite en la parte más baja de la alquería, no hay constancia sin embargo, de la característica torre de defensa con la que si contaban otras alquerías inmediatas como Granadilla, Juncares, Simientes, Totalán, Olías, Gálica o Macharagazpar.

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Panorámica del lagar de Cela, supuesto lugar donde se ubicaba la antigua alquería musulmana.

Después de un infructuoso intento de repoblación, en 1494 la alquería se volvió a repartir a nuevos moradores junto con lotes de viñas, almendrales, morales, perales y manzanos. Según actas del Cabildo de Málaga aportadas por Agustina Aguilar, archivera del AHMM, el siglo XVI sería una época de gran actividad en la alquería de Cela y sus alrededores. Leñadores, carboneros y viñeros trabajarán estas tierras transformando un paisaje agreste y con grandes manchas de bosque virgen en un lugar cultivado y domesticado, aunque bien es cierto que en ocasiones se haría de forma caótica, ya que son muchas las quejas recogidas por la tala desordenada y ocupación ilegal para la siembra de viñas en tierras públicas. Por otro lado, los pobladores de Cela también se vieron afectados por las pestes, el merodeo de animales salvajes (lobos e incluso osos) o los violentos levantamientos moriscos, como el de 1568, que casi terminaron por despoblar la alquería, ya que los campos y bosques inmediatos a Cela se volvieron extremadamente peligrosos. Desde luego no fueron tiempos fáciles.

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Fachada principal del lagar de Cela.

 Durante el siglo XVII, la comarca se beneficia de la expansión de la vid, reflejándose en la presencia de pequeños y medianos propietarios cada vez más prósperos. En este sentido, a finales de siglo José Francisco Guerrero Chavarino, natural de Málaga y propietario por aquel entonces de Cela y sus tierras, recibe por orden y gracia de Carlos II el título de marqués, como agradecimiento por su decidida contribución económica a la defensa de la plaza de Ceuta, que andaba sitiada por fuerzas marroquíes en 1694. Por ironías del destino, este abnegado súbdito de su Católica Majestad, tomará por nombre del marquesado aquel antropónimo de origen árabe; marqués de Çela.

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Declaración de Doña Catalina Chacón, marquesa de Cela. Catastro de Ensenada, Libro de Hacendados. AHMM.

Las averiguaciones fiscales realizadas para el catastro de Ensenada (En Málaga, año 1753), nos muestran, casi como una fotografía, los cultivos, edificios y titulares del marquesado de Cela.

Según esta documentación, el marquesado de Cela, cuya titularidad recaía en ese momento en la viuda Doña Catalina Chacón, estaba constituido por una casa de campo con cuarto bajo, dos salas, cocina, bodega, 44 tinajas con un total de 6.000 @ de capacidad, caballeriza, pajar y un pequeño lagar sin prensa de viga. A continuación, aparece un molino de aceite (que de nuevo, gracias a Agustina Aguilar sabemos de su existencia desde al menos 1564) en el que en tiempos de molienda una mula tiraba de día y de noche una sola piedra. Además, el mayorazgo de Cela contaba con una parcela de regadío regada con agua de “pie” con dos celemines de primera calidad, con 19 naranjos, 18 morales, 5 álamos, y 3 duraznos, seguían las propiedades con doce fanegas de secano de segunda y tercera calidad, que producía una cosecha de trigo o cebada al año, siendo necesarios dos de descanso, además de otros cultivos de secanos como 50 olivos y 150 almendros crecidos y plantones. Finalmente, 120 obradas de viñas de secano, de primera, segunda y tercera calidad. A todo ello hay que sumarle un interesante listado de casas y tiendas en la ciudad, que a mi pesar, no puedo enumerar aquí por no venir al caso. Esta descripción nos muestra una explotación agrícola donde el aceite, el grano y la almendra ocupaban un puesto tan importante como el vino.

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De aquel huerto sembrado de naranjos, duraznos y morales poco queda en el paisaje de Cela. 

Sin entretenernos demasiado, es interesante mencionar que en la linde sur de Cela aparece descrito otro mayorazgo ligado al partido de Cela, se trata del condado de Villa-Alcazar de Sirga.

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Vista de Cela de abajo.

Entre sus propiedades aparece un magnifico lagar con salas altas, prensa de vigas y 43 tinajas con 2000 @ de capacidad, también una pequeña huerta de naranjos chinos, naranjos agrios y limones, 70 fanegas de secano, otra pieza de tierra con olivos, higueras, almendros, alcornoques, nogales, perales, limones y naranjos. En cuanto a viñas, Cela de abajo, como así se conocía, contaba con 100 obradas de primera, segunda y tercera calidad. Por desgracia, actualmente este impresionante lagar se encuentra en un estado de conservación lamentable, una verdadera pérdida para el patrimonio cultural de Moclinejo.

