Cortijo de La Robla

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En Almogía, tierra de latifundios y secano, de medianerías y colonatos, aún persisten en pie impresionantes ejemplos de explotaciones agrarias propias de otros tiempos. Cortijos como Pacheco, El Campillo, San Ignacio o el Almendro, se nos presentan como grandes edificaciones rurales dedicadas principalmente al cereal, el olivo y la ganadería, aunque no faltaron cultivos asociados como la viña y los cítricos.

Como no podía ser de otra manera, estos edificios populares están construidos con materiales del entorno, predomina el muro de mampuestos de pizarra rojiza, los morteros se elaboraban principalmente de barro, y en los edificios de mayor poderío se empleaba el ladrillo macizo. Las cubiertas y forjados se realizaban con la técnica tradicional de rollos de madera, cañizo y torta arcillosa. Como nota curiosa, parece ser que la cal por la zona era un producto muy apreciado para la construcción (más de lo habitual) ya que la litología del lugar no es pródiga en piedras calizas. La única manera de conseguir esta materia prima sin tener que recurrir a la importación consistía en merodear los arroyos en busca de bolos calizos arrastrados por las aguas, encareciéndose lógicamente el producto.

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Estos edificios cuentan con cabrerizas, almazaras, tinaos, graneros, molinos, lagares e incluso cascareros para secar la piel de los cítricos, pero también eran residencia eventual de propietarios absentistas, y por lo tanto aparecen salas nobles y en algunos casos unas torres miradores que más parecen amenazantes símbolos de poder y dominio que concesiones a la estética y armonía del edificio.

Es el caso del cortijo de la Robla, construido a finales del siglo XIX por la familia Castell- Luna, desde 1940 es propiedad de la familia Antunez, omnipresentes terratenientes de la zona Almogía-Álora. El edificio es de elaborada factura, con abundante ornamentación y de un difuso estilo regionalista. La portada de acceso da a un gran patio empedrado destinado al laboreo, donde se distribuye la zona noble y su torre mirador, la gañanería, el pilón y la zona dedicada a la ganadería, aún en uso.

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De la zona noble destaca la torre de planta cuadrangular de tres cuerpos con vanos rematados en arcos rebajados. En el cuerpo más bajo se encuentra la puerta de acceso al interior de la vivienda, en el segundo cuerpo aparece un balcón principal flanqueando por dos blasones de la familia Catell- Luna y por último, en el tercer cuerpo aparece una ventana enrejada enmarcada bajo un curioso arco pintado en bermejo. El tejado es a cuatro aguas con tejas árabes y las tejas de la hilera están vidriadas azules y blancas.

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Por desgracia, el interior de la vivienda se encuentra muy deteriorado y gran parte de los forjados se han desplomado amenazando la estabilidad del edificio, pero se pueden apreciar suelos hidráulicos  producidos en Málaga por Hijos de J. Ramos y una gran variedad de molduras en los salones.

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Sin embargo, el forjado de algunas de las alas del edificio ha vencido.

 En la gañanería aparece una interesante bóveda de cañón realizada con ladrillos tochos de 30x13x3cms., mortero de cal, y recubierta por una capa de tierra que le da continuidad para el piso superior. No está clara la finalidad de la estancia, pudiendo haberse utilizado en su día como bodega o como cocina de los trabajadores, ya que se puede apreciar un horno cegado en unas de las paredes. Por desgracia la ruina del edificio ha afectado esta bóveda y hoy solo podemos encontrar parte de ella.

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Bóveda de cañón de la gañanería

 

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Detalle de la rotura de la bóveda

De la zona de corrales y tinaos, utilizada aún para la estabulación del vecino cortijo El Campillo, solo destaca una arquería compuesta por tres arcos de medio punto

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Alcubilla

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Pozo surtido por un arroyo cercano al cortijo de La Robla

Finalmente, el conjunto se surtía de agua potable a través de una canalización de atanores, que cuenta con una alcubilla a poca distancia del edificio. Más abajo, encontramos un gran pozo y abrevadero para dar de beber a los animales.

Como siempre decimos, no podemos permitirnos el lujo de perder este bien catalogado por la Junta de Andalucía en un medio rural cada vez más carente de patrimonio, no podemos conformarnos con inventariar, documentar y despues lamentarnos por la perdida de patrimonio, la elegante factura del edificio permitiría su recuperación para iniciativas turísticas ligadas a actividades ecológicas o para una agricultura orientada a productos de calidad con evidentes beneficios para la zona, ejemplos para ilustrar soluciones de este tipo no faltan, pero también somos conscientes que la inversión privada se hace difícil con una legislación anquilosada, rígida y opresiva en la mayoría de los casos. Las iniciativas particulares o empresariales huyen ante los problemas administrativos que se deben enfrentar solo por el mero hecho de restaurar el edificio, de esta problemática se pueden hacer varias lecturas ¿Cuáles son las soluciones?

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Si deseas saber más:

La arquitectura tradicional y otras estructuras de interés singular, Aproximación al Inventario Etnográfico de siete pueblos del Valle del Guadalhorce 2004-2005,  Loringuillo Millán, M.E. 2008.

Twitter: @Lagycor

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Las muelas de almazara

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La provincia de Málaga, como región mediterránea que es, vio aparecer en su geografía infinidad de molinos aceiteros o almazaras donde se trituraba el fruto del olivo con unas técnicas muy simples, que podemos resumir principalmente en dos sistemas: molinos de fricción y molinos rompedores.

El molino de fricción es el sistema más primitivo, observándose los primeros ejemplos en el neolítico. El funcionamiento consistía en friccionar la aceituna entre dos piedras haciendo que esta terminara por descarnarse a la manera de las muelas harineras. Entre estos molinos encontramos el conocido como galerie gouttière (III a. C.) el trapetum de origen griego ( II a.C.) y la mola olearia romana (I a. C.).

Por otro lado, los molinos rompedores machacaban la aceituna por el peso de la piedra, este procedimiento conseguía romper el mesocarpio de la aceituna, verdadera barrera del aceite. Con este sistema encontramos los molinos de piedra vertical y los troncocónicos. Aunque los molinos rompedores son más modernos, en la actualidad también han quedado desfasados pues actualmente el proceso de rotura del fruto se consigue mediante martillos de acero inoxidable, aun así, algunos ejemplos siguen funcionando en producciones artesanales no destinadas a la comercialización.

A falta de ejemplos de los primitivos molinos de fricción, vamos a centrarnos en los molinos rompedores, de los que contamos una abundante presencia en los cortijos malagueños.

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Muela vertical

En primer lugar analizamos el sistema de piedra vertical, evolucionado de la mola olearia. El sistema de piedra vertical permitía el movimiento de rotación y traslación de una o dos piedras cilíndricas sobre una solera. La solera de este molino era una pieza circular que oscila entre 1,50 m. y 2,50 m, elaborado en distintos materiales, aunque era común el uso de piedras basálticas o calizas tipo almendrilla, muy apreciada en la molinería por su textura. Se  puede observar en algunos casos la reutilización en la solera de piedras desgastadas de molinos harineros, siguiendo la máxima del campesino “aquí no se tira nada”. Las piedras verticales están elaboradas en los mismos materiales que los de la solera. Como curiosidad, la mayoría de las almazaras se encontraban desperdigadas en pagos casi inaccesibles y con unos caminos impracticables para las carretas, en semejante situación, llevar una muela de molino a una almazara retirada a decenas de kms era una difícil labor que solo podía hacerse a fuerza de brazos.

En el centro de la solera encontramos una oquedad donde se insertaba el eje vertical, elaborado en madera o hierro, que termina encajado en una viga gruesa empotrada en los muros de carga de la almazara.

