Las estufas de pasas

El sistema de pasificación en toldos o paseros presentaba una serie de inconvenientes. En primer lugar, entrados los meses de otoño el proceso de secado se podía ver afectado por la presencia de lluvias o la disminución de horas de sol. Por otra parte, el método tradicional de soleo requería un tiempo de algo más de dos semanas para obtener el producto deseado, pudiendo ser esto un serio contratiempo en las explotaciones que contaban con una gran cantidad de viñas. Para evitar la ruina de la cosecha o reducir los tiempos de producción, en las fincas agrícolas dedicadas a la pasa solían contar con unas instalaciones conocidas como estufas, llegando a ser su presencia tan difundida en el paisaje de viñas de La Axarquía como lo fueron los propios paseros.

                Aunque existen ligeras variantes, por lo general las estufas se caracterizan por ser un recinto cubierto con una caldera en su interior. El funcionamiento era sencillo, una vez repartidas las cargas de uva en estanterías, se caldeaba el lugar quemando carbón mineral con el fin de desecar el fruto. En torno a un día, se obtenía una pasa aceptable para la comercialización, aunque esta era considerada de menor calidad que la pasa soleada.

Estufa

Estufa en el valle del Guadalhorce

                En cuanto a la descripción arquitectónica de las estufas, estas se definen por ser una edificación de factura sencilla con escasas particularidades. Suelen localizarse en las inmediaciones de la casa de campo y los paseros, su planta es rectangular o cuadrangular, de una sola altura, con una cubierta de tejado a uno o dos planos y un solo vano de acceso para lograr el mayor aislamiento posible en el interior. Respecto a los materiales y técnicas empleadas en la construcción, son los mismos que se utilizan en la arquitectura tradicional de cada comarca, por lo general, mampostería trabada con barro o mortero de cal para los muros, y cañizos, alcatifa de tierra y tejas cerámicas para la cubierta.

ESTUFA LAGAR

Dibujo de estufa tradicional de La Axarquía

                La caldera, pieza principal de la instalación, se resuelve con una obra de mampostería o ladrillos cerámicos tanto para el hogar como para el conducto de salida de humos. Esta ocupa una posición central en la estancia a fin de irradiar el calor a todos los lados de forma homogénea, aunque también puede situarse en alguna de las esquinas. En cuanto a las estanterías, sus baldas ocupaban el perímetro de la sala, superpuestas en grupos de tres o cuatro. Las más primitivas se confeccionaban con cañizos o zarzos atados con hiscales o con simples tablones, algo más evolucionadas son las baldas confeccionadas con mallas de alambre y marco de madera.

lateral lagar

Sección de muro. Detalle del sistema de fijación de las baldas en los atanores

                El elemento de mayor singularidad de estas construcciones lo ofrece el sistema de fijación de las baldas a la pared, para ello, durante la construcción de los muros se insertaban y repartían de forma regular tubos cerámicos o atanores, dispuestos en horizontal y con uno de los extremos o boca dando al interior de la estancia. A continuación, sobre estos atanores se introducía una vara de madera que haría de sustento a la balda. Este sistema permite retirar las estanterías de forma sencilla y rápida para operar en el interior de la estufa. Otros sistemas más evolucionados se desarrollaban con estanterías abatibles mediante goznes, pudiendo aún encontrarse algunos ejemplos en el valle del Guadalhorce.

Gozne

Goznes para estanterías abatibles.

                A pesar del papel que jugaron y de su importancia en la cultura agrícola de incluso otras regiones, pues este sistema llegó a Alicante de manos de emigrantes malagueños a finales del siglo XIX (Fuster Montagud, 2015), el descenso de producción y los cambios en las técnicas dieron como resultado el abandono de las estufas. En la actualidad, la práctica totalidad de ellas están en ruinas o se han reconvertido a otros usos, siendo una parte de la cultura de la pasa olvidada y escasamente documentada, pasando desapercibida cuando se alude a los sistemas de producción agrícola de La Axarquía. Sería de interés que la reciente inclusión de los sistemas de producción de la pasa en el SIPAM de la FAO tenga como una de sus consecuencias  la promoción del estudio y preservación de los escasos ejemplos que quedan de estas construcciones tan características.

 

 

 

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APUNTES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS FUNCIONALES DE LOS LAGARES DE MÁLAGA (PARTE II)

Siguiendo el hilo de la entrada anterior sobre la evolución del lagar de vino durante la Edad Moderna, en esta segunda parte vamos a exponer algunos de los elementos funcionales más comunes de estas edificaciones. El trabajo aquí expuesto es la versión preprint del artículo publicado por el autor en la revista ARQUEOLOGÍA Y TERRITORIO del departamento de Prehistoria y Arqueología y el departamento de Historia Medieval y CC. TT. Historiográficas de la Universidad de Granada.

En concreto, el lagar es el lugar donde se pisa y prensa la uva para convertirla en mosto, y como se puede observar, este lugar clave en el proceso de vinícola terminó por prestar su nombre al edificio completo. El lagar se compone de dos espacios principales; por un lado está la zona de prensado, compuesta por el lagar de pisar y la prensa de viga; y por otro, el tinajero, lugar destinado a albergar grandes tinajas donde fermentaba el mosto. Esta característica diferencia el lagar malagueño de explotaciones agrarias dedicadas a la vitivinicultura de otras zonas de Andalucía.

dibujo

Siguiendo este esquema, el primer espacio a analizar sería la zona de prensado. Aquí se encuentra el lagar de pisar, un receptáculo con paredes perimetrales de escasa altura destinado a realizar a la primera pisa y cuyo suelo se realizaba con mazaríes de barro para facilitar la limpieza. Aquí se realizaría la primera pisa, cuyo mosto resultante caería a un pozuelo de decantación conectado a través de una canaleta hecha de teja o atanor. De esta operación saldría el vino conocido como “lágrima”. Los hollejos y escobajos sobrantes se amontonaban en una esquina del lagar de pisar cuya pared estaba protegida también por un triángulo de mazaríes.