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Viñas

Como es lógico, la historia de las tierras de Cela continúa a lo largo del siglo XIX, apareciendo en censos y padrones sin mayores sobresaltos ni datos relevantes. Con la llegada de la filoxera a Moclinejo en 1877 y los duros golpes asestados a la agricultura de la región durante el siglo XX, los históricos lagares de Cela terminaron por abandonarse, sumándose, como no, a ese creciente listado de patrimonio olvidado y en peligro de desaparecer.

88201359 El Lagar de Cela aparece con planta rectangular orientada al SO, donde un patio cerrado, con acceso desde el SO, se sitúa en el centro del edificio. La vivienda (cocina y dormitorios señoriales) ocupan la construcción principal del conjunto. El resto de estancias destinadas a usos agrícolas y habitación de trabajadores se disponen en las restantes piezas, menores y de peor calidad. En el patio se puede apreciar la construcción de varias piezas desordenadas, posteriores al plan original. Finalmente, algunas casillas de servicios (cabrerizas, zahurdas, etc) aparecen diseminadas por el campo inmediato.

planta rectangular de Cela de arriba. Fuente.

planta rectangular de Cela de arriba.  Fuente.

No hay que olvidar la almazara, de planta rectangular y situada frente a la fachada principal del edificio. Su estado está bastante deteriorado, por lo que a simple vista hay poco que decir de este molino. En las inmediaciones de Cela aún se puede apreciar las piedras desgastadas y desechadas.

Aspecto exterior de la almazara

Aspecto exterior de la almazara

Sus materiales son los característicos de la zona, es decir, muros de mampuestos de pizarra reforzados con cadenas y verdugadas de ladrillos. También se pueden apreciar muros de tapia y adobes con paja, pero siempre en construcciones adosadas y de menor calidad. Suelos de mazaríes en el interior de las piezas y enchinado en el patio central conforman los suelos. En los forjados y cubiertas aparecen los típicos rollos de madera y entrevigado de cañizo, y sobre ellos, la torta de tierra cruda. Nada nuevo en nuestra arquitectura popular. Hay que mencionar que a simple vista no se aprecian estructuras reutilizadas de la antigua alquería. 

Detalle de la fachada de la vivienda.

Detalle de la fachada de la vivienda.

Adobes empleados en el interior de la vivienda, poco frecuentes en la arquitectura popular de Los Montes.

Adobes empleados en el interior de la vivienda, poco frecuentes en la arquitectura popular de Los Montes.

Muros de mampostería y cubiertas de rollos de madera

Muros de mampostería y cubiertas de rollos de madera.

Los aleros, de doble hilada de ladrillo macizo dispuesto a tizón, aparecen enfoscados y pintados de bermejo.

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Se aprecian incisiones y pinturas murales de tipo geométrico y arquitectura simulada, tanto en las fachadas de la vivienda como en los muros del patio central, coloreadas con bermejo, añil, ocre y neutro.Los motivos varían en el patio central, donde predomina el ladrillo simulado coloreados con diferentes pigmentos. Este tipo de pinturas nos trasladan a unas fechas entre finales del siglo XVII y mediados de siglo XVIII, momento en el que debieron acometerse reformas de importancia, quizá coincidente a la concesión del marquesado en el año 1694.DSC02444

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Los aleros.

Por definición, el alero es la prolongación en voladizo de un tejado para proteger los paramentos o muros de la lluvia y otros factores climáticos, y además, su estructura ayuda a equilibrar el conjunto de la obra. Pero más allá del punto de vista técnico, el alero en las construcciones rurales es un sutil reflejo de las tradiciones estéticas y culturales amasadas durante siglos, adaptadas sabiamente a las condiciones que ofrece un determinado lugar. Sin embargo, por el propio carácter utilitario y humilde de la arquitectura que nos ocupa y la implantación de nuevas técnicas y materiales hemos visto desaparecer gran parte de este legado etnográfico en las últimas décadas. El alero de la arquitectura popular y tradicional realizado con ladrillos y tejas en distintos aparejos da como resultado vuelos que nos hablan de la calidad de la construcción y sus influencias, aunque en nuestros montes y vegas no encontramos los elaborados aparejos de otras latitudes de la península, vamos a realizar un pequeño resumen por aquellas tipologías más comunes; observar estos humildes aleros, es observar técnicas artesanales y adaptación.