El molino de rueda vertical presenta, en proporción con otros sistemas, muy poca superficie de contacto o “batalla” con la solera, para evitar esto, normalmente estos molinos disponían de dos piedras enfrentadas o en forma de L a distintas distancias del eje, obteniéndose así una mayor zona de molturación, por otro lado, al efectuar el movimiento de traslación por la solera la rueda tiene distintos recorridos en su parte externa e interna, sufriendo por tanto un desgaste irregular.

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Esquema de muela vertical. Dibujo propio.

El sistema llevaba adosado al eje una tolva que giraba solidariamente con el sistema, repartiendo el fruto de manera equitativa por toda la solera. Una vez que el molino iba convirtiendo la aceituna en pasta, por fuerza centrífuga esta se iba desplazando a la periferia de la solera depositándose en un canal llamado alfarje, en algunos casos, para facilitar este desplazamiento a la periferia se labraban canales radiales.  Un operario se encargaba de abastecer la tolva y de velar por el buen funcionamiento del molino, además, iba retirando la pasta resultante de los alfarjes para su posterior prensado.

Este sistema se movía por un animal de tiro que sufría turnos de horas interminables y agotadoras, en estas circunstancias era frecuente que los espumarajos que producían los animales por agotamiento caían en la pasta de la molienda, alterando su sabor y calidad.

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Sistema troncocónico.

El otro sistema es el de piedras de troncocónicas. La disposición de este molino es similar al anterior ya que volvemos a encontrar los mismos materiales y el mismo procedimiento, piedras basálticas y calizas y alfarjes periféricos, aunque se observa en algunos casos la fundición de hierro para las muelas.

Evidentemente la diferencia estriba en las muelas o piedras. Las piedras troncocónicas de este molino ofrecen una evolución técnica respecto a las anteriores ya que tienen mayor superficie de “batalla” y la forma cónica hace que todos sus puntos sufran el mismo índice de desgaste en la traslación. Este sistema permitía acoplar hasta 3 ruedas enfrentadas, minimizando el tiempo necesario de molturación. Resulta curioso que siendo la actividad de almazara algo tan común  y habitual en la economía agraria mediterránea, estas muelas no se popularizaran hasta el siglo XIX.

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Esquema de molino troncocónico. Dibujo propio.

La tracción de los molinos troncocónicos seguía efectuándose mediante fuerza animal, aunque a partir de finales del siglo XIX aparecen los motores conectados por poleas y engranajes en los cortijos de mayor capacidad económica. Un ejemplo de molino mecanizado lo encontramos en el Molino del Hortelano, en el término de Casabermeja, donde el movimiento de las muelas e incluso el suministro de la tolva se efectuaban por medios motorizados.

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Sistema mecanizado con tornillo sin fin.

Estos molinos de muelas han caído en desuso en las últimas décadas debido a los diversos inconvenientes que presentan, la molturación es lenta y discontinua y se hace necesario almacenar la aceituna en atrojes, mermando así la rentabilidad de la explotación, pero precisamente es esta lenta molturación la que permite un mayor control de la molienda, que en manos expertas, consigue un aceite de mayor calidad que el obtenido con las técnicas actuales.

El futuro de estas reliquias es poco halagüeño, la reutilización de estos molinos para producción comercial es bastante dificil bajo unas normas en materia sanitaria establecidas por las administraciones que asfixian o directamente prohíben estas instalaciones, y por otro lado, el sector es incapaz de reivindicar y luchar por una producción artesanal y nacional, destinada a un mercado selecto que dejaría buenos beneficios y que actualmente ocupan los italianos. Esta situación ha provocado que estos molinos centenarios hayan quedado en el olvido y el abandono, pero no podemos permitirnos una mentalidad derrotista, hay maneras de recuperar nuestro patrimonio sin tener que dejar que se convierta en pura arqueología o tener que sacrificarlo en museos poco o nada rentables, ya hablaremos de ello.

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Muela vertical en algún lugar olvidado de Málaga.

 

 

*Artículo basado en la división establecida por Jose Ignacio Rojas Sola en “Estudio histórico tecnológico de prensas para la fabricación de aceite de oliva. Aplicación en la reconstrucción gráfica de una prensa de viga y quintal”, Madrid 1995.

Fotos y dibujos propios, usen y citen.

Las caleras malagueñas y las ordenanzas municipales de 1611

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Aunque esta temática se encuentre muy al límite de los asuntos que nos ocupan, me parece oportuno repasar la regulación histórica de unos de los productos fundamentales en la construcción y mantenimiento de los edificios hasta fechas muy recientes, la cal.

Sin entrar en detalles técnicos ni procesos de fabricación, cosa que le dejo al blog De Cal y Canto y Arena, veamos como se regulaba su producción desde 1611.

 

La regulación de la cal viene establecida en el principal cuerpo jurídico de la ciudad, las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Málaga. Estas ordenanzas eran un compendio de leyes para establecer la buena convivencia entre los vecinos y también controlar la calidad y buen hacer de los distintos gremios que trabajan en la ciudad. Las ordenanzas de Málaga, al igual que las de otras ciudades del Reino de Granada, fueron copiadas de las de Sevilla después de un proceso de depuración y adaptación. En Málaga contamos con una espléndida edición de 1611, edición que nos servirá como fuente a la hora de elaborar este artículo.

Antes de meternos en harina (o en cal) me gustaría aclarar que las fotos que se adjuntan son caleras modernas, concretamente del s XIX, que además, son de una tipología más evolucionada. La naturaleza de las explotaciones tradicionales (muchas de ellas se desbarataban al final del proceso de obtención de cal) ha dado como resultado que muchas de ellas no hayan llegado hasta nuestros días.

DSC02127 En primer lugar las ordenanzas comienzan con los exámenes para ingresar en el gremio de los caleros. Para ello los veedores , funcionarios puestos por el cabildo de la ciudad, ponían a prueba los aspirantes. Si la prueba tenía un feliz resultado, los aspirantes ya con licencia de caleros juraban fidelidad a las ordenanzas y buen hacer en su oficio.

Hacer caleras sin licencia estaba penado con sanción de 600 mrs (maravedíes) una suma común en las sanciones municipales.

Las ordenanzas municipales parece que no se preocuparon mucho a la hora de regular la calidad de la producción de cal en la ciudad de Málaga. Más allá de pedir que la cal estuviera “regada y bien fecha” este cuerpo jurídico establecía que las caleras se realizaran bajo tierra y usando piedras y ripios, es decir, cascotes, tejas rotas, trozos de ladrillos…

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Se tipifica como obligación un uso controlado del fuego en el horno y que no se alce demasiado la capilla de la calera, esto es, que no sobresalga demasiado de la línea de suelo. Todo esto bajo sanción de 600 mrs. ( pronto pago 300, no, eso es broma).

Es curioso que no se establecen medidas concretas ni datos técnicos para regular mejor el proceso, dejando la puerta abierta a la subjetividad de los funcionarios del cabildo malacitano.

Se pide que los caleros vendan la cal herrada y sellada, es decir, antes de entrar en la ciudad debían pasar por el fielato o puesto aduanero de la ciudad donde se pesaba y se sellaba. Aún podemos encontrar un fielato edificado en tiempos de Carlos III y en un lamentable estado de abandono cerca de la cementera de La Araña.

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Fielato de La Araña. Antiguo camino de Velez- Málaga

La cal debía venderse a precios regulados por el cabildo de la ciudad y en las medidas establecidas y acostumbradas en la ciudad. Recordad que para estas fechas y antes de la racionalización de las medidas, cada ciudad tenía unas medidas determinadas, incluso entre ciudades próximas entre Málaga y Velez – Málaga se podía constatar estas diferencias. La equivalencia para la cal era una media fanega de trigo colmada equivale a una media fanega de cal a raso. Para otros usos como la fabricación de jabón se permite llevar la dentro de la ciudad en terrones.