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Pozuelo de decantación, lagar Lo Rute, Cerro del Moro, Málaga.

A partir de aquí, los operarios insertaban los hollejos de la uva en unos capachos de esparto para realizar una segunda prensada. Estos capachos se colocaban debajo de la viga, cayendo el líquido resultante en otro pozuelo independiente al anterior. La prensa tenía un sistema de funcionamiento bastante elaborado, pues entraba en juego una serie de movimientos de husillo, hembrilla, quintal, etc. Baste decir para esta descripción, que la viga se encontraba fijada a las vírgenes y guiaderas, unos maderos situados en la pared y a mediación de la viga. Para una demostración más visual, recomiendo este vídeo didáctico sobre el funcionamiento de una prensa de almazara, cuyo funcionamiento es similar al de los lagares. La madera utilizada para estos pertrechos solía ser de encina y similares, preferidas por su gran dureza dado el continuo esfuerzo al que estaban sometidas, en el caso de la viga, se utilizaría madera de ciprés, por la flexibilidad y el largo que ofrecen sus troncos. Las vigas fueron sustituidas en su mayoría por prensas de fundición de tipo torre a mediados del siglo XIX, por lo que apenas quedan ejemplo de vigas. Se han podido documentar en el lagar de la Campana, partido de Jaboneros, lagar de Cotrina, en Venta Larga, lagar de lo Rute en Cerro del Moro, y en el lagar de Morales, Vuelta Grande, todos ellos en el término de Málaga.

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Prensa de tipo viga expuesta en la bodega Dimobe, Moclinejo, procedente de un lagar de Cerro del Moro

La viga no dejaba de ser una gran palanca de madera, y la resistencia se realizaba en la torre de contrapeso, uno de los elementos constructivos más visuales de estos lagares. Se trata de un muro de grandes dimensiones cuya función es la de servir de contrapeso a la fuerza ejercida por la prensa de viga. Desde un punto de vista arquitectónico la torre se localizan en un lateral de la nave y se construyen de mampostería, no observándose casos de uso de técnica de tapial en estas construcciones locales, como la existente en el ingenio de San Antonio Abad, en el término de Nerja, cuya fábrica se realiza en su totalidad de tapia. Las dimensiones suelen oscilar entre 1m y el 2,10, como el de lagar de Timoteo, aunque lo más normal es que sus medidas lleguen al 1.20 de anchura. La altura también es variable, dependiendo este hecho de la fuerza que ejerce la viga.

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Lagar de Bracho, Cártama. En primer término, se puede observar el remate de la torre de contrapeso.

Estas estructuras aparecen decoradas con un remate de diversas formas y acabados. Los diferentes estilos pueden responder a una evolución cronológica, que como en otros casos, tiene su máximo apogeo ornamental durante el siglo XVVIII. Los más simples, y quizá los modelos más primitivos, son aquellos que terminan en plano sin ningún tipo de decoración, como el existente en el molino viejo de Santa Tecla o Velarde, partido de Churriana. Algo más evolucionados son aquellas terminaciones con forma semicircular, cuyo ejemplo se puede observar en el lagar del Turco Bajo, y los remates a cuatro aguas como el de la Molineta, partido de Chaperas, Málaga. Con clara influencia del barroco hay algunos ejemplos de interés como el lagar de Jotrón y lagar Nuevo, término de Málaga, y el lagar de Verdugo, término de Totalán, con unos singulares remates de terminaciones mixtilíneas.

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Torre de contrapeso con decoración mixtilínea, lagar de Verdugo, Totalán.

El tinajero era dependencia separada pero inmediata a la prensa, a nivel más bajo para facilitar el transvase desde el depósito de decantación, tenía la función de bodega de fermentación. Estas tinajas se encontraban fijadas y enterradas a 3/4 en el suelo. Los recipientes eran traídos desde los alfares de la capital, de donde también se traían las tejas, mazaríes y ladrillos. Es necesario recordar que estos lagares estaban situados en zonas rurales aisladas, y traer estas grandes tinajas era una empresa bastante costosa, pues ni la orografía ni los caminos facilitaban el porte. El número de recipientes instalados en los lagares era variable dependiendo de la explotación agrícola, por citar un ejemplo, en Pacheco Bajo, en el partido de Chapera, Málaga, se encontraban 20 de estas tinajas, aunque es difícil de determinar en muchos casos su número pues estos edificios fueron transformados al perder importancia la industria del vino. Estas tinajas eran recipientes de gran tamaño, llegando a alcanzar alturas de hasta 2.10 metros de profundidad como las que se han documentado en Monticelli, Almogía.

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Tinajero localizado en un lagar del término de Almogía

Estas tinajas podían albergar hasta 60 @, es decir, 990L. Es reseñable la alusión que hacen algunos documentos de archivo sobre la existencia de una tipología denominada “tinajas moriscas”, de morfología no identificada, pero cuya capacidad rondaría según las descripciones aportadas entre las 50 y 80@. También se ha podido documentar una gran variedad de sellos de alfares y otras inscripciones en las propias tinajas, apuntando la posibilidad de un futuro estudio sobre las tipologías y procedencias de la tinajería empleada en los lagares de la región durante la Edad Moderna.

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Firma de alfarero, tinaja situada en la Venta Galwey, Málaga.

APUNTES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y CARACTERÍSTICAS FUNCIONALES DE LOS LAGARES DE MÁLAGA (parte I)

           Hasta bien entrado el siglo XX, el lagar de vino fue la construcción dispersa más habitual de las comarcas de la Axarquía, Los Montes y el Valle del Guadalhorce, conformando un paisaje agrario de rasgos y características singulares. Sin embargo, estas edificaciones tradicionales se han visto afectadas por la profunda desestructuración económica y cultural que desde la década de los sesenta arrastra las zonas rurales inmediatas a Málaga. El conjunto de los lagares adolece de un avanzado proceso de abandono, o en su defecto, ha sufrido agresivas rehabilitaciones a otros usos, desfigurando de forma irreversible la fisionomía de los inmuebles. Mayoría son ya los que están en ruinas o han sustituido sus elementos constructivos vernáculos por otros de factura contemporánea.