DSC01948Para realizar el alero se utiliza normalmente el ladrillo macizo cerámico colocados a soga, tizón o pico, en hiladas simples, dobles o triples y asentados sobre tierra estabilizada con muy poca cal, aunque tampoco es raro ver morteros de arena y proporciones más ricas en cal. En otros casos pueden encontrarse aleros más elaborados con aparejo de tejas. En la foto superior sección de un alero en el lagar de Cotrina. DSC03634Empezando por los aparejos más sencillos, en esta primera foto observamos la hilada simple con ladrillo colocado a tizón. Lagar en Chapera la baja.

DSC09933Otro ejemplo de alero en hilada simple, lagar Los Negros, antiguo partido de Vallejeras.

DSC03439En este cortijo de Alhaurín el Grande encontramos una infrecuente moldura de la que prácticamente no queda nada cubriendo un alero de hilada simple, mostrándonos a un propietario con capacidad económica y preocupado por la estética del edificio, en algunos paramentos del edificio aparecen restos de pinturas murales. DSC05227Detalles de tejas vidriadas sobre alero de hilada simple, dispuestas como protección para una balconada.

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Pasando a un aparejo más elaborado, en este lagar de Los Montes vemos como se añade una segunda hilera. El mal estado del muro nos permite ver la colocación de las hiladas de ladrillos.

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En esta foto detalle de un lagar de Moclinejo se aprecia la doble hilada coloreadas con almagra, respecto a las tejas, estas aparecen macizadas con mortero de cal para evitar que el viento las levante y genere las consecuentes goteras.

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Relativamente menos abundantes, también podemos encontrar los aleros dispuestos a pico de gorrión como este de Pizarra. En esta construcción bien cuidada aún se mantiene la canalización vidriada, desaparecida ya en muchos de los lagares de la provincia.

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Aparejo de pico de gorrión alternado con hilada simple de ladrillo en un cortijo de Casabermeja.

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En este lagar de Totalán aparece conjugado, en un alero estupendamente conservado, dos hiladas a pico de gorrión encerradas entre dos a tizón.

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Triple hilada en un cortijo de Sierra de Yeguas.

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Pasamos del aparejo de ladrillos macizos a la teja. Hilada a teja simple en Casabermeja.

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En este otro alero, un poco más complejo, se aprecia la utilización de tejas alternadas con ladrillos, creando una curiosa y poco frecuente decoración en el conjunto.

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En el cortijo de Casapalma aparecen canecillos en el alero, muy poco usual en la arquitectura tradicional de nuestros campos.

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Los aleros realizados en madera son los menos utilizados en la arquitectura popular y tradicional de nuestra geografía, y cuando aparece, se limita prácticamente a los balcones. Quizá el motivo sea que la madera empezó a ser un material caro a partir del siglo XVIII por la escasez derivada de la deforestación, aunque lo cierto es que más allá de suposiciones no hay nada asegurado sobre este aspecto. A finales del siglo XIX estos aleros realizados en madera aparecen con fuerza en las viviendas de importancia.

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Esta moldura de un cortijo de finales del siglo XIX nos muestra que con la llegada de los nuevos materiales y técnicas la tipología de aleros se diversificó abriendo aún más el abanico, pero alejándose poco a poco de las adaptaciones vernáculas de la construcción.

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Mención especial a la práctica inexistencia de antepechos como este del partido de Almendrales, apareciendo ya en la arquitectura de finales del XIX y principios del XX.

Los lagares pintados.

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Apuntes y muestrario de pinturas murales en los lagares de Málaga. 

 Aunque parece que la costumbre de decorar las fachadas con pinturas murales entronca con la artesanía mudéjar, es a partir del siglo XVIII cuando encontramos una verdadera explosión decorativa en las iglesias, casas y palacetes de la pujante Málaga comercial del momento. Según fases, encontramos que los tipos de decoraciones fueron evolucionando desde los motivos geométricos de principio de siglo, la arquitectura simulada de mediados y las volutas, rocallas y alegorías de finales de centuria. La técnica empleada en estas pinturas corresponde a la de mezzo-fresco, esta se elabora con distintas capas de morteros de cal dispuestas de mayor a menor espesor. Sobre la última capa ,aún casi fresca, se trazan incisiones que marcan los contornos de un dibujo que será coloreado con una aguada de cal con la pigmentación oportuna. Los principales colores que podemos encontrar son el bermejo, añil, neutro y ocre.

