Batanes de papel en el Guadalmedina: El molino de Inca y Horadado.

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A escasos kilómetros de Ciudad Jardín aún podemos observar en la ribera del Guadalmedina los dos batanes de papel que existían en la ciudad Málaga. Estos batanes, conocidos como Molino del Inca y Molino Horadado, realizaban un papel de tipo estraza a base de fibras procedentes de trapos. Para entender la importancia de esta industria, baste decir que la estraza era imprescindible para el soporte y envoltorio de las cajas de pasas que se producían en el término.

Sobre el origen de estos molinos sabemos que uno de ellos, el de Inca, fue construido por José de Inca en la primera década del siglo XVIII, y aunque no dispongo de datos concretos de Horadado, bien es cierto que debió ser anterior al otro, ya que daría nombre al pago donde están situados. El lugar elegido para su construcción contaba siempre con agua incluso en las épocas más secas del año, requisito para una industria que carece de temporadas.

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El molino o batán de Inca pasaría a manos del colegio de Clérigos Menores de Santo Tomás, realizando papel con una producción estimada a mediados de siglo de 3300 reales de vellón. Por lo que respecta a Horadado, este siguió funcionando en manos particulares como Doña Teresa Gallardo, además, a este batán se le añadiría un molino harinero, muy escasos también en la ciudad. Horadado, de menor tamaño, producía 1100 reales de vellón anuales en papel.

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Torre de cubillos del molino Horadado

El destino de ambos batanes cambiaría con la construcción del conocido acueducto de San Telmo, cuya captación de agua estaría inmediata a estos edificios. En 1786 se construyen seis de los doce molinos proyectados de San Telmo y el Consulado, que estaba a cargo de las aguas del  nuevo acueducto, arrendaría Horadado e Inca. Inmediatamente empiezan a aparecer problemas con los pagos del arrendamiento y para el año 1800, ante la paralización por pleitos y discusiones, Horadado acabó arruinado y demolido. Poco después le llegaría el turno a Inca, que terminaría desligándose del acueducto, aunque por suerte este aún permanece en pié como testigo de aquella época.

Uno de los molinos de San Telmo.

Uno de los molinos de San Telmo.

Más complejo es determinar el sistema que utilizaron estos batanes, ya que como hemos visto, hace tiempo que dejaron de producir papel de estraza y su estado actual de ruina y soterramiento por el río (y la autovía) hace complejo imaginar su funcionamiento, pero intentemos ver que sistema pudieron emplear describiendo un batan de papel de la época.

Modelo de batán de trapos extraido de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

Modelo de batán de trapos extraído de la famosa obra XXI Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano.

El trapo era la materia prima fundamental para elaborar papel y su costo era bastante elevado. Para obtener trapos se recurría a la importación de ropas viejas traídas desde todas partes imaginables, como la misma provincia, Génova o las antiguas colonias americanas, llegando a convertirse en un negocio estratégico y de importancia. Era una materia cara y escasa, y su carencia crónica sería motivo de la búsqueda de nuevas fibras que sustituyeran el trapo, hasta que se llegó a la madera como materia prima en el siglo XIX.

Los batanes hidráulicos de mazos destinados a la fabricación de papel empezaron a generalizarse a partir del siglo XII. De este siglo en adelante los mazos evolucionaron dando diferentes acabados a las hojas de papel, sin embargo, los procedimientos básicos permanecen.

La primera operación que se realizaba para la obtención del papel consistía en el escogido y clasificación de los trapos, dejándose los mejores para la fabricación de los mejores papeles, y los peores para el papel de estraza o la estracilla. Hay que tener en cuenta que en el empleo de agua no sólo era importante por su cantidad, también por su calidad. Un agua con demasiados sedimentos o tierras daría un papel con una tonalidad más oscura, de ahí, que por la poca calidad del agua del río Guadalmedina fuera imposible obtener un papel blanco.