Por otra parte, no se puede obviar el avance del urbanismo que viven las zonas próximas a la ciudad y la franja más inmediata a la costa. El inevitable desarrollo de infraestructuras viarias, zonas residenciales y polígonos industriales propicia la demolición de históricas explotaciones agrícolas, escasamente documentadas y estudiadas, y, por ende, carentes de cualquier tipo de protección.

En este sentido, las siguientes líneas tratarán de señalar algunas de las características evolutivas y tipológicas de los lagares, fruto de un trabajo que tiene por objeto conocer el patrimonio agrario y la arquitectura tradicional de las tierras que rodean la capital. Este estudio se ciñe al territorio que ocupa el término municipal de Málaga y sus colindantes, que son Torremolinos, Alhaurín de la Torre, Cártama, Álmogía, Casabermeja, Colmenar, Comares, El Borge, Moclinejo, Totalán y Rincón de la Victoria.

Es necesario señalar que el trabajo aquí expuesto es la versión preprint del artículo publicado por el autor en la revista ARQUEOLOGÍA Y TERRITORIO del departamento de Prehistoria y Arqueología y el departamento de Historia Medieval y CC. TT. Historiográficas de la Universidad de Granada. Debido a la extensión del mismo, el texto se ha dividido en dos partes y publicado en dos entradas.

 

EVOLUCIÓN DEL LAGAR

Al igual que la viña, los lagares diseminados en los parajes montuosos próximos a la ciudad de Málaga han estado presentes, al menos, desde el siglo IX, en estrecha relación con las comunidades mozárabes allí existentes. De esta antigüedad da testimonio yacimientos arqueológicos como la fortaleza de Marmuyas, en Comares, donde se pudo documentar la presencia de una primitiva lagareta labrada en la roca. Sin embargo, las referencias directas que se tienen de este tipo de edificaciones son en la práctica inexistentes durante la etapa musulmana, siendo solo las alusiones, principalmente durante época nazarí, sobre la presencia de viñas y el consumo de vino de Málaga, señal de su indefectible presencia.

Habría que esperar a las fuentes castellanas de finales del siglo XV para tener noticias más concretas de estas edificaciones, aunque estas tampoco son muy prolijas en detalles. En este sentido, la documentación generada tras las conquistas de tierras al reino de Granada aporta algunos datos significativos, como los libros de repartimientos de las tierras de Ronda, un emplazamiento quizá no tan próximo a las comarcas analizadas, pero del que se pueden extraer conclusiones de interés. Aquí se menciona el reparto entre nuevos colonos de algunos lagares urbanos, así: “Las casas que eran del jurado García Rubíncon vn establo que está debaxo de la dicha casa, e con la casylla del lagar, dieron a Sancho de Çelis,”, “está vna puerta cerrada e vn postigo de vn lagar que se dió a Trebiño e a Diego de Medina, jurado”, “Junto con ella está vn postigo de vn lagar: queda con las dichas casas. Sin embargo, por lo ambiguo del contexto es difícil confirmar que se trate de un lagar construido durante el periodo nazarí o si, por el contrario, se trataba de edificaciones de nueva planta que se volvieron a repartir, pero en cualquier caso evidencia su presencia en momentos tan tempranos como 1485-1491.

En los repartimientos de las tierras de Málaga no aparecen referencias a lagares, sin embargo, sí que se otorgan permisos para el establecimiento de nuevas bodegas de vino, algunas de ellas en las mezquitas de alquerías como Benagalbón, quizá por la idoneidad de estos sitios por su condición de espacios amplios y bien situados en los poblados. Estas primitivas bodegas situadas dentro de las poblaciones debían tener asociados un lugar para la pisa y prensado, pues en la producción tradicional del vino local el proceso de extracción del mosto y su posterior fermentación se realizaba bajo el mismo techo. Ejemplos urbanos que cumplan estas características se pueden encontrar aún en distintas poblaciones de la actual Axarquía, como la lagareta de calle Puente, en pleno casco antiguo de Salares. Su configuración se desarrolla como un espacio de planta rectangular de pequeñas dimensiones, suficiente para las labores de la pisa, prensado, albergar un pozuelo de decantación y algunas botas de vino. Aunque su estructura está integrada dentro de una vivienda, la lagareta es independiente a esta, pues su acceso se realiza a través de la calle. En cuanto a sus aparejos, estos se limitaban a una viga de mano anclada a la pared mediante vírgenes.

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Lagareta en el pueblo de Salares

            Es así como la expansión de la industria del vino crece durante el siglo XVI mediante la roturación y desmonte de tierras comunales, y para comienzos del siglo XVII se observa un crecimiento de nuevos propietarios de pequeña y mediana entidad, todo ello amparado por un cabildo municipal que veía en los nuevos plantíos una importante fuente de ingresos por las concesiones de licencias. Aparejado a estas fincas se construyeron las primeras edificaciones de nueva planta o reaprovechando antiguas edificaciones de época nazarí, a juzgar por las descripciones realizadas en el Libro de Composiciones de Felipe II conservado en el Archivo Municipal de Málaga.

            Atendiendo al trabajo de campo realizado, estos lagares diseminados debieron ser construcciones sencillas donde predominaba la planta de dos naves con torre de contrapeso, cocina, cuadras y, en algunos casos, una primera planta con alcoba y trojes, como se observa en el lagar o molino de Santillán, cuya licencia de construcción se registra en 1495. Este singular ejemplo de construcción documentada en la primera fase castellana ha sufrido sucesivas ampliaciones realizadas durante los siglos siguientes, pero cabe pensar que los muros maestros de la nave del lagar y el tinajero, realizados con técnica de tapial con cajones de 80 x 45 x 120cms, pudieran corresponder a la estructura original.