Los lagares y cortijos de nuestros campos no escaparon a esta moda, la burguesía comercial que florecía en el siglo XVIII decoraron sus residencias rurales con estas alegres pinturas, alejándonos del tópico de los cortijos blancos inmaculados que aparecen en el imaginario popular. Hay que decir que estos trabajos eran verdaderas obras de artesanía y requerían de manos muy especializadas que se desplazaban hasta unos lagares situados en predios aislados, quedando por saber los talleres y artesanos que se dedicaron a estos trabajos y que por el momento permanecen en el anonimato.

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Por acuerdo alcanzado en pleno en el Ayuntamiento de Málaga  alcanzado el 27 de septiembre de 2007 todos aquellos edificios que cuenten con este tipo de decoraciones deberán ser catalogados, además deberá promoverse su restauración y conservación, claro está que esto es lo que marca el acuerdo y otra cosa es la realidad, si difícilmente se cumple en el centro de Málaga mucho menos se hace en los recónditos partidos rurales de nuestro término municipal. Aún así, peor destino corren aquellas ubicadas en otros pueblos de la provincia, donde no se contempla su protección.

Estamos perdiendo un legado artístico singular de nuestra sociedad en el más triste de los desconocimientos y su solución de momento es bastante compleja. Baste decir que en la mayoría de los casos son edificios prácticamente incomunicados o con difícil acceso, dificultando una posible salida económica que haga viable su conservación y mantenimiento, por otro lado, actualmente el medio rural se encuentra en una tortuosa situación de crisis económica que dificulta cualquier planteamiento empresarial.

Muchas de las pinturas siguen aún ocultas bajo capas de cal por lo que se desconoce el alcance total de este fenómeno del siglo dieciocho, dándose la curiosidad que en el momento que estos lagares entran en estado de ruina y se desprenden las capas de cal posteriores en el tiempo (siglo XIX y XX) es cuando podemos apreciar su tesoro escondido.

Sirva este pequeño muestreo de pinturas para dar a conocer a los lectores otro trozo de Málaga que se nos va. Sirva también como foro de soluciones a esta pérdida tan dolorosa, ya que con la resignación no se consigue nada.

Mención especial al blog Pinturas Murales de Málaga por su fantástica labor de divulgación en materia de pinturas murales.

Muestrario de pinturas ubicadas en lagares del término municipal de Málaga y aledaños:

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La alegoría perdida de Jotrón.

Mucho se ha escrito del lagar de Jotrón, y no es para menos, pues representa uno de los primeros modelos de residencia veraniega de la burguesía comercial malagueña. Aunque la antigüedad de este edificio es mayor, este enorme lagar situado junto al arroyo de Los Frailes, en pleno corazón del P.N. Montes de Málaga, aparece referenciado en el Catastro de Ensenada y sus revisiones de 1771. Se describe para la época como una casa con finca, con una extensión de 120 obradas destinadas a viñas, 200 olivos, 10 almendros, 12 higueras, 20 fanegas para cereales, 20 colmenas para miel, un huerto de frutales y un gran encinar dedicado a la producción de bellotas, y por si fuera poco, andando el siglo XIX esta explotación aumentaría significativamente de tamaño. Estamos hablando sin lugar a dudas de una de las fincas más importantes de estos pagos, a la altura del lagar de las Avemarías o Almendrales, pero no podemos entender Jotrón sin explicar la historia de uno de sus más insignes inquilinos, Juan Bautista Maury.

Lagar de Jotrón, fachada principal.

Lagar de Jotrón, fachada principal.

La familia.

Juan Bautista Maury (1740-1804), fue un comerciante nacido en Olorón, Francia. Su trayectoria profesional fue tomada por los malagueños del momento como modelo de éxito empresarial, y es que este joven inmigrante empezó siendo aprendiz de mercader de ropas a los 12 años, pero pronto iría escalando puestos al calor de la bonanza económica de aquellos años, hasta tal punto que en 1784 lo vemos como promotor y socio fundador de la Compañía de Caracas de Málaga, y en 1791 ya estaba al frente de su propia compañía comercial “Juan Bautista Maury, hermanos y Cía”. Al morir, había dejado una herencia de 800.000 reales de vellón, una estupenda posición social a sus hijos (que seguirían con el negocio comercial) e importantes propiedades en la ciudad y el campo.

Uno de sus hijos, Jose María Maury,  llegó a ser un reconocido poeta. Fuente fotográfica.

Uno de sus hijos, Jose María Maury, llegó a ser un reconocido poeta. Fuente fotográfica.

Pasada la Guerra de Independencia, los bienes raíces de la familia Maury fueron expropiados, pues como comerciantes descendientes de franceses se situaron en el punto de mira de los sentimientos revanchistas de la población local. Su famosa casa de la Alameda, una finca junto al hospital de San Lázaro y otra de regadío en Torremolinos pasaron a manos españolas, sin embargo, Jotrón siguió ligado por el momento a la familia Maury.