A la hora de distribuirla por la ciudad las ordenanzas establecían que se llevara una tercia parte de la cal al polvero de la ciudad y el resto se vendiera por las calles.

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Una cosa que si resalta bastante las ordenanzas es que la cal es un bien fundamental para la ciudad dado su valor estratégico para el crecimiento de esta y por ser de utilidad fundamental para fabricar jabones y encurtir cueros, por tal motivo esta no debe faltar nunca. Para ello establece una serie de medidas que resumiremos en que aquellas caleras que se levantasen deben preservarse a toda costa, y que a la hora de abandonarlas debe haber un motivo justificado y de peso.

Igualmente libertad a los caleros a la hora de obtener madera en los campos. Los montes se encontraban sumamente desforestados por el crecimiento de los cultivos, cosa que se intensificaría a los largo del XVIII, la necesidad de carbón para distintos usos y las talas indiscriminadas. Esto supuso que el combustible vegetal estuviera altamente regulado, menos para los caleros, que podían obtenerlo allá donde les pareciera.

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Finalmente advierte bajo sanción que los caleros pueden obtener la piedra allá donde la encontraran, pero siempre respetando el estado de las propiedades. Si hicieron hoyos, que los tapasen, y si rompieron vallas, que las rehicieran. Me cuesta creer que a pesar de las sanciones los caleros “asaltafincas” se preocuparan de rehacer las vallas.

Junto a la regulación de los caleros aparece la de las yeserías, pero estas ordenanzas son mucho más escuetas y sólo incide en la prohibición de vender yeso en las propias yeseras y por los campos.

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Otra historia es el uso de la cal en la construcción. Dependiendo del fin de la obra esta se aplicaba apagada o sin apagar, ligada con arena, con arcilla, con polvo de ladrillo… y lo mejor es que cada zona de la provincia tenía sus proporciones y costumbres, pero eso es otra entrada que algún día veremos.DSC02509

Las norias de rosario

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Unos de los elementos rurales menos valorados y que más pasan desapercibidos son las norias que abundan en los distintos arroyos y torrenteras de la provincia malagueña.

Existen multitud de tipos de sistemas empleados a la hora de obtener agua o para emplazarla a niveles más altos. Cuando hablamos de norias, a todos se nos viene a la cabeza las famosas azudas y ñoras, norias de ruedas vitruvianas movidas por la fuerza del agua, pero de estas por desgracia contamos pocas en la provincia (algún ejemplo hay y ya hablaremos de ella). Estas azudas o ñoras son más propias de ríos abundantes y continuos en caudal como el Guadalquivir, donde podemos encontrar el conocido ejemplo de la Albolafia de Córdoba.

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En los cauces de Málaga, por contra, se hacía un mayor uso de las norias de sangre o tiradas por fuerza animal, en concreto, las de tipo “rosario”. Este sistema se extendió durante la Edad Media y permitía extraer agua de manera fácil, barata y segura, de ahí su popularidad. El nombre de rosario proviene del sistema de extracción, consistente en unas sogas equipadas con cangilones o arcaduces (un cazo de cerámica) y su parecido a los rosarios de rezo. Los ejemplos que van quedando pueden ubicarse perfectamente en los S XVII y XVIII, pero al ser tan difíciles de datar a simple vista, muchas de ellas se pueden remontar a tiempos mas antiguos.

El agua sacada de estas norias se podía emplear en dar riego a huertas y jardines, poner en funcionamiento un molino hidráulico o simplemente dar de beber a las bestias, pero veamos algunos ejemplos de cerca y como funcionaban.

Noria de Orozco de Arriba. Esta noria de rosario, tiene unos peculiares contrafuertes con arcos insertados de ladrillos. La fábrica del edificio está realizada principalmente de mampostería. A diferencia de otros edificios contemporáneos y de la zona, se observa el empleo de mortero de cal en sus muros, puesto que el continuo contacto con el agua haría peligroso el uso de barro. Está situada junto al arroyo de la Culebra, lugar de toma de agua del acueducto de la Trinidad (S XVI).  Por desgracia y fuera de foto, la mitad de la noria se ha perdido por la fuerza del arroyo.

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Noria de Orozco

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Detalle de un contrafuerte con su arco integrado

 

 

 

 

 

 

 

En este dibujo de planta y alzado de la noria de Orozco se aprecia el sencillo sistema de rosario tirado por fuerza animal o sangre. Los cangilones recogen el agua y la vierten en una canalización o atarjea situada en la parte alta de la noria para ser conducida a los huertos y bancales de regadío. El arroyo de la Culebra pasa gran parte del año seco o con muy poca corriente, pero eso no impide que por las capas freáticas siga fluyendo un caudal que permita poner en funcionamiento la noria. 

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Dibujo realizado por Lagares y Cortijos

Otro ejemplo parecido a Orozco lo encontramos en esta gigantesca noria de mampostería situada en el cauce del Guadalmedina. A parte de los contrafuertes, aquí se pueden apreciar los mechinales o huecos de vaciado de aguas, tan perjudiciales para la obra. Hay que resaltar que el interior de la estructura está compuesto de tierra apelmazada, elemento constructivo barato y estable, buena prueba de ello es que después de dos siglos la noria sigue en pie.

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Noria del Guadalmedina. Esta imponente noria casi parece una atalaya que vigíla el curso del río

Noria de La Campana, con cadenas de ladrillos.

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Noria con cadenas de ladrillos en sus esquinas.

El pozo de la noria es el elemento principal. Por aquí discurre el rosario de cangilones movido por fuerza animal mediante un sencillo sistema de engranajes o bigarras. Los contrafuertes de arcos que jalonan el pozo refuerzan los muros de mampostería.

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El sistema era movido por un animal enganchado a una collera. Tirado por burro (no tengo constancia del uso de mulos) el proceso de extracción podía durar turnos de sol a sol, siempre guiado y vigilado por la persona a cargo de la noria.

En el extremo más bajo del pozo había que colocar otra bigarra para que el rosario hiciera con normalidad el giro completo. (ver dibujo) Para las frecuentes reparaciones en muchos casos encontramos accesos al fondo del pozo de la noria, como esta en el arroyo Jaboneros.

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Escalera de acceso a la parte inferior de la noria

Las norias iban asociadas a una red de atarjeas y acequias para posibilitar el riego de huertas y bancales. En algunas huertas podemos encontrar verdaderos ejemplos de ingeniería, donde se levantan pasos elevados para salvar torrenteras y arroyos. No hay que dejar de recordar que estas obras estaban promovidas por propietarios que cargaban con el peso de los gastos de la construcción, dato que hace que estas construcciones tengan una carga más de interés.

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Paso en Huerta de Segura, Jaboneros.

Esta mina de Pro Bajo no está relacionada directamente con su noria, pero los alrededores de este impresionante lagar (ya colgaremos un día fotos de él) están plagados de túneles, atarjeas y minas relacionados con el riego.

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Interior de la mina de riego de Pro Bajo

Estas construcciones se situaban en los márgenes de los arroyos, pues esto garantizaba el acceso al agua. Las avenidas e inundaciones propios de nuestros cursos fluviales y en no pocos casos, la mano del hombre, están haciendo desaparecer para siempre estos interesantes ingenios de tradición medieval de nuestra provincia.

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Imágenes de Lagares y Cortijos. Estas imágenes se difunden para uso didáctico. Citen y hagan buen uso de ellas.