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Cuando la cantidad de tejidos almacenados era suficiente, estos se echaban a un pilón llamado pudridero, donde se le añadía agua para así facilitar una fermentación que duraba un periodo de 5 o 6 semanas. Como dato anecdótico, la graduación de esta fermentación era tal que podía quemar la mano si se metía en este caldo. No hay que decir que esta operación desprendía unos olores bastante desagradables, por lo que estos molinos deberían estar en lugares apartados.

Una vez fermentados los trapos se procedía a trocearlos para facilitar su majado con los mazos. Estos mazos eran accionados mediante una rueda hidráulica vertical con paletas movida por agua corriente de una acequia. Su eje estaría erizado de levas que levantaban los mazos de madera que a su vez golpeaban unas tinas donde se depositaría la materia prima. En el caso del Molino Horadado encontramos una torre de cubillos de tres paradas con unos interesantes recubrimientos cerámicos hechos a medida, por lo que nos puede hacer pensar que el sistema sería de rodeznos horizontales y la disposición de las levas sería diferente. Por desgracia, la completa desaparición de su estructura nos impide hacer un análisis más detallado. En el molino de Inca no se aprecia torre de cubillos, por lo que podemos pensar en una rueda vertical como máquina hidráulica.

Cubillos de Horadado

Cubillos de Horadado

A partir del siglo XVII los mazos llegan a un alto grado de especialización, llegándose a utilizar tres tipos diferenciados en el proceso:

Mazos de madera de punta afilada para deshilachar, otros de madera de punta roma y con clavos para moler y un tercer tipo, también de madera pero de punta roma, cuya función sería la de homogeneizar la pasta, desconocemos si los molinos de Inca y Horadado llegaron a tener estos grupos de mazos o sus sistema era más primitivo.

El tiempo empleado en majar los trapos rondaba entre las 6 y 12 horas, y si el sistema era de tres mazos se empleaba el doble de tiempo.

Una vez obtenida la pasta, el sistema de cuajado para la obtención del papel era bastante sencillo. En un molde rectangular y con rejilla se echaba la pulpa obtenida, esta pasta escurrida y ya con la forma del molde se transfería sobre un fieltro, intercalando de este modo una cantidad de hojas y fieltros, hasta completar una posta que se compone de 261 pliegos de papel. Finalizando el proceso, se prensaban las hojas con sus fieltros y se llevaban a un secadero natural.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Cárcavos u orificios de salida de agua.

Podemos imaginar que este sería el proceso llevado a cabo en estos batanes del Guadalmedina.

En cuanto a su obra, el molino de Inca estaba compuesto por dos naves de planta rectangular  paralelas y una tercera en su lateral. Su fábrica es de mampuestos gruesos de la zona con algunas verdugadas de ladrillos macizos  y ripios que equilibran la construcción.

También encontramos aparejos de ladrillos en los cárcavos de salida de agua y en las cadenas formadas en las esquinas de la construcción. Unas interesantes bóvedas de cañón con una cubierta a dos aguas de simple mortero de cal cierra la construcción.

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Es digno mencionar el detalle de los arcos que comunican las naves, con un interesante extradós alrededor de los mismos, única concesión al ornamento, pero a su vez, tan curiosos de ver en un edificio de uso industrial.

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En el caso de Horadado, como ya hemos comentado, su demolición nos impide ver como debió ser este edificio, aunque por el arranque de una bóveda se puede apreciar que debió tener características similares al anterior, si bien es cierto que la mampostería tiene una ejecución diferente. Lo único que queda en pié es la recia torre de tres paradas de cubillos que ni el Guadalmedina en sus peores riadas ha sido capaz de llevarse. Puede apreciarse que uno de los cubillos es un añadido posterior a la obra original, quizá correspondiente a aquel molino harinero mencionado anteriormente.

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Pieza cerámica recubriendo uno de los cubillos de Horadado.