Arquitectura del lagar.

La descripción más amplia de la finca la encontramos en el testamento postmortem de Juan Bautista, ya que ahí se describe y contabiliza la construcción, el lagar, el huerto, los aperos, las barricas destinadas al vino, muebles y un largo etc. aportándonos interesantes datos sobre el patrimonio mueble e inmueble de la burguesía malagueña de finales del XVIII. Como curiosidad, dentro de la explotación lo más valorado son las tinajas de barro y las barricas de vino, con una tasación de unos 17.000 rs v., y la viga del lagar, con una tasación de 3.500 reales de vellón. Estos datos, basados en los completísimos estudios de Mª Begoña Villar García sobre la familia Maury, arrojan también la posibilidad de que el aspecto conocido de Jotrón se deba a unas reformas llevadas a cabo alrededor de 1775, pues hay que recordar que el edificio ya existía tiempo atrás.

Pocos son los restos que van quedando de este enorme lagar.

Pocos son los restos que van quedando de este enorme lagar.

En cuanto al edificio en sí, es de planta cuadrangular de 37×30 ms. aprox. con un gran patio interior, a diferencia de otros lagares de nuestros hinterland, Jotrón aparece construido como fruto de una planificación arquitectónica, pues su planta y sus salas presentan un correcto orden y  división de funcionalidades. Su fábrica está realizada con los materiales de la típica construcción de Los Montes, mampostería para los muros, ladrillos en verdugadas, cadenas y jambas, y un mortero de barro pobre en cal, que si aparece con mayor prodigalidad en enfoscados y enjalbegados. Las viguerías de forjados están realizadas en cuartones de madera, y por desgracia, poco podemos decir de su cubierta y suelos, ya que se han perdido en su totalidad. El edificio contaba con las instalaciones propias de un lagar de montes; bodega, lagar de pisar y viga de husillo, tinajas para la fermentación, pajar, almacenes, cocina, señorío para los propietarios e incluso una capilla. Mención especial a un horno enorme que posiblemente fue utilizado para la fabricación de ladrillos.

La fachada aparece con una distribución ordenada de grandes vanos, como es característico en una construcción noble como esta, donde el esparcimiento ocupaba una posición tan importante como la producción de vino. La torre de contrapeso, de unos 15 metros aprox de altura y situada en el lado este del edificio, cuenta con un preciosa terminación mixtilínea de líneas barrocas, rematado todo ello por tres jarras de cerámica.

Hay quien sostiene que el edificio fue diseñado por el propio Martín del Aldehuela, artífice entre otras obras del Acueducto de San Telmo, y en cierto modo podemos observar que el remate de su torre de contrapeso recuerda a la decoración de las fuentes como la de Calle Los Cristos o la desaparecida de Fuente Olletas, pero la verdad es que difícilmente podemos afirmar tal relación, ya que no existen evidencias documentales de ello.

Comparativa de la Fuente Olletas y la torre de contrapeso.

Comparativa de la Fuente Olleta y la torre de contrapeso. Foto de Fuente Olleta. 

Las pinturas murales.

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Alegoría de Jotrón, olvidada en el altillo de un conocido museo.

Como sabemos, durante el siglo XVIII fue costumbre extendida decorar los paramentos de los edificios con pinturas que hacían alusiones religiosas, mitológicas, heráldicas o simplemente simulaba elementos arquitectónicos o geométricos. Al parecer tal moda pudo estar incentivada por los descubrimientos de Herculano y Pompeya en la década de 1740, cuyas pinturas revolucionaron el mundo de las artes decorativas del XVIII.  Los lagares pudientes de Los Montes no escaparon a esta moda y muchas de sus fachadas y capillas se adornaron con estas alegres pinturas, legado que por desgracia se están perdiendo irremediablemente en el más triste de los anonimatos. Queda aún mucho por saber del mundo de las pinturas murales en la Málaga del XVIII, y en concreto su difusión en Los Montes, pues la gran mayoría de estas pinturas no se encuentran ni catalogadas, y mucho menos se sabe de sus autores y talleres artísticos.

Detalle de la cabeza.

Detalle de la cabeza.

Jotrón también contaba con una serie de pinturas murales repartidas en sus paramentos. De autoría desconocida, tres alegorías y unas guirnaldas decoraban la fachada principal y la torre de contrapeso del lagar.