El destino natural de San Félix

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San Félix, era en tiempos una villa peri-urbana en el Tomillar, a los pies de la almenara del Puerto de la Torre.

La casa, cargada de historia y muy conocida por los vecinos de la zona, fue residencia y consulta del ginecólogo Félix Gomez de la Cruz. Se construyó según el estilo regionalista que imperaba en los años 20 del pasado siglo y en sus más de 200 m² de construcción, encontramos paredes pintadas con exquisito gusto, cumbreras con remates cerámicos, aleros de madera y rosetones para los respiraderos entre otros elementos decorativos. Además, el conjunto contaba con una gran zona ajardinada y un establo, en definitiva, un ejemplo de vivienda de la burguesía malagueña de principios de siglo similar, al hoy maltratado palacete de La Virreina.

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Estado de la vivienda en 1929 Foto archivo familiar Antonio Checa

Pues bien, este edificio que se encontraba en perfecto estado allá por el año 2.000, no pudo resistir la inoperancia de la administración local. Tras la aprobación del Plan Parcial para la ordenación de la zona, el Tomillar se urbaniza y el Ayuntamiento de Málaga se queda con San Félix para la instalación de equipamientos públicos, como así lo prometería el programa electoral del Partido Popular en el año 2009, pero como todos sabemos, a veces, las promesas se las lleva el viento.

Cerrado durante años y sin las oportunas medidas de seguridad como un buen vallado, el edificio se convirtió en un elegante refugio para aquellos que no tienen donde pasar la noche, sus rejerías fueron expoliadas y al poco tiempo San Félix fue pasto de las llamas. Ardieron las cubiertas de madera y los sólidos muros que aún quedan en pie sirven de lienzo para las pintadas de los grafiteros.

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Ante tanto desastre, el puntillazo final llegaría, según apuntan algunos medios, el miércoles 17 de Septiembre, cuando la Comisión de la Gerencia Municipal de Urbanismo presidida por Francisco Pomares, firmó la decisión de derribo de aquella preciosa villa de San Félix, alegando cínicamente en mi opinión, que así se corrige un “error material”  del PERI y que según los informes su “destino natural es la demolición”, contradiciendo así años de promesas electorales y perdiendo una magnífica oportunidad de equipar de instalaciones de uso público a un Puerto de la Torre carente cada vez más de legado histórico.

Añadido a la pérdida de un edificio con historia, si tenemos suerte, después de demoler se construirá unas instalaciones de nueva planta con el consecuente gasto innecesario de dinero público.

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Aunque su aspecto sea ruinoso, el buen estado de los muros permitiría la recuperación del edificio.

A pesar de esta ansia por parte de Urbanismo por desarraigarnos y malgastar el erario público, aún quedan esperanzas. Los muros de ladrillo y mampostería del edificio se mantienen firmes y sin atisbo de derrumbe, muchos de los elementos decorativos permanecen, como las pinturas interiores, los rosetones y sus viejos azulejos pintados a mano. Debemos exigir a la administración, atendiendo a nuestro derecho y a nuestro deber, que se proteja nuestro acervo histórico.  Lejos de lamentarnos, con la presión de la ciudadanía y de los distintos colectivos vecinales, podemos paralizar este desaguisado municipal que borraría para siempre la memoria del ilustre  malagueño Félix Gomez de la Cruz.

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Fotos:  Lagares y Cortijos

Las obras hidráulicas en los partidos rurales de Málaga.

DSC09913A comienzos del siglo XVI el Cabildo de Málaga proyectó la canalización de agua desde Arroyo de la Culebra y Almendral del Rey, en las inmediaciones de la actual Colonia Santa Inés. Este acueducto, conocido como Aguas de la Trinidad, pretendía acabar con la dependencia de los pozos de época musulmana que bebían del alto nivel freático del Guadalmedina, que además de ser insuficientes para surtir a una población de 15.000 habitantes, eran una peligrosa fuente de epidemias y enfermedades. Esta obra, de gran interés sanitario e higiénico, no estuvo a la altura de las necesidades y las condiciones de salubridad siguieron empeorando durante los siglos XVI y XVII.

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Acueducto de Aguas de la Trinidad, a su paso por Castañón de Mena.

Es en 1726, al calor de las reformas borbónicas, cuando Felipe V da su consentimiento al proyecto de traída de agua desde Fuente del Rey en Churriana, contando con el decidido apoyo del gobernador de Málaga, Don Jerónimo Solís. Pero la iniciativa se paraliza en 1733. Las dificultades que ocasionaba el costoso cruce del acueducto por el rio Guadalhorce y algunos intereses particulares terminaron por malograr el proyecto, dejando como testimonio un sólido pero inconcluso acueducto que atraviesa la mencionada vega. La situación higiénica seguía siendo desastrosa y la población clamaba por una pronta solución.

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Acueducto de Fuente del Rey a su paso por la barriada de Zapata

Finalmente, el problema se subsana de forma definitiva entre 1782-1786 con la construcción del famoso acueducto de San Telmo. Este acueducto, pagado con las aportaciones personales de Molina Lario primero y del Consulado de Málaga después, trajo un caudal abundante de agua a la capital además de un suministro adecuado de harina gracias a los molinos asociados. Málaga se transformaría en aquel núcleo moderno y dinámico que sería durante el siglo XIX.

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Acueducto de San Telmo, obra de Martín de Aldehuela.

Con este breve resumen de las intervenciones en materia hidráulica, observamos que las actuaciones administrativas y de los grandes grupos económicos, aunque ineficaces en muchas ocasiones, fueron fundamentales para llevar a cabo los distintos proyectos que se sucedieron a lo largo de la Edad Moderna. Construir y mantener un acueducto es una tarea que requiere de grandes sumas de dinero y de constantes cuidados que sólo determinados entes pueden llevar a buen puerto.

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Alcubilla de la aldea de Cotrina. Partido de Venta Larga

Sin embargo, el panorama en los partidos rurales de Málaga era distinto al de la capital. El alejamiento de las explotaciones agrícolas con respecto a la ciudad y la dispersión de la población hacían que cada cortijo y hacienda solucionase de manera particular el necesario suministro de agua para las actividades agrícolas, y por lógica, la existencia de un nucleo lo decidía la presencia de un yacimiento de agua cercano.

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Acueducto del cortijo Almendrales.

La geología pizarrosa que predomina en los partidos rurales de Málaga, tan beneficiosa para el cultivo de la vid, presenta la desventaja de tener una baja permeabilidad, generando unos yacimientos de escaso e irregular caudal de agua, así que se hace necesario aparejar una infraestructura que palie la situación con minas, albercas, alcubillas etc.

Hay un gran abanico de adaptaciones en el modo de suministrar agua en los cortijos, haciendas y lagares de los partidos rurales, aún así se repiten unas constantes que pueden ser analizadas.

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Alcubilla entre adelfas, partido de Verdiales.

En primer lugar tenemos la mina de agua. La mina es un túnel horizontal de grosor y profundidad variable que se orada en la roca en busca de las filtraciones de agua, unas veces con más éxito que otras. El ejemplo de la mina del cortijo Olivera en Campanillas, consta de hasta tres intentos de minado. Esta mina tiene la altura mínima para que entre una persona y realice operaciones de limpia de sedimentos. Puede llegar a alcanzar profundidades considerables si tenemos en cuenta que son estructuras de uso particular. Un ejemplo interesante es la mina del lagar El Ángel, de 14 metros de profundidad y en forma de Y. En los meses de verano, cuando proliferan los insectos y el agua pierde calidad, era costumbre echar un terrón de cal viva en el agua con el objetivo de purificarla para consumo humano.