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Lagar de Santillán, actual término de Rincón de la Victoria.

            Aunque algo más tardío, este modelo se repite de nuevo en otra edificación situada en Almogía. Se trata del lagar de Monticelli, documentado a mediados del siglo XVII gracias a una fecha incisa en la bodega del propio lagar, con el añadido que esta fecha pudiera señalar solo una reforma. En cualquier caso, vuelve a aparecer un lagar de dos naves de 27m. x10 m. con muros maestros de tapia, solo que, en esta ocasión, se trata de una técnica diferente de arquitectura con tierra, ya que en vez de cajones se utilizan tongadas corridas de lado a lado del muro. A la construcción principal se le adosan tiempo después dos cuerpos en perpendicular con 5 x 10 ms, dejando una planta en forma de C que permite un patio de laboreo en el centro.

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Lagar de Monticelli, Almogía

             Son estos lagares del siglo XVI y XVII de aspecto sobrio, pues no otorgan espacio a ornamentación alguna salvo, quizá, en las torres de contrapeso, decoradas con listeles de ladrillos horizontales y remates con formas básicas como semicírculos. Sus paredes revestidas con cal blanca, a la almagra o añil, carecen de las pinturas murales que empezarán a hacerse más comunes en el siglo siguiente. Sus vanos, abiertos al SE, son pequeños y desordenados, haciendo que el interior se conserve fresco y oscuro, siendo esta una manera de huir de la climatología exterior, ayudando al mismo tiempo a mantener una temperatura constante en la bodega. Algunos casos de lagares simples de dos naves con muros de tapia se detectan en Ahumada, Corachilla, Carvajal, Polanquito, Charrangueras, Loberas y Arias entre otros, todos ellos dentro del término municipal de Málaga. Un análisis más exhaustivo de estos lagares de dos naves podría acercar a conclusiones más firmes sobre la tipología y características de la arquitectura rural de los siglos XVI y XVII.

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Lagar de Loberas, partido de Santo Pitar, Málaga

            En el siglo XVIII la oferta de productos vitivinícolas desarrollaría la economía y la integración de Málaga en el comercio internacional, hasta el punto de convertirla en una rica región periférica durante la Edad Moderna. Después de los altibajos comerciales de la segunda mitad del siglo XVII, el siglo XVIII aparece como un periodo donde la exportación de vinos recobra fuerzas. De este periodo se constata también la aparición de los primeros extranjeros atraídos por el comercio, fruto de ello ha quedado una variada toponimia de apellidos europeos adaptados al habla local, como el lagar del Lince por Linch, lo Brun por Broune, Pro por Protzen, Bitambé por Wittemberg, Cuti por Quilty, Garbey por Galwey etc. Autores como Medina Conde ofrecen algunos datos sobre producciones y exportaciones, permitiendo conocer de forma sucinta la situación del vino y, de forma extensiva, la de los viñedos y lagares. Comenta el autor que entre 1765 y 1769 se produjeron en el término 2.845.695 @ de vino, de las cuales algo más de la mitad fueron exportados a países extranjeros, una cifra, y ello sin contar con el negocio de la pasa, que indica que la actividad viticultora en el XVIII era el principal motor económico de la ciudad y de la Axarquía original.

            En arreglo a este auge del comercio exportador, en este siglo se observa al mismo tiempo un desarrollo arquitectónico y cambio en los modos de construir de las zonas rurales. Es necesario señalar en este punto que establecer evoluciones cronológicas en la arquitectura tradicional es un ejercicio orientativo y no exacto, pues, como en la propia arquitectura culta, los estilos se solapan, conviven y se mezclan durante tiempos indefinidos. Diversos factores pueden incidir en el resultado final de una obra de forma independiente a su tiempo, como la capacidad económica y gustos del promotor, los materiales constructivos disponibles, el reaprovechamiento de estructuras anteriores que obliguen a adaptar un determinado modelo, etc. En consecuencia, estas especificaciones sobre la evolución de las construcciones rurales se basan en percepciones generales tomadas a través del trabajo de campo. La documentación es también en este periodo de gran ayuda por su abundancia, es el caso del Catastro de Ensenada, que facilita la tarea de análisis de esta arquitectura anónima a través de las descripciones y declaraciones contenidas en sus Respuestas Particulares. Un volcado de su contenido arroja 1254 declaraciones de casas de campo con lagar en todo el antiguo término de Málaga donde se indican el número de naves, tinajas, plantas altas, corrales, pajares, caballerizas y otras dependencias de las casas de las zonas rurales.

            Ya sea por reforma integral del edificio o por construcción de nueva planta, en el siglo XVIII se observa que los inmuebles abandonan la sobriedad del periodo anterior para dejarse influenciar por un barroco pasado por el tamiz de lo popular, por lo que no termina de haber grandes muestras de ostentación arquitectónica, salvo quizá, en el desarrollo de grandes volúmenes constructivos. Por otra parte, en los ejemplos de edificaciones planificadas por propietarios con gran capacidad económica se puede entrever que las dependencias y espacios, además de mayor volumen, cobran una separación más marcada de los usos residenciales y productivos, por lo que en este aspecto también se evoluciona con respecto a la etapa anterior. Ejemplos modelo de estos nuevos lagares son el lagar de Las Parras, el lagar de Almendrales, lagar de Lo Muñoz, lagar de Pro Alto y, por supuesto, Jotrón, máximo exponente de este momento.

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Lagar de Las Parras, partido de Jaboneros, Málaga

             Estos ejemplos mencionados cuentan con patio central en torno al cual se desarrolla las dependencias, y en el caso de Almendrales, el perímetro del patio está recorrido por sencillos arcos escarzanos de ladrillo, como si de un claustro se tratara. El acceso a estos patios se practica o bien mediante un camino que comunica desde la puerta principal, atravesando para ello la crujía de una nave, o bien mediante de forma directa con un portón levantado en un lateral con formas decorativas mixtilíneas y jarrones cerámicos en su parte superior.