En la fachada principal y situadas a media altura, aparecían enfrentadas dos alegorías, cada una a un lado del vano de acceso. Representadas por dos figuras femeninas la primera de ellas, desaparecida por la ruina del edificio, vestía un gorro frigio y portaba una canasta con frutas, la otra, que por suerte fue retirada y restaurada por el equipo dirigido por Estrella Arcos Von Haartman en el año 1996,  se presenta sosteniendo un cántaro que vierte agua y vistiendo una túnica. Ambas alegorías estaban unidas por una guirnalda, también desaparecida por el derrumbe del muro.

La tercera figura, que estaba en un estado aceptable en el año 1996,  representaba a un Mercurio con un caduceo, símbolo ligado al comercio y con seguridad a la profesión de la familia Maury. Por desgracia el Mercurio ha desaparecido por completo en los últimos años, vislumbrándose a duras penas el caduceo con las serpientes.

Del Mercurio a duras penas es visible una parte del caduceo.

Estado lamentable del Mercurio.

La simbología de las figuras no está en absoluto clara, aunque es posible que hicieran referencia a la fertilidad, la riqueza y el comercio antes que a las estaciones del año como se ha llegado a sugerir.

La alegoría del cántaro de agua

La figura femenina, coloreada en tonos rojizos y sombreados, aparece vestida con una túnica y sosteniendo en su mano izquierda un cántaro que vierte agua, su mano derecha recoge con delicadeza la túnica. La cabeza girada a su derecha, luce un peinado adornado con cintas.

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Según Estrella Arcos la alegoría, al igual que las otras desaparecidas, está realizada en mezzo fresco, esta técnica se aplica sobre la clásica secuencia “intonaco” y “arricio”  (revocos superpuestos y de diferente granulometría), el contorno de la figura se marcaba o rasgaba cuando el revoco estaba aún fresco sobre un modelo de dibujo prediseñado. Cuando el  revoco endurecía, se coloreaba en seco con pigmentos mezclados con una aguada de cal para asegurar su fijación, el pigmento rojo o almagra se sacaba del óxido de hierro. Esta técnica ofrecía una mayor elasticidad a la hora de realizar figuras humanas, pues permitía sombreados y la fácil corrección de errores, el mal estado de la parte inferior de la pintura hizo imposible la conservación de las piernas de la alegoría.

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Detalle de las cintas, donde es perfectamente visible las incisiones sobre el revoco y las tonalidades de la almagra.

Incomprensiblemente la pintura se encuentra guardada en un altillo fuera de la vista del público general. Despues de la trabajosa labor de recuperación y restauración no se entiende que esta interesante alegoría duerma el sueño de los justos sin ocupar un merecido lugar en el Museo de Artes Populares de Málaga o en el museo etnográfico de Torrijos. Por ahí está, olvidada, testigo mudo de una época de la que poco a poco va quedando menos.

Las fotos de las pinturas pertenecen al archivo personal.

Fuentes:

Catastro de Ensenada, Libros de Hacendados. AMM. Leg 95-110.

– Villar García, Mª. B. El lagar de Jotrón, testimonio simbólico de la movilidad social de un comerciante francés instalado en la Málaga del XVIII. 

– Muñoz Martín, M. De Viñedo a Pinar, El Parque Natural Montes de Málaga.

Cortijo de La Robla

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En Almogía, tierra de latifundios y secano, de medianerías y colonatos, aún persisten en pie impresionantes ejemplos de explotaciones agrarias propias de otros tiempos. Cortijos como Pacheco, El Campillo, San Ignacio o el Almendro, se nos presentan como grandes edificaciones rurales dedicadas principalmente al cereal, el olivo y la ganadería, aunque no faltaron cultivos asociados como la viña y los cítricos.

Como no podía ser de otra manera, estos edificios populares están construidos con materiales del entorno, predomina el muro de mampuestos de pizarra rojiza, los morteros se elaboraban principalmente de barro, y en los edificios de mayor poderío se empleaba el ladrillo macizo. Las cubiertas y forjados se realizaban con la técnica tradicional de rollos de madera, cañizo y torta arcillosa. Como nota curiosa, parece ser que la cal por la zona era un producto muy apreciado para la construcción (más de lo habitual) ya que la litología del lugar no es pródiga en piedras calizas. La única manera de conseguir esta materia prima sin tener que recurrir a la importación consistía en merodear los arroyos en busca de bolos calizos arrastrados por las aguas, encareciéndose lógicamente el producto.

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Estos edificios cuentan con cabrerizas, almazaras, tinaos, graneros, molinos, lagares e incluso cascareros para secar la piel de los cítricos, pero también eran residencia eventual de propietarios absentistas, y por lo tanto aparecen salas nobles y en algunos casos unas torres miradores que más parecen amenazantes símbolos de poder y dominio que concesiones a la estética y armonía del edificio.