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Dos de los tres intentos de minado.

El agua de la mina se reconduce mediante embudo hacia los atanores. El atanor es una tubería de barro cocido que debe su nombre a un largo linaje etimológico que se remonta al acadio tinuru, testigo lingüístico de la sempiterna necesidad de agua. Estas piezas cerámicas de diámetro variable según necesidades (alrededor de 10-15 cm para consumo particular) se machihembraban formando una canalización protegida a su vez por una atarjea o cajón de mampostería y ladrillo que daba solidez y estabilidad.

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Restos de una atarjea y sus atanores.

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Depósitos sedimentarios en el interior de un atanor.

El desnivel que se le otorgaba a la canalización para que corriera el agua era un complicado juego entre presión y sedimentación, pues si el agua fluía a demasiada velocidad podía dañar los atanores y si caía de manera relajada propiciaba la sedimentación de lodos. La obra maestra malagueña de canalización con atanores la encontramos en el Acueducto de San Telmo, donde gran parte de sus 11 km de recorrido tiene un desnivel de 8.6 cm cada 100 m.

El depósito de limos y cales en los atanores era un problema de difícil solución ya que era imposible acceder al interior de la canalización. La opción más utilizada se presentaba con las alcubillas. Estas alcubillas eran arquetas que jalonaban el recorrido de la tubería con la función de atrapar los depósitos que se arrastraban mediante un pequeño salto de agua.

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Alcubilla en Campanillas.

La construcción de estas alcubillas era de naturaleza dispar. Las más elaboradas tenían forma de cilindro de 1.5 – 2 m de alto con cúpula, línea de imposta hecha de ladrillo a modo de ornamentación y un pequeño vano para acceder, otras eran una tosca covacha de mampostería con su correspondiente vano y las más simples se resolvían con una orza semienterrada y tapada con una laja de piedra.
En todas ellas el sistema era el mismo. Por un lado entraba el agua a cierta altura, se sedimentaban los arrastres en el fondo de la alcubilla y el agua limpia salía por otro lado continuando su camino. Cada cierto tiempo un operario limpiaba de limos e impurezas el fondo de la alcubilla.

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Sistema de sedimentación en el interior de una alcubilla.

En el tramo final del recorrido estaba la fuente o pilón.

IMG_5462La fuente se encontraba junto a la vivienda y era la construcción más estilizada de todo el cortijo, lagar o hacienda, a juego muchas veces con el remate de la torre de contrapeso del lagar. Presentaba generalmente un pilón adosado y una terminación mixtilínea con remates cerámicos o de piedra labrada, pero al fin y al cabo estas eran de composición libre (mascarones en los caños, placas conmemorativas y variedad en los materiales constructivos empleados).

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Mascarón en el caño de una fuente.

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Detrás de la fuente o pilón podía encontrarse una alberca para uso agrícola que se llenaba con el agua sobrante de la fuente. En algunos casos como en el ya desaparecido lagar de Cristobal Herrera en el arroyo Gálica, se cubría la alberca con una pérgola para evitar la excesiva evaporación. De mampostería, ladrillos, mazaríes y mortero de cal estas albercas se elaboraban con gran técnica, siendo el único elemento constructivo que se mantiene intacto en muchos de estos edificios abandonados.

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Alberca en el lagar de Cristobal Herrera en el arroyo Gálica. Cortesía de Carlos Sanchez

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Alberca en el partido de Vuelta Larga.

 

 

 

 

 

La diferencia de la alberca con el aljibe es que el agua de este se destina para consumo humano y por ello se encuentra a cubierto de la meteorología, pero su presencia es escasa en los partidos de Los Montes, no así en los de la Vega del Guadalhorce.

Si quiere saber más:

⋅ Davó Díaz P. J. (1986) El Acueducto de San Telmo.

⋅ Camacho Martinez R. Los problemas del agua en el siglo XVIII: El Acueducto de San Telmo y su valoración actual.

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Los forjados milenarios de Málaga.

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Hace 11.000 años aparecieron en Oriente Próximo unas extrañas casas de planta rectangular que la Humanidad jamás había visto hasta entonces. Estas casas alargadas y de muros de adobe se mostraron como una evolución de las chozas circulares características hasta el momento. La planta rectangular permitía, entre otras cosas, añadir construcciones adosadas e interconectadas como corrales o almacenes, todo ello bajo una misma cubierta que facilitaba la vida diaria de las personas al poder realizar distintas tareas sin salir de la vivienda.
Pero a la vez esta planta rectangular presentó un reto arquitectónico para aquellos pobladores del neolítico. Había que cerrar la habitación con una cubierta distinta de aquel cónico entramado de ramas propio de las chozas, ya que esta solución no se amoldaba a las nuevas formas rectilíneas.

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Planta rectangular. Lagar de Jotrón.

El problema se solucionó al crear una cubierta plana utilizando viguetas de maderos desbastados con azuela de piedra y sobre ellos, un entrevigado de cañas que soportaba una torta de barro y estiércol secada al sol, rematado todo ello con un enlucido de arcilla blanca. Arreglado el problema de la cubierta era cuestión de tiempo que los habitantes de los primitivos asentamientos neolíticos se decidieran a echar un segundo nivel motivados por la escasez de espacio, ya que los poblados se configuraban con las casas amontonadas para mayor seguridad de los vecinos.
Esta cubierta de maderos, caña y barro pasó entonces a ser el forjado que sujetaba el segundo nivel, y con tan buenos resultados, que 11 milenios después seguimos viéndolo con pocas variantes en la arquitectura popular de todo el Mediterráneo y gran parte de Asia.

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En esencia los forjados empleados en los cortijos y lagares de Los Montes de Málaga presentan las mismas características que los utilizados en las prehistóricas casas, pero como es lógico, existen algunos elementos diferenciadores que la evolución técnica ha ido ofreciendo.Veamos entonces los tipos de forjados que se pueden encontrar en las construcciones tradicionales de Los Montes.
Al igual que ocurría con las pares de las cubiertas, las vigas de los forjados hacen acto de presencia en forma de rollos de álamo, encina y eucalipto toscamente desbastados para casas humildes. Los cuartones de pino, mejor labrados, aparecen formando parte de los forjados de viviendas más pudientes.
El paso del tiempo no perdona la vida de estas maderas, así que es normal encontrar reparaciones de viguerías, dejándonos en muchos casos una amalgama de vigas de distintos tipos en un mismo forjado.

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Sobre estas vigas iba el entrevigado. Este estaba constituido por elementos ligeros y que daban continuidad al forjado. Las cañas atadas con tomizas de esparto vienen siempre asociadas a los rollos de maderas. Los ladrillos sujetos con mortero y el tableado fijado con clavos aparecen con los cuartones.

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Vigas y viguetas con ladrillos a panderete.

Como siempre aviso, cada casa es un mundo, y así se constata en las soluciones que se dan al embellecimiento de la parte visible del forjado. Casi siempre aparece el tableado y los cuartones pintados de amarillo (no me pregunten la tonalidad) pero también se encuentra el uso de yeso en enfoscados planos o formando falsas bóvedas como la capilla, o zona de laboreo del lagar, de Cotrina, Málaga.

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Arriba, trampilla para facilitar el trabajo de la prensa del lagar.

La torta es el siguiente elemento a analizar, pues esta se coloca encima del entrevigado. Esta torta de barro y cal al igual que ocurría con las tejas, sirve de asiento a la solería del segundo piso, apareciendo indiscriminadamente en todas las casas aunque no faltan los ejemplos de uso de mortero de cal. En algunos casos podemos encontrar el empleo de elementos de poco peso, como panochas de maíz, integrados en la torta para aligerar la obra, pero estos ejemplos no son propios de la zona de estudio.