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Pasillo de laboreo, lagar de Cea, arroyo Jaboneros

            En este siglo los vanos se ordenan de forma racional por las fachadas y al mismo tiempo, su tamaño se alarga dejando entrar la luz al interior de las estancias principales, no así para otras dependencias de servicio como cuadras y pajares. Aunque es probable que los cierres de forja también fueran propios del siglo anterior, empiezan a ser más frecuentes balconadas con formas abombadas sobre las puertas principales y rematadas por un tejaroz. También desarrolla la rejería de forja para cierre de vanos a base de cuadrillos y una sencilla decoración en forma de flor en el cruce de los hierros.  El estado de abandono de la mayoría de estos lagares ha propiciado que los elementos de hierro hayan sido expoliados para su reventa, pero debieron existir otros ornamentos en la fachada como cruces, soportes de canalones, tiradores de portones, cerraduras, aldabas, tachuelas de portones etc.

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Cruz rematando el acceso a la finca de San Cayetano, partido de Santa Catalina

            En los tejados empiezan a aparecer las tejas vidriadas combinándose a dos colores en las cumbreras, es decir, la hilera que remata el tejado y lo divide en dos faldones, y en canalones de evacuación. Los colores habituales eran el verde, azul y ocre en diferentes tonalidades que se conseguía cociendo las tejas y aplicando una mezcla de alcoholes y distintos tipos de óxidos mezclados con plomo o albayalde. Pocos son los tejados que se han conservado de este siglo, pues el cambio de cubiertas era una tarea que se debía realizar cada cierto tiempo por podredumbre de las vigas y alfajías.

            Las capillas y oratorios de las fincas privadas eran puntos de reunión y del campesinado que vivía alejado de las iglesias parroquiales o de las ermitas rurales, estas últimas escasas en número y situadas en zonas, por lo general, retiradas. El mantenimiento y funcionamiento de estos lugares, casi siempre, situados en la finca principal del lugar, corría a cargo del propietario de la heredad donde se ubicaba. Un interesante documento fechado en el año 1667 relativo a la capilla de Chinchilla, pago de Chaperas, término municipal de Málaga, aporta datos sobre el modo de administrar una capilla del lagar. Las misas se celebrarían los domingos, donde se reunirían los vecinos del pago para escuchar al sacerdote oficiante. Este recibía a cambio de sus servicios comida, una jumenta y unos honorarios acordados y pagados por el propietario de Chinchilla. El hecho es que es incuestionable que en estas capillas rurales la participación de los vecinos en los oficios religiosos suponía la ritualización de las relaciones sociales y de expresión de la pertenencia a un espacio común, pero, por otra parte, también era lugar donde el gran propietario demostraba su capacidad como ente aglutinador de la vecindad y su potencial económico, y esto se puede observar a través de su arquitectura, pues estas dependencias, anexas o exentas del edificio principal, eran unas construcciones donde se daba una licencia creativa y artística que apenas aparecía en el resto del lagar. Estas capillas suelen rematarse con espadañas o antepechos con decoración mixtilínea en su fachada principal, también existen ejemplos donde toda la capilla aparece decorada con pinturas murales de tipo geométrico, que indican un figurado despiece de sillares de colores llamativos, además de hornacinas, pequeñas pilas de mármol labrado para albergar el agua bendita o incluso pequeños y sencillos retablos de madera.

            Estos espacios suelen tener una planta rectangular y de pequeñas dimensiones, entre los ejemplos documentados destacan la capilla de lo Muñoz, en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Se trata de una capilla exenta de planta rectangular y fábrica de mampostería decorada con antepecho en su fachada principal, pinturas murales de tipo geométrico y un arco rebajado en el vano de acceso, también es reseñable la capilla del lagar de Las Ave Marías, de características similares y con pinturas murales simulando ladrillo fingido, y por último,  la capilla del lagar de La Campana, erigida con cajones de tapia con verdugadas a tres bandas de ladrillo, como elemento ornamental reseñable, cuenta con una gran espadaña rematada a dos aguas.

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Capilla lagar de La Campana, partido de Jaboneros, Málaga

            El pilar o fuente es otro elemento remarcable en la composición general de estas fincas, tendente también a ser objeto de ornamentación, quizá por el gran valor que goza el agua en el imaginario rural. Sin la fuente o pilar la vida en los hábitats rurales no sería posible, pues esta otorga no solo agua, sino frescor en una región donde el clima cuenta con veranos calurosos. Esta importancia dada se refleja en la configuración de los pilares situados en el ruedo o ejido del lagar, en ocasiones bajo una pérgola que reforzaba la sensación de frescura. Estas se componían por el propio pilar, un receptáculo de obra de fábrica de ladrillo y mortero de cal hidráulica. El agua caía por un surtidor que podía estar rematados con mascarones de hierro o una decoración de azulejería.

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Mascarón lagar de la Tercia, partido de Jaboneros, Málaga

            El elemento más llamativo del pilar lo otorgaba el frontal de la fuente, de composición libre, pero por lo general coincidente con el remate de la propia torre de contrapeso. Entre los más habituales están los de arco de círculo, triangular o entrecortado, encima de estos frontones se documenta la presencia en grupos de tres de piñas, jarros cerámicos o, en los casos más humildes, macetas. También se documenta la decoración con pinturas murales a la almagra con incisiones en algunos casos, como en el lagar de Caldete, Almogía, y la Fuente de las Parras Viejas, en Casabermeja.