Es el caso del cortijo de la Robla, construido a finales del siglo XIX por la familia Castell- Luna, desde 1940 es propiedad de la familia Antunez, omnipresentes terratenientes de la zona Almogía-Álora. El edificio es de elaborada factura, con abundante ornamentación y de un difuso estilo regionalista. La portada de acceso da a un gran patio empedrado destinado al laboreo, donde se distribuye la zona noble y su torre mirador, la gañanería, el pilón y la zona dedicada a la ganadería, aún en uso.

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De la zona noble destaca la torre de planta cuadrangular de tres cuerpos con vanos rematados en arcos rebajados. En el cuerpo más bajo se encuentra la puerta de acceso al interior de la vivienda, en el segundo cuerpo aparece un balcón principal flanqueando por dos blasones de la familia Catell- Luna y por último, en el tercer cuerpo aparece una ventana enrejada enmarcada bajo un curioso arco pintado en bermejo. El tejado es a cuatro aguas con tejas árabes y las tejas de la hilera están vidriadas azules y blancas.

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Por desgracia, el interior de la vivienda se encuentra muy deteriorado y gran parte de los forjados se han desplomado amenazando la estabilidad del edificio, pero se pueden apreciar suelos hidráulicos  producidos en Málaga por Hijos de J. Ramos y una gran variedad de molduras en los salones.

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Sin embargo, el forjado de algunas de las alas del edificio ha vencido.

 En la gañanería aparece una interesante bóveda de cañón realizada con ladrillos tochos de 30x13x3cms., mortero de cal, y recubierta por una capa de tierra que le da continuidad para el piso superior. No está clara la finalidad de la estancia, pudiendo haberse utilizado en su día como bodega o como cocina de los trabajadores, ya que se puede apreciar un horno cegado en unas de las paredes. Por desgracia la ruina del edificio ha afectado esta bóveda y hoy solo podemos encontrar parte de ella.

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Bóveda de cañón de la gañanería

 

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Detalle de la rotura de la bóveda

De la zona de corrales y tinaos, utilizada aún para la estabulación del vecino cortijo El Campillo, solo destaca una arquería compuesta por tres arcos de medio punto

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Alcubilla

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Pozo surtido por un arroyo cercano al cortijo de La Robla

Finalmente, el conjunto se surtía de agua potable a través de una canalización de atanores, que cuenta con una alcubilla a poca distancia del edificio. Más abajo, encontramos un gran pozo y abrevadero para dar de beber a los animales.

Como siempre decimos, no podemos permitirnos el lujo de perder este bien catalogado por la Junta de Andalucía en un medio rural cada vez más carente de patrimonio, no podemos conformarnos con inventariar, documentar y despues lamentarnos por la perdida de patrimonio, la elegante factura del edificio permitiría su recuperación para iniciativas turísticas ligadas a actividades ecológicas o para una agricultura orientada a productos de calidad con evidentes beneficios para la zona, ejemplos para ilustrar soluciones de este tipo no faltan, pero también somos conscientes que la inversión privada se hace difícil con una legislación anquilosada, rígida y opresiva en la mayoría de los casos. Las iniciativas particulares o empresariales huyen ante los problemas administrativos que se deben enfrentar solo por el mero hecho de restaurar el edificio, de esta problemática se pueden hacer varias lecturas ¿Cuáles son las soluciones?

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Si deseas saber más:

La arquitectura tradicional y otras estructuras de interés singular, Aproximación al Inventario Etnográfico de siete pueblos del Valle del Guadalhorce 2004-2005,  Loringuillo Millán, M.E. 2008.

Twitter: @Lagycor

Facebook: https://www.facebook.com/groups/lagaresycortijos/

Las norias de rosario

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Unos de los elementos rurales menos valorados y que más pasan desapercibidos son las norias que abundan en los distintos arroyos y torrenteras de la provincia malagueña.

Existen multitud de tipos de sistemas empleados a la hora de obtener agua o para emplazarla a niveles más altos. Cuando hablamos de norias, a todos se nos viene a la cabeza las famosas azudas y ñoras, norias de ruedas vitruvianas movidas por la fuerza del agua, pero de estas por desgracia contamos pocas en la provincia (algún ejemplo hay y ya hablaremos de ella). Estas azudas o ñoras son más propias de ríos abundantes y continuos en caudal como el Guadalquivir, donde podemos encontrar el conocido ejemplo de la Albolafia de Córdoba.