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Rollo, tableado con clavos, torta y mazaríes.

Estos forjados eran capaces de soportar grandes cargas, pues hay que recordar que los atrojes (graneros compartimentados por pequeños tabiques de un metro de altura) se encontraban en la parte superior de la vivienda y algunos de ellos alcanzaban una capacidad volumétrica de 10-12 fanegas de trigo o cebada, aparte de otros enseres de gran peso.

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Atroje para almacenar granos.

Finalmente la solería. En las plantas superiores aparece solería de mazaríes de pequeñas dimensiones. También es habitual encontrar unos preciosos suelos de lajas de piedra sedimentaria propia del lugar y fijadas en la misma torta. Otras salidas más sencillas son los emporlados de mortero (palabra derivada del cemento portland) o la utilización del mismo tableado del forjado como suelo. Los suelos de baldosas hidráulicas aparecen a finales del s. XIX hasta mediados del s. XX.
No quiero pasar al siguiente punto sin hablar de los suelos utilizados en las plantas inferiores, ya que estos presentan algunas particularidades.
Aparte de las lajas, emporlados y mazaríes, aparecen en las plantas inferiores suelos de enchinados. Algunos modelos de lagares tienen un patio interior destinado al trabajo y a la estabulación de animales. Este patio central se conectaba a la puerta principal mediante un camino que pasaba por el interior de la vivienda. Este camino se encontraba enchinado con cantos rodados de río, más propio para el paso de animales. Ello no excluye que se utilicen enchinados en otras habitaciones de la planta baja no destinadas a animales.

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Pasillo con enchinado para los animales.

Las escaleras que daban acceso a la segunda planta se presentan en dos tramos con escalones de mazaríes o ladrillos macizos protegidos por mamperlanes (listones de madera puestos en el borde del escalón).

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Mamperlanes en un lagar de Casabermeja.

Las barandillas de las escaleras se realizaban con la misma técnica que los tabiques de separación de las habitaciones y los atrojes, es decir, estructuras de listones de madera que sujetaban un entramado de cañizo, todo ello enfoscado en mortero de cal o yeso. En algunos casos más pudientes podemos encontrar barandillas elaboradas en su totalidad de madera, con un tosco cabezón tallado a modo de remate ornamental.

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La misma técnica empleada en los tabiques interiores.

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Detalle. Fijación de los listones.

Evidentemente en corrales y construcciones adosadas de menor calidad, las escaleras se fabricaban con otros materiales más económicos pero no exentos de encanto, como es esta pequeña escalera de acceso a la cámara alta o almacén en el partido de Chaperas.

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Pero el olvido de las técnicas tradicionales, la especulación urbanística que últimamente asola Los Montes, la falta de medidas protectoras de estos centenarios edificios y una administración ausente, harán que estos históricos forjados herederos de 11 milenios de tradición, sean dentro de poco sólo eso, Historia.

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Entre muros y tabiques del lagar.

 

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En el XVIII, cuando los productos manufacturados se elaboraban bajo las corporaciones gremiales, se seguía una estricta normativa técnica que fijaba las calidades y medidas de aquellos. Así podemos observar como ya mencionamos en la entrada anterior, que las tejas que se encuentran a lo largo y ancho del hinterland de Málaga responden casi siempre a unos determinados parámetros, y lo mismo ocurría con los ladrillos macizos y mazaríes empleados en los edificios. Parámetros que se venían arrastrando desde siglos atrás.

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El ordenamiento técnico del Gremio de cal, teja y ladrillo de Málaga proponía tres tipos de ladrillos: “Mahón”, “de la ciudad” y “fino para solería”, incluso llegaba a especificar la calidad de la pasta de barro necesaria para su elaboración bajo sanción económica por incumplimiento. Pero la realidad era bien otra, se producían más de tres tipos de ladrillos y solerías, incluso por encargo público, y el barro empleado en su fabricación se presentaba con distintos niveles de impurezas y granulometría, dando lugar a un variado abanico de productos.

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Los ladrillos se presentan bajo una gran variedad de medidas y características.

La cal aparecía con una regulación técnica más ligera, pues sólo se pedía que “estuviera regada y bien fecha” pero por el contrario, era una fuente de problemas en la ciudad ya que la naturaleza multiusos de este producto, la importante escasez de material combustible de la zona para los hornos caleros y un crecimiento demográfico que pedía cal a raudales, llegó a imponer al cabildo la necesidad de controlar con lupa las actividades de estos hornos caleros “…por ser tan notorio para el bien público de la ciudad y su tierra y para el ennoblecimiento de sus edificios…” dicen las actas capitulares del cabildo malagueño. La ubicación de estos hornos se encontraba en los extrarradios de la ciudad o dispersos por el campo cercano a la Sierra de Mijas, ya que allí era más fácil encontrar madera y materia prima para la cal.

DSC09992Entrados ya en el siglo XIX, el sistema artesanal de producción se mantuvo pero la aparición en escena de la fábrica de Santa Inés, con maquinarias de vapor capaces de producir grandes cantidades de ladrillos, tejas y solería, cambió definitivamente el modelo artesanal, y para 1890 era difícil competir con remesas diarias de 20.000 ladrillos. Por otro lado las caleras mantuvieron su producción tradicional, pero estas poco a poco fueron desapareciendo a lo largo del siglo XX con la llegada del cemento.
Estos materiales para construcción elaborados en la capital malagueña también eran consumidos en las edificaciones del patio trasero de la ciudad, Los Montes. Como es lógico, la edificación de los lagares y casas solariegas de estos pagos requerían de ladrillos y cal, amén de otros elementos más inmediatos de conseguir para levantar los muros.

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Marca de albañil en un muro del lagar de Los Arcones. cortesía de Carlos Sanchez Argüelles

La naturaleza de los materiales empleados es bastante limitada, pudiendo enmarcarse en dos tipos: Mampostería y tapia.
El material por antonomasia utilizado para levantar muros de contención y carga es la mampostería. Nuestros montes están plagados de afloramientos rocosos y por practicidad y economía, este material se encuentra omnipresente en la obra de los muros de casas de todas las condiciones sociales. La única diferencia que puede denotar un estatus económico más acomodado es el empleo de verdugadas de ladrillos macizos a una, dos o tres hiladas para equilibrar la irregularidad de las piedras, además aparece el ladrillo en estos muros de mampostería como remate en vanos de puertas y ventanas creando un característico abocinamiento que ya estudiaremos en su día. Se observa también el empleo de ladrillos en mechinales o cantimploras insertados para la evacuación de aguas en forma de triángulo a 3 ladrillos. Estos muros de mampostería aparecían siempre enfoscados y pintados con cal.

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Verdugadas a dos hileras en el lagar La Tercia

El grosor medio del muro es de 50-60cm utilizando en su elaboración un mortero de barro con una pequeña proporción en cal. Este mortero tan humilde aparece indiscriminadamente en edificios de distintas condiciones económicas, aunque no faltan ejemplos de uso de mortero de cal y arena en casos más modernos. La construcción a piedra seca se observa en construcciones menores y de escasa calidad como corrales, cochiqueras y tinados.
Se dan casos curiosos de reparaciones con tapia. Ante la longevidad de estos inmuebles era inevitable que en algún u otro momento los muros necesitaran de una inmediata reparación por peligro de desplome. Para ello el albañil realizaba una reconstrucción con técnica de tapial o tierra apisonada. Así se constata en ejemplos como Cerrado Victoria o Ave María, donde podemos ver pequeños parches de tapia insertados en el muro de mampostería.