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Pilar en el lagar de Rovira el Viejo, Vuelta Grande, Málaga

           En el siglo XIX el paisaje rural conoció una serie de evoluciones en su gran mayoría adversas a su buen desarrollo, teniendo como resultado final la crisis y posterior desestructuración del sector agrícola de secano. Este siglo no tuvo un buen comienzo, la invasión napoleónica hizo que muchos de los propietarios abandonaran sus inmuebles y heredades de las zonas urbanas y rurales, por lo que con el tiempo estas acabaron arruinándose y perdiendo gran parte de su valor, creándose a continuación un mercado de compraventa de propiedades abandonadas. Sin embargo, la agricultura seguía siendo el principal sector económico de la región, absorbiendo el 45 por ciento de la mano de obra activa, aunque en su gran mayoría bajo la forma de trabajo temporal.  Es a partir de los años 60 de este siglo cuando se observa que los cultivos de secano tradicionales y orientados a la exportación como el vino y los frutos secos empiezan ser objeto de un lento declinar frente a otros cultivos de raíz tropical, como la caña de azúcar, remolacha, chirimoyos, cítricos, etc. Esta pérdida de fuerza en el secano pudo ser motivada entre otros factores, por la falta de innovación e inversión en los sembrados y sus productos derivados. Este hecho ya lo señalarían autores del cambio de siglo como Bartholomé Ghiara, que en su obra La Vinificación mediante el empleo exclusivo de la asepsia industrial denunciaría el escaso cuidado que ponían los productores de vino en el cuidado de la calidad y buen nombre de sus productos. Finalmente, a esta situación de decadencia se le uniría en 1877 la llegada de la filoxera, un insecto parásito de la vid procedente de Norteamérica y que llegaría por estas tierras a través de unas viñas sembradas en el lagar de la Indiana, término de Moclinejo. La enfermedad, que secaba la planta en un periodo corto de tiempo, arrasaría los cultivos de montes ante la indefensión genética de las viñas autóctonas.

            El ocaso del cultivo de secano se dejaría notar de forma visible en la arquitectura rural, pues en el siglo XIX parece que la construcción de nuevos lagares similares a los del periodo anterior sufre un estancamiento. Si se analizan los padrones realizados desde el año 1834 hasta el año 1896 evidencia que la propiedad en Los Montes, lejos de concentrarse, como así ocurría en la vega del Guadalhorce, tendía a la fragmentación casi minifundista. Dos ejemplos singulares por lo ilustrativo del proceso están en las fincas de Lo Milla y Lo Brun, ambos en el partido de Jaboneros, término de Málaga. Sumando todas las piezas de tierras ambos propietarios poseían algo más de 600 ha de tierras cultivadas e incultas, sin embargo, avanzado un siglo, estas mismas propiedades se fragmentan en doce y diez partes respectivamente. Este ejemplo aportado no indica más que dos casos concretos en un territorio tan amplio como la comarca de Los Montes, y, por lo tanto, no puede ser concluyente, pero lo cierto es que siguiendo estos mismos padrones del XIX, sumado al trabajo de campo, se observa la fragmentación generalizada de los antiguos lagares y una proliferación de casas de escasa entidad con lagareta.

            Siguiendo la línea expuesta, son pocos los lagares de nueva planta que se han podido documentar en este periodo, por lo que no es posible extraer patrones que los que los engloben, y las pequeñas casas con lagareta más bien encajarían en otra tipología de construcción campesina, pues la elaboración de vino no ocupa la actividad principal de la explotación agrícola. Por el contrario, si se documentan aquellas que se benefician de reformas, son el lagar de Torrijos, y el lagar de los Negros durante los años 1843 y 1821 respectivamente.

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Lagar de Los Negros, Santa Catalina, Málaga

 

           Estos ejemplos, aunque escasos en número, son de interés para el análisis de este periodo, pues las Respuestas Generales indican que son construcciones de “cuerpo pequeño”, entendiéndose que las reformas de la primera mitad del XIX modificarían el aspecto general de la construcción. Estos dos lagares tienen un aspecto similar ya que ambos presentan planta de dos naves de tamaño muy similar (aprox 15 x 7m.) Las construcciones cuentan con una segunda altura con balcón central de forja apareciendo el resto de los vanos distribuidos de forma ordenada y simétrica por la fachada. Su fábrica es íntegra de mampostería con ladrillos en los quicios de los vanos. Los edificios tornan de nuevo a la sobriedad y la sencillez de líneas, libres de pinturas murales y las decoraciones de líneas quebradas y curvas del barroco popular, hasta el punto de que la torre de contrapeso, habitual elemento constructivo rematado con ornamentos, se integra en el cuerpo principal de la construcción sin concesión alguna a la decoración. Se impone también el blanco en las fachadas, aunque las pinturas a la almagra y con añil siguen haciendo acto de presencia. Ambas construcciones cuentan con un pequeño ruedo o ejido frente al edificio y un poyo de mampostería rematada con baldosas de mazaríes corrido en toda la línea de fachada, un emparrado ofrece sombra al descanso en estos poyos. El pilar se resuelve con frontal sencillo y caños simples, aunque en ambos ejemplos existen sendas placas de mármol tallado donde se indica una fecha de construcción.

            Aunque no puede corroborarse su fecha de construcción, ejemplos similares a los descritos aparecen en el partido de Jaboneros como el lagar de Cea o el lagar del Sevillano, en el partido de Gálica, todos ellos incluidos dentro del término de Málaga.

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Lagar del Sevillano, Partido de Jaboneros, Málaga.

BIBLIOGRAFÍA

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Batanes de papel en el Guadalmedina: El molino de Inca y Horadado.

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A escasos kilómetros de Ciudad Jardín aún podemos observar en la ribera del Guadalmedina los dos batanes de papel que existían en la ciudad Málaga. Estos batanes, conocidos como Molino del Inca y Molino Horadado, realizaban un papel de tipo estraza a base de fibras procedentes de trapos. Para entender la importancia de esta industria, baste decir que la estraza era imprescindible para el soporte y envoltorio de las cajas de pasas que se producían en el término.

Sobre el origen de estos molinos sabemos que uno de ellos, el de Inca, fue construido por José de Inca en la primera década del siglo XVIII, y aunque no dispongo de datos concretos de Horadado, bien es cierto que debió ser anterior al otro, ya que daría nombre al pago donde están situados. El lugar elegido para su construcción contaba siempre con agua incluso en las épocas más secas del año, requisito para una industria que carece de temporadas.