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En los cauces de Málaga, por contra, se hacía un mayor uso de las norias de sangre o tiradas por fuerza animal, en concreto, las de tipo “rosario”. Este sistema se extendió durante la Edad Media y permitía extraer agua de manera fácil, barata y segura, de ahí su popularidad. El nombre de rosario proviene del sistema de extracción, consistente en unas sogas equipadas con cangilones o arcaduces (un cazo de cerámica) y su parecido a los rosarios de rezo. Los ejemplos que van quedando pueden ubicarse perfectamente en los S XVII y XVIII, pero al ser tan difíciles de datar a simple vista, muchas de ellas se pueden remontar a tiempos mas antiguos.

El agua sacada de estas norias se podía emplear en dar riego a huertas y jardines, poner en funcionamiento un molino hidráulico o simplemente dar de beber a las bestias, pero veamos algunos ejemplos de cerca y como funcionaban.

Noria de Orozco de Arriba. Esta noria de rosario, tiene unos peculiares contrafuertes con arcos insertados de ladrillos. La fábrica del edificio está realizada principalmente de mampostería. A diferencia de otros edificios contemporáneos y de la zona, se observa el empleo de mortero de cal en sus muros, puesto que el continuo contacto con el agua haría peligroso el uso de barro. Está situada junto al arroyo de la Culebra, lugar de toma de agua del acueducto de la Trinidad (S XVI).  Por desgracia y fuera de foto, la mitad de la noria se ha perdido por la fuerza del arroyo.

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Noria de Orozco

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Detalle de un contrafuerte con su arco integrado

 

 

 

 

 

 

 

En este dibujo de planta y alzado de la noria de Orozco se aprecia el sencillo sistema de rosario tirado por fuerza animal o sangre. Los cangilones recogen el agua y la vierten en una canalización o atarjea situada en la parte alta de la noria para ser conducida a los huertos y bancales de regadío. El arroyo de la Culebra pasa gran parte del año seco o con muy poca corriente, pero eso no impide que por las capas freáticas siga fluyendo un caudal que permita poner en funcionamiento la noria. 

Noria Orozco

Dibujo realizado por Lagares y Cortijos

Otro ejemplo parecido a Orozco lo encontramos en esta gigantesca noria de mampostería situada en el cauce del Guadalmedina. A parte de los contrafuertes, aquí se pueden apreciar los mechinales o huecos de vaciado de aguas, tan perjudiciales para la obra. Hay que resaltar que el interior de la estructura está compuesto de tierra apelmazada, elemento constructivo barato y estable, buena prueba de ello es que después de dos siglos la noria sigue en pie.

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Noria del Guadalmedina. Esta imponente noria casi parece una atalaya que vigíla el curso del río

Noria de La Campana, con cadenas de ladrillos.

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Noria con cadenas de ladrillos en sus esquinas.

El pozo de la noria es el elemento principal. Por aquí discurre el rosario de cangilones movido por fuerza animal mediante un sencillo sistema de engranajes o bigarras. Los contrafuertes de arcos que jalonan el pozo refuerzan los muros de mampostería.

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El sistema era movido por un animal enganchado a una collera. Tirado por burro (no tengo constancia del uso de mulos) el proceso de extracción podía durar turnos de sol a sol, siempre guiado y vigilado por la persona a cargo de la noria.

En el extremo más bajo del pozo había que colocar otra bigarra para que el rosario hiciera con normalidad el giro completo. (ver dibujo) Para las frecuentes reparaciones en muchos casos encontramos accesos al fondo del pozo de la noria, como esta en el arroyo Jaboneros.

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Escalera de acceso a la parte inferior de la noria

Las norias iban asociadas a una red de atarjeas y acequias para posibilitar el riego de huertas y bancales. En algunas huertas podemos encontrar verdaderos ejemplos de ingeniería, donde se levantan pasos elevados para salvar torrenteras y arroyos. No hay que dejar de recordar que estas obras estaban promovidas por propietarios que cargaban con el peso de los gastos de la construcción, dato que hace que estas construcciones tengan una carga más de interés.

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Paso en Huerta de Segura, Jaboneros.

Esta mina de Pro Bajo no está relacionada directamente con su noria, pero los alrededores de este impresionante lagar (ya colgaremos un día fotos de él) están plagados de túneles, atarjeas y minas relacionados con el riego.

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Interior de la mina de riego de Pro Bajo

Estas construcciones se situaban en los márgenes de los arroyos, pues esto garantizaba el acceso al agua. Las avenidas e inundaciones propios de nuestros cursos fluviales y en no pocos casos, la mano del hombre, están haciendo desaparecer para siempre estos interesantes ingenios de tradición medieval de nuestra provincia.

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Imágenes de Lagares y Cortijos. Estas imágenes se difunden para uso didáctico. Citen y hagan buen uso de ellas.