Como siempre, otro edificio cargado de historia aparece abandonado y bandalizado. Es evidente que la peculiaridad, factura, dedicación e historia de los molinos de Inca y Horadado otorga a sus construcciones un gran valor como patrimonio preindustrial. La carencia de cualquier protección una vez más se hace patente con un simple vistazo, ya no nos sorprende. Durante la construcción de la autovía los desechos y sobrantes de hormigón fueron volcados sobre los arcos del molino de Inca, las plantas crecen entre los mampuestos haciendo cada vez las grietas más grandes, las pintadas cubren el interior de las bóvedas, ya se ha perdido una de sus naves y no hay visos de actuación sobre estas construcciónes. Por otra parte cabe preguntarse ¿qué implica una protección? sólo hay que observar como el emblemático acueducto de San Telmo, declarado B.I.C. y cuyo recorrido comparte paisaje con los batanes, carece de cualquier plan de conservación y acondicionamiento para su visita, ¿qué podemos esperar de las administraciones sobre estos “humildes” batanes? y si estos batanes están incluidos en el conjunto B.I.C. otorgado al acueducto, tanto más evidente que en materia de patrimonio, aún queda mucho que hacer en Málaga.

 

Bibliografía:

  • La Industria papelera en tiempos de la Industrialización Malagueña, José Carlos Balmaceda. Artículo disponible aquí.
  • Fábricas hidráulicas Españolas. Gonzalez Tascón, I. CEHOPU.
  • XXI Libros de los Ingenios y Maquinas, Pseudo Juanelo Turriano edición facsimil.
  • Catastro de Ensenada, libros de respuestas particulares de Málaga. Archivo Municipal de Málaga.

 

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Las muelas de almazara

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La provincia de Málaga, como región mediterránea que es, vio aparecer en su geografía infinidad de molinos aceiteros o almazaras donde se trituraba el fruto del olivo con unas técnicas muy simples, que podemos resumir principalmente en dos sistemas: molinos de fricción y molinos rompedores.

El molino de fricción es el sistema más primitivo, observándose los primeros ejemplos en el neolítico. El funcionamiento consistía en friccionar la aceituna entre dos piedras haciendo que esta terminara por descarnarse a la manera de las muelas harineras. Entre estos molinos encontramos el conocido como galerie gouttière (III a. C.) el trapetum de origen griego ( II a.C.) y la mola olearia romana (I a. C.).

Por otro lado, los molinos rompedores machacaban la aceituna por el peso de la piedra, este procedimiento conseguía romper el mesocarpio de la aceituna, verdadera barrera del aceite. Con este sistema encontramos los molinos de piedra vertical y los troncocónicos. Aunque los molinos rompedores son más modernos, en la actualidad también han quedado desfasados pues actualmente el proceso de rotura del fruto se consigue mediante martillos de acero inoxidable, aun así, algunos ejemplos siguen funcionando en producciones artesanales no destinadas a la comercialización.

A falta de ejemplos de los primitivos molinos de fricción, vamos a centrarnos en los molinos rompedores, de los que contamos una abundante presencia en los cortijos malagueños.

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Muela vertical

En primer lugar analizamos el sistema de piedra vertical, evolucionado de la mola olearia. El sistema de piedra vertical permitía el movimiento de rotación y traslación de una o dos piedras cilíndricas sobre una solera. La solera de este molino era una pieza circular que oscila entre 1,50 m. y 2,50 m, elaborado en distintos materiales, aunque era común el uso de piedras basálticas o calizas tipo almendrilla, muy apreciada en la molinería por su textura. Se  puede observar en algunos casos la reutilización en la solera de piedras desgastadas de molinos harineros, siguiendo la máxima del campesino “aquí no se tira nada”. Las piedras verticales están elaboradas en los mismos materiales que los de la solera. Como curiosidad, la mayoría de las almazaras se encontraban desperdigadas en pagos casi inaccesibles y con unos caminos impracticables para las carretas, en semejante situación, llevar una muela de molino a una almazara retirada a decenas de kms era una difícil labor que solo podía hacerse a fuerza de brazos.

En el centro de la solera encontramos una oquedad donde se insertaba el eje vertical, elaborado en madera o hierro, que termina encajado en una viga gruesa empotrada en los muros de carga de la almazara.