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El molino o batán de Inca pasaría a manos del colegio de Clérigos Menores de Santo Tomás, realizando papel con una producción estimada a mediados de siglo de 3300 reales de vellón. Por lo que respecta a Horadado, este siguió funcionando en manos particulares como Doña Teresa Gallardo, además, a este batán se le añadiría un molino harinero, muy escasos también en la ciudad. Horadado, de menor tamaño, producía 1100 reales de vellón anuales en papel.

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Torre de cubillos del molino Horadado

El destino de ambos batanes cambiaría con la construcción del conocido acueducto de San Telmo, cuya captación de agua estaría inmediata a estos edificios. En 1786 se construyen seis de los doce molinos proyectados de San Telmo y el Consulado, que estaba a cargo de las aguas del  nuevo acueducto, arrendaría Horadado e Inca. Inmediatamente empiezan a aparecer problemas con los pagos del arrendamiento y para el año 1800, ante la paralización por pleitos y discusiones, Horadado acabó arruinado y demolido. Poco después le llegaría el turno a Inca, que terminaría desligándose del acueducto, aunque por suerte este aún permanece en pié como testigo de aquella época.

Uno de los molinos de San Telmo.

Uno de los molinos de San Telmo.

Más complejo es determinar el sistema que utilizaron estos batanes, ya que como hemos visto, hace tiempo que dejaron de producir papel de estraza y su estado actual de ruina y soterramiento por el río (y la autovía) hace complejo imaginar su funcionamiento, pero intentemos ver que sistema pudieron emplear describiendo un batan de papel de la época.

Modelo de batán de trapos extraido de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

Modelo de batán de trapos extraído de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

El trapo era la materia prima fundamental para elaborar papel y su costo era bastante elevado. Para obtener trapos se recurría a la importación de ropas viejas traídas desde todas partes imaginables, como la misma provincia, Génova o las antiguas colonias americanas, llegando a convertirse en un negocio estratégico y de importancia. Era una materia cara y escasa, y su carencia crónica sería motivo de la búsqueda de nuevas fibras que sustituyeran el trapo, hasta que se llegó a la madera como materia prima en el siglo XIX.

Los batanes hidráulicos de mazos destinados a la fabricación de papel empezaron a generalizarse a partir del siglo XII. De este siglo en adelante los mazos evolucionaron dando diferentes acabados a las hojas de papel, sin embargo, los procedimientos básicos permanecen.

La primera operación que se realizaba para la obtención del papel consistía en el escogido y clasificación de los trapos, dejándose los mejores para la fabricación de los mejores papeles, y los peores para el papel de estraza o la estracilla. Hay que tener en cuenta que en el empleo de agua no sólo era importante por su cantidad, también por su calidad. Un agua con demasiados sedimentos o tierras daría un papel con una tonalidad más oscura, de ahí, que por la poca calidad del agua del río Guadalmedina fuera imposible obtener un papel blanco.

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Cuando la cantidad de tejidos almacenados era suficiente, estos se echaban a un pilón llamado pudridero, donde se le añadía agua para así facilitar una fermentación que duraba un periodo de 5 o 6 semanas. Como dato anecdótico, la graduación de esta fermentación era tal que podía quemar la mano si se metía en este caldo. No hay que decir que esta operación desprendía unos olores bastante desagradables, por lo que estos molinos deberían estar en lugares apartados.

Una vez fermentados los trapos se procedía a trocearlos para facilitar su majado con los mazos. Estos mazos eran accionados mediante una rueda hidráulica vertical con paletas movida por agua corriente de una acequia. Su eje estaría erizado de levas que levantaban los mazos de madera que a su vez golpeaban unas tinas donde se depositaría la materia prima. En el caso del Molino Horadado encontramos una torre de cubillos de tres paradas con unos interesantes recubrimientos cerámicos hechos a medida, por lo que nos puede hacer pensar que el sistema sería de rodeznos horizontales y la disposición de las levas sería diferente. Por desgracia, la completa desaparición de su estructura nos impide hacer un análisis más detallado. En el molino de Inca no se aprecia torre de cubillos, por lo que podemos pensar en una rueda vertical como máquina hidráulica.

Cubillos de Horadado

Cubillos de Horadado

A partir del siglo XVII los mazos llegan a un alto grado de especialización, llegándose a utilizar tres tipos diferenciados en el proceso:

Mazos de madera de punta afilada para deshilachar, otros de madera de punta roma y con clavos para moler y un tercer tipo, también de madera pero de punta roma, cuya función sería la de homogeneizar la pasta, desconocemos si los molinos de Inca y Horadado llegaron a tener estos grupos de mazos o sus sistema era más primitivo.

El tiempo empleado en majar los trapos rondaba entre las 6 y 12 horas, y si el sistema era de tres mazos se empleaba el doble de tiempo.

Una vez obtenida la pasta, el sistema de cuajado para la obtención del papel era bastante sencillo. En un molde rectangular y con rejilla se echaba la pulpa obtenida, esta pasta escurrida y ya con la forma del molde se transfería sobre un fieltro, intercalando de este modo una cantidad de hojas y fieltros, hasta completar una posta que se compone de 261 pliegos de papel. Finalizando el proceso, se prensaban las hojas con sus fieltros y se llevaban a un secadero natural.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Podemos imaginar que este sería el proceso llevado a cabo en estos batanes del Guadalmedina.

En cuanto a su obra, el molino de Inca estaba compuesto por dos naves de planta rectangular  paralelas y una tercera en su lateral. Su fábrica es de mampuestos gruesos de la zona con algunas verdugadas de ladrillos macizos  y ripios que equilibran la construcción.

También encontramos aparejos de ladrillos en los cárcavos de salida de agua y en las cadenas formadas en las esquinas de la construcción. Unas interesantes bóvedas de cañón con una cubierta a dos aguas de simple mortero de cal cierra la construcción.