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Tapia y mampostería en una reparación de Cerrado Victoria

Estas reparaciones nos enlaza con otra modalidad de construcción menos frecuente y relacionados con la naturaleza del terreno, como los preciosos ejemplos de Los Chanos y Chacón, en la linde entre Almogía y Casabermeja, zona donde predominan unas vetas de tierras óptimas para esta técnica. Hablamos de la tapia.

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En los casos que encontramos tapia, la tierra aparece poco cribada y reforzada con mampostería formando zócalos, verdugadas y esquinas, dando como resultado un sólido edificio capaz de mantenerse en pie durante décadas incluso después de haberse abandonado. El grosor del muro es de 50 cm (similar al de mampostería) y la altura del zócalo es de casi 1 metro. Era de vital importancia cubrir el resultado con un enfoscado a fin de evitar el contacto con el agua, gran enemigo de esta técnica. En algunas construcciones como el casi desaparecido Molino de Vareno en Totalán, se alternan los muros de tapia con los de mampostería.

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La temperatura se mantenía constante en el interior de estas casas de tapia. Perfecto para veranos calurosos.

Los muros que soportaban las armaduras de cubierta de par e hilera debían ser reforzados por tirantes de madera o en tiempos más modernos de hierro, lanzados de un extremo a otro de la crujía para contrarrestar el empuje que se ejercian sobre aquellos.

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Tirantes lanzados de un muro a otro para contrarrestar las fuerzas que ejercen la armadura de la cubierta

Por último los tabiques que separan las estancias y dormitorios interiores.
Predomina la utilización de cañizo dispuesto en horizontal y amarrado con tomizas de esparto a unas guías o listones de madera. Este cañizo se cubría con cal para generar una mayor continuidad en el entramado, dando como resultado una elaboración sencilla y eficaz de tabiquería. Las varetas de adelfas aparecen eventualmente sustituyendo a estos cañizos. Las rasillas a panderete, era otra solución constructiva habitual.

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Entramado de cañizos en tabiques de separación.

Hay que subrayar que estas modalidades se presentan como los casos más generales donde no faltan excepciones y ejemplos puntuales, además de que la evolución del arte de la albañilería a lo largo del siglo XX modificó con nuevos materiales y técnicas más modernas la presentación de los muros y tabiques de estos entrañables lagares.DSC09606

Hablando de muros y tabiques de lagares, De cal y canto y arena es un entretenido blog sobre el uso y aplicación práctica de materiales tradicionales en edificios históricos.

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Para saber más:

– Villas Tinoco S. Los gremios malagueños durante el reinado de Felipe V.

– Santiago Ramos A., Bonilla Estébanez I., Guzmán Valdivia A. Cien años de historia de las fábricas malagueñas.

 

 

La mezquita de las culebras

DSC01161Para aquellos que no quieran leer artículos legales sobre patrimonio mientras se toman el café de la mañana o el colacao de la tarde, el resumen del art 14.1 de la Ley 14/2007, de 26 de noviembre, del Patrimonio Histórico de Andalucía, para el caso que nos interesa, es que aquellas personas propietarias de un bien inmueble catalogado dentro del Patrimonio Histórico Andaluz tienen el deber de conservarlo y custodiarlo, garantizando así la salvaguarda de sus valores, para ello podrá contar con el asesoramiento de la Consejería de Cultura y Deporte. Sencillo ¿no?DSC01142Pues bien, hoy voy a salir de mi querido término municipal de Málaga y su maravillosa arquitectura rural para trasladarme a la linde entre Sierra de Yeguas y Antequera, el caso merece la pena.

Entre la época final del califato Omeya y los primeros reinos de taifas (finales del X y principios del XI) se construyó a 24 kms de la Medina Antakira lo que parece ser una mezquita fundacional, es decir, una mezquita para crear un asentamiento ex novo en un estratégico cruce de caminos. Emplearon para levantar la obra sillares de arenisca a escuadra y elementos de expolio de restos romanos de la zona, algo típico entre los musulmanes.DSC01131Los elementos más característicos de la mezquita en cuestión son 2 arquerías de 8 arcos de herradura cada una integradas dentro de 3 naves de oración o haram, un gran patio (sahn) y una fuente de abluciones (sabil). Los muros están reforzados por contrafuertes rematados por canecillos y la entrada principal cuenta con dos grandes accesos realizados en arcos tambien de herradura semejantes a los estilados en la corte califal. El perímetro construido es de 370m² dando cabida a una comunidad de 740 personas.

La mezquita se concluyó pero a dia de hoy sigue sin encontrarse un asentamiento musulmán que le de sentido a la mezquita, y a falta de nuevos datos las versiones son dispares, mezquita rural, mezquita fundacional…La cuestión es que en 1552, ya castellanizada la zona, algunos repobladores deciden reutilizar la mezquita como centro agrícola basado en el ganado y el cereal, función que se mantuvo hasta finales del siglo XX.

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Arquería de herradura modificada

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Sillares de arenisca de la nave de oración.

Durante siglos el cortijo fue desfigurando la imagen primitiva de la mezquita. Cegaron los arcos de herradura, derribaron muros, construyeron un gran patio trasero para el laboreo, levantaron corrales, almacenes…Pero el abandono y la inoperancia de las últimas décadas han podido más que cinco siglos de agricultura.

Aunque llamado Las Mezquitas, curiosamente no se conoció hasta hace poco el pasado musulmán de este cortijo, ya que fue en 1982 cuando Carlos Gonzálbez Cavrioto dio con los arcos descontextualizados de esta maravillosa mezquita dentro del cortijo, uno de los contadísimos edificios religiosos medievales que quedan en la provincia de Málaga.

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Arco de herradura integrado en la vivienda.

Con lentitud propia de palacio los pasos, proyectos y promesas se sucedieron hasta que finalmente por decreto de 22 de diciembre de 2008 el edificio se inscribe en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural. Cargan de obligaciones legales al propietario del edificio y limitan las actividades de la zona de cultivos que rodea la construcción para evitar contaminaciones visuales y acústicas viendose así el cortijo-mezquita en su idílico entorno original… Perdón, quise decir las 4 piedras que van quedando.

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No tengo palabras.

Los antiguos muros de Las Mezquitas dejan cada vez más trabajo a la imaginación. Los forjados se desploman, las tejas hacen de cobijo a las culebras que campan alegremente asustando a los incautos visitantes que osan llegar allí por un camino sólo apto para un Land Rover Santana y los arcos de herradura se vienen abajo mientras algunos avispados compatriotas pasean tranquilamente sus detectores de metales en busca de alguna monedilla para su colección privada, nefasto.

Desconozco la situación personal y económica del titular de la propiedad, pero las implicaciones y reformas de emergencia de este sobre la mezquita medieval son nulas e inexistentes. Por otro lado tenemos las inefectivas intervenciones de la administración autonómica que por mandato constitucional y estatutario está obligada a conservar nuestro Patrimonio Histórico. Las inspecciones de la Consejería, las ordenes de ejecución de obra, las ayudas sobre coste de obra que marca la propia ley de patrimonio, o en casos más drásticos, la expropiación, brillan por su ausencia.

Ante este panorama, sólo queda la actuación ciudadana.

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Los tejados de Los Montes

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Cuando se empezó a estudiar el poblado mozárabe del siglo X de Marmuyas, cerca de Comares, se encontraron entre otros elementos de interés, abundantes restos de losetas de pizarra que cubrían las viviendas al modo de las Alpujarras, pero que andando el tiempo, este mismo poblado optaría por cubrir sus casas con unas tejas de barro. Una teja mal cocida, con un cierto color verdoso de 43 cm de largo, 19 cm en su parte más ancha y 12 en las más estrecha. Curiosamente, una teja que con las mismas medidas podemos seguir encontrando en las viviendas de Los Montes: la teja árabe.