El molino de rueda vertical presenta, en proporción con otros sistemas, muy poca superficie de contacto o “batalla” con la solera, para evitar esto, normalmente estos molinos disponían de dos piedras enfrentadas o en forma de L a distintas distancias del eje, obteniéndose así una mayor zona de molturación, por otro lado, al efectuar el movimiento de traslación por la solera la rueda tiene distintos recorridos en su parte externa e interna, sufriendo por tanto un desgaste irregular.

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Esquema de muela vertical. Dibujo propio.

El sistema llevaba adosado al eje una tolva que giraba solidariamente con el sistema, repartiendo el fruto de manera equitativa por toda la solera. Una vez que el molino iba convirtiendo la aceituna en pasta, por fuerza centrífuga esta se iba desplazando a la periferia de la solera depositándose en un canal llamado alfarje, en algunos casos, para facilitar este desplazamiento a la periferia se labraban canales radiales.  Un operario se encargaba de abastecer la tolva y de velar por el buen funcionamiento del molino, además, iba retirando la pasta resultante de los alfarjes para su posterior prensado.

Este sistema se movía por un animal de tiro que sufría turnos de horas interminables y agotadoras, en estas circunstancias era frecuente que los espumarajos que producían los animales por agotamiento caían en la pasta de la molienda, alterando su sabor y calidad.

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Sistema troncocónico.

El otro sistema es el de piedras de troncocónicas. La disposición de este molino es similar al anterior ya que volvemos a encontrar los mismos materiales y el mismo procedimiento, piedras basálticas y calizas y alfarjes periféricos, aunque se observa en algunos casos la fundición de hierro para las muelas.

Evidentemente la diferencia estriba en las muelas o piedras. Las piedras troncocónicas de este molino ofrecen una evolución técnica respecto a las anteriores ya que tienen mayor superficie de “batalla” y la forma cónica hace que todos sus puntos sufran el mismo índice de desgaste en la traslación. Este sistema permitía acoplar hasta 3 ruedas enfrentadas, minimizando el tiempo necesario de molturación. Resulta curioso que siendo la actividad de almazara algo tan común  y habitual en la economía agraria mediterránea, estas muelas no se popularizaran hasta el siglo XIX.

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Esquema de molino troncocónico. Dibujo propio.

La tracción de los molinos troncocónicos seguía efectuándose mediante fuerza animal, aunque a partir de finales del siglo XIX aparecen los motores conectados por poleas y engranajes en los cortijos de mayor capacidad económica. Un ejemplo de molino mecanizado lo encontramos en el Molino del Hortelano, en el término de Casabermeja, donde el movimiento de las muelas e incluso el suministro de la tolva se efectuaban por medios motorizados.

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Sistema mecanizado con tornillo sin fin.

Estos molinos de muelas han caído en desuso en las últimas décadas debido a los diversos inconvenientes que presentan, la molturación es lenta y discontinua y se hace necesario almacenar la aceituna en atrojes, mermando así la rentabilidad de la explotación, pero precisamente es esta lenta molturación la que permite un mayor control de la molienda, que en manos expertas, consigue un aceite de mayor calidad que el obtenido con las técnicas actuales.

El futuro de estas reliquias es poco halagüeño, la reutilización de estos molinos para producción comercial es bastante dificil bajo unas normas en materia sanitaria establecidas por las administraciones que asfixian o directamente prohíben estas instalaciones, y por otro lado, el sector es incapaz de reivindicar y luchar por una producción artesanal y nacional, destinada a un mercado selecto que dejaría buenos beneficios y que actualmente ocupan los italianos. Esta situación ha provocado que estos molinos centenarios hayan quedado en el olvido y el abandono, pero no podemos permitirnos una mentalidad derrotista, hay maneras de recuperar nuestro patrimonio sin tener que dejar que se convierta en pura arqueología o tener que sacrificarlo en museos poco o nada rentables, ya hablaremos de ello.

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Muela vertical en algún lugar olvidado de Málaga.

 

 

*Artículo basado en la división establecida por Jose Ignacio Rojas Sola en “Estudio histórico tecnológico de prensas para la fabricación de aceite de oliva. Aplicación en la reconstrucción gráfica de una prensa de viga y quintal”, Madrid 1995.

Fotos y dibujos propios, usen y citen.