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Es digno mencionar el detalle de los arcos que comunican las naves, con un interesante extradós alrededor de los mismos, única concesión al ornamento, pero a su vez, tan curiosos de ver en un edificio de uso industrial.

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En el caso de Horadado, como ya hemos comentado, su demolición nos impide ver como debió ser este edificio, aunque por el arranque de una bóveda se puede apreciar que debió tener características similares al anterior, si bien es cierto que la mampostería tiene una ejecución diferente. Lo único que queda en pié es la recia torre de tres paradas de cubillos que ni el Guadalmedina en sus peores riadas ha sido capaz de llevarse. Puede apreciarse que uno de los cubillos es un añadido posterior a la obra original, quizá correspondiente a aquel molino harinero mencionado anteriormente.

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Pieza cerámica recubriendo uno de los cubillos de Horadado.

Como siempre, otro edificio cargado de historia aparece abandonado y bandalizado. Es evidente que la peculiaridad, factura, dedicación e historia de los molinos de Inca y Horadado otorga a sus construcciones un gran valor como patrimonio preindustrial. La carencia de cualquier protección una vez más se hace patente con un simple vistazo, ya no nos sorprende. Durante la construcción de la autovía los desechos y sobrantes de hormigón fueron volcados sobre los arcos del molino de Inca, las plantas crecen entre los mampuestos haciendo cada vez las grietas más grandes, las pintadas cubren el interior de las bóvedas, ya se ha perdido una de sus naves y no hay visos de actuación sobre estas construcciónes. Por otra parte cabe preguntarse ¿qué implica una protección? sólo hay que observar como el emblemático acueducto de San Telmo, declarado B.I.C. y cuyo recorrido comparte paisaje con los batanes, carece de cualquier plan de conservación y acondicionamiento para su visita, ¿qué podemos esperar de las administraciones sobre estos “humildes” batanes? y si estos batanes están incluidos en el conjunto B.I.C. otorgado al acueducto, tanto más evidente que en materia de patrimonio, aún queda mucho que hacer en Málaga.

 

Bibliografía:

  • La Industria papelera en tiempos de la Industrialización Malagueña, José Carlos Balmaceda. Artículo disponible aquí.
  • Fábricas hidráulicas Españolas. Gonzalez Tascón, I. CEHOPU.
  • XXI Libros de los Ingenios y Maquinas, Pseudo Juanelo Turriano edición facsimil.
  • Catastro de Ensenada, libros de respuestas particulares de Málaga. Archivo Municipal de Málaga.

 

Los lagares pintados.

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Apuntes y muestrario de pinturas murales en los lagares de Málaga. 

 Aunque parece que la costumbre de decorar las fachadas con pinturas murales entronca con la artesanía mudéjar, es a partir del siglo XVIII cuando encontramos una verdadera explosión decorativa en las iglesias, casas y palacetes de la pujante Málaga comercial del momento. Según fases, encontramos que los tipos de decoraciones fueron evolucionando desde los motivos geométricos de principio de siglo, la arquitectura simulada de mediados y las volutas, rocallas y alegorías de finales de centuria. La técnica empleada en estas pinturas corresponde a la de mezzo-fresco, esta se elabora con distintas capas de morteros de cal dispuestas de mayor a menor espesor. Sobre la última capa ,aún casi fresca, se trazan incisiones que marcan los contornos de un dibujo que será coloreado con una aguada de cal con la pigmentación oportuna. Los principales colores que podemos encontrar son el bermejo, añil, neutro y ocre.

Los lagares y cortijos de nuestros campos no escaparon a esta moda, la burguesía comercial que florecía en el siglo XVIII decoraron sus residencias rurales con estas alegres pinturas, alejándonos del tópico de los cortijos blancos inmaculados que aparecen en el imaginario popular. Hay que decir que estos trabajos eran verdaderas obras de artesanía y requerían de manos muy especializadas que se desplazaban hasta unos lagares situados en predios aislados, quedando por saber los talleres y artesanos que se dedicaron a estos trabajos y que por el momento permanecen en el anonimato.

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Por acuerdo alcanzado en pleno en el Ayuntamiento de Málaga  alcanzado el 27 de septiembre de 2007 todos aquellos edificios que cuenten con este tipo de decoraciones deberán ser catalogados, además deberá promoverse su restauración y conservación, claro está que esto es lo que marca el acuerdo y otra cosa es la realidad, si difícilmente se cumple en el centro de Málaga mucho menos se hace en los recónditos partidos rurales de nuestro término municipal. Aún así, peor destino corren aquellas ubicadas en otros pueblos de la provincia, donde no se contempla su protección.

Estamos perdiendo un legado artístico singular de nuestra sociedad en el más triste de los desconocimientos y su solución de momento es bastante compleja. Baste decir que en la mayoría de los casos son edificios prácticamente incomunicados o con difícil acceso, dificultando una posible salida económica que haga viable su conservación y mantenimiento, por otro lado, actualmente el medio rural se encuentra en una tortuosa situación de crisis económica que dificulta cualquier planteamiento empresarial.

Muchas de las pinturas siguen aún ocultas bajo capas de cal por lo que se desconoce el alcance total de este fenómeno del siglo dieciocho, dándose la curiosidad que en el momento que estos lagares entran en estado de ruina y se desprenden las capas de cal posteriores en el tiempo (siglo XIX y XX) es cuando podemos apreciar su tesoro escondido.

Sirva este pequeño muestreo de pinturas para dar a conocer a los lectores otro trozo de Málaga que se nos va. Sirva también como foro de soluciones a esta pérdida tan dolorosa, ya que con la resignación no se consigue nada.

Mención especial al blog Pinturas Murales de Málaga por su fantástica labor de divulgación en materia de pinturas murales.

Muestrario de pinturas ubicadas en lagares del término municipal de Málaga y aledaños:

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