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Aunque de origen romano, la conocida como teja árabe fue un elemento constructivo muy popular durante siglos en el mundo mediterraneo, y Los Montes no podían ser menos. De manera tradicional, esta teja se elaboraba rellenando un molde llamado gravilla o galápago de madera con una mezcla de arcilla con pizarra molida a una proporción 3/1 y cocida en horno moruno. La forma de la teja se debe a que en épocas primitivas se moldeaba con el muslo. Pero vayamos al grano ¿Cómo eran estos tejados en los lagares? Como no soy del gremio de la construcción, voy a empezar la casa por el tejado, o las cubiertas y techumbres, que queda mejor.

Los tejados de las viviendas tradicionales seguía un sistema muy sencillo pero eficaz. Estos se disponian siempre a dos aguas con una inclinación de 30-35% que se conseguía con armaduras de madera de par e hilera y par con picadero principalmente, aunque hay casos donde encontramos otros tipos de armaduras más complejas. La inclinación viene determinada por la pluviosidad de la zona, muy repartidas pero intensas, y por los materiales utilizados.

Arriba, pares con picadero.

Arriba, pares con picadero.

Las maderas empleadas en estas armaduras eran de naturaleza variopinta. Recordamos que el mundo de Los Montes del XVIII y XIX es un mundo que tiende casi a la autarquía, pues con unos caminos de poca calidad era difícil y costoso transportar materiales y como en otras tantas partes, el trabajo de la tierra (en nuestro caso la vid) no dejaba mucho dinero al pequeño productor, en consecuencia había que recurrir a las materias primas que proporcionaba la zona.

Aún siendo unos montes casi desforestados, era frecuente el empleo de rollos de encina para estas estructuras, aunque el álamo y en tiempos más modernos el eucalipto, tambien tenian su cuota de presencia en las armaduras. Nota curiosa es el uso de pitones, troncos de pitas, para casos muy humildes. En las casas más elaboradas, como Lo Cea, es común el uso de vigas desbastadas y de medidas determinadas llamadas cuartones, elaboradas en pino rojo. Estos cuartones, tanto por la madera como por su labrado, había que traerlas desde centros como Málaga. De todas maneras, la naturaleza de las maderas empleadas y su procedencia es un tema que habría que estudiar con mayor profundidad en otro momento.

Cuartones en un almacén de Lo Cea.

Cuartones en un almacén de Lo Cea.

El siguiente punto es la cubierta en si, que va justo encima de la armadura y que cierra la construcción. Aquí podemos encontrar tres modelos.

Lo más común y habitual es la utilización de cañizo. Por lo fácil de conseguir localmente era y es un producto bastante barato además de útil. Este cañizo se coloca encima de las pares mientras se va fijando con amarre cuadrado a estas en “manos” de 5 o de 3 con una tomiza de esparto trenzado. Una vez colocado y fijado con barro, estas tomizas perdian su función y podían ser cortadas si se quería. A veces estas cañas eran sustituidas por varetas de adelfas, pero no es tan frecuente. Bonito ¿verdad?

cañizo

 

detalle trenza

 

 

 

 

 

 

Otro sistema bastante común para la cubierta era la utilización de tableados. Con toda seguridad este material tambien era comprado en Málaga elevando el coste económico. Para fijar las tablas a las pares era lógico utilizar clavos. Podemos observarlo en multitud de lagares, como Lagar de Morales.

Cubierta con tablas. Es frecuente la utilización de jabalcones como refuerzo de la cubierta.

Cubierta con tablas y jabalcón de refuerzo.

Menos frecuente, es la utilización de rasillas colocadas a panderete y unidos con mortero de cal, siendo más propio del entrevigado de los forjados que de cubiertas.

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Rasillas colocadas sobre las pares. Arriba la hilera.

El siguiente paso es la aplicación de una capa de barro mezclado pobremente con cal sobre la cubierta para asentar las tejas. Este sistema estabiliza la tierra y le da más cuerpo ¿Hay alguna solución más ecológica, barata y eficaz? Tambien es habitual encontrar la utilización de mortero de cal, pero su empleo se encuentra en tejados de construcciones más nobles o en aquellos más cercanos en el tiempo.

Asiento de Barro

En primer término se puede apreciar el barro utilizado como asiento de la teja.

Y finalmente, llegamos a las tejas. En primer lugar me gustaría diferenciar los dos tipos de tejas cocidas o cochas que cualquier albañil conoce bien. La canal (concava o “boca arriba”) y la cobija (convexa o “boca abajo”). A la canal se la conoce localmente como “solera” y a la cobija como “gambúa o cubía“.

En un principio, siguiendo quizá la linea de aquellos pobladores mozárabes de los que hablamos en un principio, hasta bien entrado el siglo XIX tanto la canal como la cobija eran similares en medidas, siguiendo las dimensiones arriba citadas, pero ya en la transición al siglo XX la diferenciación se acentuó entre ambas haciendo de la canal una teja más ancha que la cobija, facilitando así la evacuación de las aguas torrenciales que nos envía nuestro clima de vez en cuando. Hay que contar con la industrialización del proceso de los tejares que diversificó la tipología en el siglo pasado.

Tejas.

El arranque de los tejados aparece en distintas formas, pero veamos los tres tipos principales. El primero radica en la colocación de tres tejas superpuestas, colocandose una de ellas en el muro. Otro sistema empleado es la disposición habitual de la solera y cobija pero con un tercer trozo de teja entre ambas para facilitar el asiento y evitar que el agua cause daños, y finalmente, el arranque simple de las tejas solera y cubía. Tres imágenes valen más que mil palabras.

A tres tejasArranque 2

 

 

 

 

 

 

teja 3El alero de los tejados aparece rematado con una linea de imposta siendo quizás una de las pocas concesiones al ornamento en estas construcciones. En pico de gorrión, a base de ladrillos haciendo picos y tan típicamente andaluz, o en listel de ladrillos a tizón, a soga o de varios listeles superpuestos.

A dos lineas
A dos líneas.

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Se puede hablar de una ausencia de azoteas en las construcciones típicas de la zona. El tejado a dos aguas es la solución predominante en estos edificios. Además de más estéticos, estos tejados se adecuan a la perfección a la climatología del medio.

No podemos olvidar las tejas vidriadas producidas en Málaga y que adornaban los tejados de los lagares más pudientes. Estas por lo general, se colocaban en las cumbreras (aquella hilera que remata el tejado y lo divide en dos faldones) y en canalones de evacuación que sujetados por elegantes y serpenteantes hierros, se combinan a dos colores dando un vivo juego. Los colores habituales son el verde, azul y amarillo en diferentes tonalidades que se conseguía cociendo las tejas y aplicando con maestría una compleja mezcla de alcoholes, distintos tipos de óxidos con un barniz de plomo y derivados llamado albayde traido desde Linares y que a veces no era facil de conseguir. La combinación de los colores se realizaba poniendo una teja de color y otra “neutra” como aparece en la foto. Hoy en día, el olvido, el abandono y el saqueo de estos históricos edificios hace que cada vez sea más dificil ver en nuestros montes estos alegres tejados coloreados.

tejas vidriadas

 

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Fotografías propias.

 

Si quieres saber más:

La vivienda “tradicional” en la provincia de Málaga. Aproximación a partir del Inventario de Arquitectura Popular, Pilar Ordoñez Vergara.

Un modelo de hábitat rural: El lagar de los Montes de Málaga, rafael Blanco Sepúlveda.